Sábado, 20 de Octubre de 2007

Entre la anarquía y la genialidad

Maragall ha forjado su liderazgo con un fuerte carácter y con ramalazos de caos.

FERRAN CASAS ·20/10/2007 - 21:12h

EFE - Pasqual Maragall, flanqueado por el entonces 'conseller en cap', Josep Bargalló, y el todavía 'conseller' de Relaciones Institucionales, Joan Saura, el día de la aprobación del nuevo Estatuto de Catalunya en el Congreso de los Diputados, el 30 de marzo de 2006. Atrás, el ex 'president' Jordi Pujol con las 'conselleras' Marina Geli y Montserrat Tura. EFE

Hasta hace unos meses Pasqual Maragall, uno de esos progres que se metieron en política en la universidad de los 60, era de los pocos políticos en activo de la quinta de la Transición. El ex president lleva cuarenta años en política pese a soportar mal la disciplina de partido y es aún quien mejor encarna el alma catalanista del PSC. Su pedigrí también se afirma en el linaje familiar: es nieto del poeta modernista Joan Maragall, un tótem de la cultura catalana.

El nieto será recordado por ser el alcalde de la Barcelona olímpica, arquitecto del tripartito que llevó la izquierda a la Generalitat y impulsor del nuevo Estatut. Pero también por hacer gala de un estilo anárquico, casi caótico, y por lo enrevesado de sus innovadores razonamientos políticos.

Maragall, de 66 años y siempre con Diana Garrigosa al lado en la adversidad, llegó a la alcaldía en 1982. Modernizó la ciudad gris y desarrollista del regidor franquista Josep Maria Porcioles y la convirtió en una capital abierta al mar que potenció su espíritu vanguardista. Sus detractores le criticaron políticas de escaparate.

A Maragall y sus tripartitos CiU no los pudo echar, pese a intentarlo con dos pesos pesados (Cullell y Roca) e incluso difundió la leyenda urbana de su adicción al alcohol. Lo acabó echando, como en 2006, el aparato del PSC. Las trifulcas con Antoni Santiburcio le hicieron dejar el Ayuntamiento en 1997.

Después, el partido le reclamó con la idea que sólo Maragall podía acabar con el largo mandato de Pujol. Pese a un gran resultado, no pudo en 1999. Debió esperar a 2003. Entonces un PSC debilitado formó gobierno con las emergentes ERC e ICV. La legislatura fue de infarto, con crisis permanentes y tensiones de todo tipo dentro y fuera de su Ejecutivo.

La quiebra con Zapatero

En el Palau, Maragall acentuó su catalanismo y no sólo no vació de sentido la institución, sino que revitalizó el debate del autogobierno. Nunca avaló, en público, el independentismo, pero algunos de sus colaboradores en el tripartito le oyeron decir después de uno de sus numerosos desengaños con Zapatero –en quien confió– que si no fuera por su edad abrazaría la militancia independentista.

No fue capaz de controlar el proceso de gestación del Estatut tanto en Barcelona como en Madrid, pero se batió el cobre en la campaña para aprobarlo, consciente de que se jugaba el futuro de su gran obra política.

De carácter tozudo y hasta cerril, no ha dejado de ejercer, mientras presidió la Generalitat y también después, el liderazgo moral al que Macià, Companys, Tarradellas y Pujol habituaron a los catalanes.