Domingo, 21 de Octubre de 2007

Como si hubiera ganado

Los paisanos de Alonso salieron a la calle pese a que el asturiano no logró el tricampeonato.

LADISLAO JAVIER MOÑINO ·21/10/2007 - 23:24h

Miles de ovetenses siguieron el GP de Brasil. EFE

Fue ponerse el semáforo en verde y rugir Oviedo. La espectacular salida de Fernando Alonso y su posterior adelantamiento a Lewis Hamilton pusieron en pie a los 4.200 aficionados que seguían la carrera en el abarrotado Auditorio Príncipe Felipe y a los más de 2.000 que se dieron cita en la Plaza de América.

Lo habitual es que el gentío acuda a la fuente que adorna la plaza al término de la carrera, pero ya había una multitud dispuesta a la celebración aunque Alonso no revalidara el título. "Gane o pierda lo vamos a celebrar", decía un alonsista envuelto en una bandera de Asturias. Su predisposición a los festejos en la victoria o en la derrota fue compartida por todos.

La marea azul que genera el alonsismo deseaba tanto la victoria del bicampeón del mundo como la derrota de Hamilton. Cuando el inglés hizo el trasquilón que le sacó de la lucha por el título los decibelios se redoblaron en el auditorio. No sólo en Oviedo, sino en todo el territorio nacional.

Bares llenos, familias y grupos de amigos reunidos en los hogares frente al televisor dejaron las calles de las grandes ciudades desiertas, pero los gritos de admiración por la pericia del asturiano en la primera vuelta se escuchaban igual. En La Rosaleda, por ejemplo, se retrasó el inicio del Málaga-Xerez para que los aficionados locales pudieran ver por los videomarcadores el inicio de l a carrera.

La salida y el interior de Alonso a Hamilton fueron festejados como un gol. También su salida de pista. "Se ha salido porque no tiene la experiencia de Fernando", analizaba un miembro de la peña que lleva el nombre del asturiano. Con su presidente Vicente García a la cabeza, se comían el televisor. Alguno hasta movía la cabeza acompañando las curvas. Golpe de realidad

Massa primero, Raikkonen segundo, Alonso tercero y Hamilton octavo. Las primeras vueltas desataron la locura. La euforia generada en esos giros iniciales en los que Alonso era campeón del mundo había dejado de un lado las calculadoras y ocultado la crudeza de la realidad. Con los dos Ferraris por delante el personal empezó a caer en la cuenta de que habría intercambio de posiciones entre Massa y Raikkonen.

Que Alonso iba a ser víctima de la lógica estrategia de equipo. En esos momentos Oviedo y España entera se hicieron de Raikkonen. Antes el finlandés que el odiado Hamilton. "Por lo menos va a ganar un deportista. Un piloto que no hace trampas", afirmaba un aficionado descamisado por el chapuzón en la fuente de la Plaza de América". "El triunfo de Raikkonen hace justicia. Hamilton se merece lo que le ha pasado. Es un niño mimado que tiene que aprender a competir", decía otro.

Alonso tiñó de rojo Maranello

Asumida la derrota de Fernando Alonso, ya sólo quedaba esperar un milagro que no se dio. Cuando Ferrari ralentizó la salida de Massa tras su segunda entrada a boxes muchos aficionados se echaron las manos a la cabeza. Luego, la fiesta continuó, aunque ya lo que se festejaba era el batacazo de Hamilton. La alegría de la celebración del campeonato del mundo ya se había trasladado a Maranello.

El pueblecito de 15.000 habitantes próximo a Bolonia se tiñó de rojo dos años después. En 2005 y en 2006 Fernando Alonso privó a sus habitantes, la mayoría empleados de la fábrica de Il Caballino Rampante, de las celebraciones a las que les tenía acostumbrado Schumacher. Ayer, Alonso les devolvió a la calle. A mostrar ese orgullo de trabajar para la escudería con más mística de la Fórmula 1.

Donde nadie sintió ni padeció fue en Stevenage, la tranquila localidad donde nació Lewis Hamilton. No había gran expectación antes de la carrera y menos después. Las imágenes que llegaban eran de una clásica taberna británica. Los escasos clientes estaban más pendientes de la espuma de sus pintas de cerveza que de la debacle de su paisano. Apenas le conocen. Ha vivido más tiempo en Woking, la sede de McLaren, que allí. Cuando finalizó la carrera apenas quedaba nadie en la taberna. En Oviedo, sin embargo, la fiesta seguía como si Alonso hubiera ganado.