Lunes, 22 de Octubre de 2007

La National Gallery muestra los tesoros artísticos del Renacimiento sienés

EFE ·22/10/2007 - 14:16h

EFE - "Tiberius Gracchus (circa 1493-94), es una de las obras de la exposición "Siena Renacentista: Arte para una ciudad", que se inaugura el miércoles en la National Gallery de Londres y reúne alrededor de un centenar de piezas, pinturas al temple o al óleo, dibujos, cerámicas y esculturas de diversos museos y colecciones de Europa y América. EFE/Scépmüvészéti Múzeum.

El arte de la Siena renacentista presenta unas cualidades singulares que le distinguen del mucho más estudiado Renacimiento florentino, como demuestra una exposición que se inaugura el miércoles en la National Gallery de Londres.

Como señalan sus organizadores, mientras que el arte de la Siena medieval es admirado universalmente, el producido allí durante el siglo XV y comienzos del XVI es mucho menos conocido fuera de Italia frente al de su república rival.

Incluso los artistas más conocidos de ese período, como Francesco di Giorgio o el extraordinario Domenico Beccafumi, no son tan apreciados como les corresponde, tal vez porque no se ajustan del todo al concepto florentino del arte renacentista.

De ahí el extraordinario interés de la exposición "Siena Renacentista: Arte para una ciudad", que, abierta hasta el 13 de enero, reúne alrededor de un centenar de piezas, pinturas al temple o al óleo, dibujos, cerámicas y esculturas de diversos museos y colecciones de Europa y América.

La exposición abarca el período que va desde la coronación en 1458 de un papa sienés, el humanista Pío II Piccolomini, hasta 1530, seis años antes de la entrada en la ciudad de las tropas del emperador Carlos V y su incorporación al sacro imperio.

Una combinación de orgullo cívico y temor de sus ciudadanos a verse abrumados política, cultural y artísticamente por Florencia va a marcar el arte de la república de Siena.

La exposición comienza con una especie de introducción de la Siena del siglo XV, con profusión de imágenes de la Virgen, la gran protectora de la República, y sus dos santos principales: la visionaria Catalina y el predicador San Bernardino.

La Virgen aparece en todas partes: asistiendo desde las alturas a la coronación de Pío II, protegiendo a la ciudad de los terremotos o guiando al barco de la República a aguas serenas.

Siena siempre tuvo gran orgullo en afirmar su identidad especial y parte de su política consistía en mantener las tradiciones artísticas mediante una cultura muy activa de copistas que encuentra sus fuentes en las pinturas de Duccio y de los hermanos Lorenzetti.

Sin embargo, el principal héroe artístico de la República era sin duda Simone Martini, cuyas obras alabó el propio San Bernardino y que fueron copiadas o adaptadas hasta un siglo después de su muerte.

Las pinturas de Martini y sus seguidores se caracterizan por la elegancia de su línea, sus exquisitas técnicas de dorado y su énfasis en lo espiritual frente al naturalismo del arte florentino.

Con todo, la llegada de artistas foráneos, entre ellos el escultor florentino Donatello, resultó en la introducción de nuevos ingredientes estilísticos, y una serie de pintores sieneses, como Matteo di Giovanni o Nerocci de Landi, buscaron y casi siempre lograron un delicado equilibrio entre tradición y modernidad.

Donatello, a quien encargaron las puertas de bronce de la catedral de Siena, influyó gracias a esa obra inconclusa en los relieves en bronce de Francesco di Giorgio y contribuyó además a la renovación del arte del dibujo, que adquirió a partir de entonces cualidades de volumen que no tenía antes.

A comienzos del siglo XVI, la familia Piccolomini seguía marcando la agenda cultural - de ella salió otro Papa, Pío III, que reinó menos de un mes, en 1503- y trató de destacar su conexión con Roma, trayendo de allí a pintores que habían triunfado allí como Pintoricchino o Rafael.

La exposición de la National Gallery tiene además la virtud de reunir, después de muchos siglos, algunas obras que estaban dispersas como una serie de antiguos héroes y heroínas que pintaron para un noble matrimonio de la ciudad los artistas más destacados de finales del siglo XV, entre los que figura un extraordinario pintor anónimo conocido como "El Maestro de la Historia de Griselda".