Viernes, 2 de Mayo de 2008

"La felicidad escapa al control de los hombres"

Invitado al Festival SOS 4.8 de Murcia, el sociólogo francés Gilles Lipovetski analiza para Público la sociedad apática y obsesionada por el consumo

GUILLAUME FOURMONT ·02/05/2008 - 10:10h

El pensador francés Gilles Lipovetsky. AFP

Un trabajo, una familia, un piso, hacer deporte... Siempre necesitamos más para conseguir la meta suprema: ser feliz. La felicidad es una obsesión, como la piedra que empuja cuesta arriba Sísifo en la mitología griega. Metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre moderno, según Albert Camus. ¿Estamos condenados? Invitado al Festival SOS 4.8 de Murcia, el sociólogo francés Gilles Lipovetsky se hizo una reputación internacional por decir que no, que no estamos condenados a no ser felices. El problema, apunta en su libro La felicidad paradójica (Anagrama, 2007), es que no sabemos serlo. Por individualistas y consumistas.

La felicidad es “paradójica”. ¿Qué significa?

No es la felicidad la que es paradójica sino su imagen en nuestra sociedad. De manera general, somos más felices: vivimos más años y mejor. Sin embargo, nunca hubo tantas depresiones. La gente es más ansiosa con el futuro y la salud. Lo que antes era normal hoy genera ansiedad. Pensamos, por ejemplo, que hablar demasiado por teléfono es dañino. Nadie se lo preguntaba antes. Eso es la felicidad paradójica: la sociedad ofrece felicidad, aunque también genera ansiedad. La felicidad nunca se portó tan bien, pero no se nota.

¿Por qué no se nota?

Porque todo se ha convertido en un problema en esta sociedad individualista. La idea de que somos unos fracasados es cada vez más frecuente.

¿Quiere decir que estamos condenados a no ser felices? ¿Se puede crear la felicidad?

Podemos aplazar grandes fenómenos que generan infelicidad, como la miseria o la muerte, pero no podremos crear felicidad. No somos infelices, aunque tampoco somos felices.

¿Tampoco se puede comprar? Existen tantos libros de autoayuda...

Es verdad. Nunca hubo tantos libros prácticos: ser buenos padres, curar una depresión, etc. Es el problema de la sociedad, su manera de funcionar, basado en el consumismo, que alimenta esa paradoja. Somos más ricos que antes y lo tenemos todo para ser más felices, aunque no mostramos ganas de vivir. La sociedad contemporánea pretende conquistar el mundo, pero no es capaz de ser feliz. Porque la felicidad escapa al control de los hombres.

¿El problema es entonces el consumismo?

El problema es nuestra manera de consumir. Una persona que cobra el sueldo mínimo y que empieza a ganar más dinero, será más feliz. Sin embargo, se demostró que, más allá de cierto nivel de sueldo, no somos más felices. La felicidad también es una relación consigo mismo y con los demás. Si no estamos orgullosos de lo que hacemos, no seremos felices.

Vivimos en una sociedad de consumo y, al mismo tiempo, nos dicen que consumir pone en peligro el planeta.

Está claro que el consumidor es el mayor responsable del calentamiento global. El consumo es muy individualista, compramos por el placer, por la experiencia. El aumento de consumo es un problema porque el planeta no podrá aguantar el consumo de seis millones de personas como lo hacen los estadounidenses. Es, sin embargo, lo que pretenden ofrecer a sus ciudadanos países como China, India o Brasil. Hay que entender que el desarrollo sostenible está relacionado con la cuestión del consumo. Habrá que cambiar esta situación.

¿Cómo? No parece que vayamos a consumir menos.

Consumir menos no es la solución. Hay que encontrar nuevas formas de consumo, hay que consumir de otra manera.

¿Y si no las encontramos?

¡Hay que encontrarlas! Soy optimista. Los hombres siempre descubren novedades frente a los retos. La inteligencia humana no tiene límite.

Salvo para la felicidad…
Sí, claro.

¿Es la energía nuclear una alternativa para consumir de “otra manera”?

Sí. No escaparemos a la energía nuclear. No creo en la buena voluntad de los consumidores. Habrá que acabar con el despilfarro. La cuestión no será sólo tecnológica, porque la sociedad sacraliza demasiado el consumo.

No será una labor fácil. ¿Cuál es la primera etapa?

La educación, hay que renovar nuestros modelos arcaicos de educación. Para que el consumo no sea visto como objetivo último. El consumo tiene demasiada importancia en la vida de la gente porque no tenemos otra cosa. Es el gran desafío para conseguir un mundo sostenible, un mundo en el que la gente no quiera comprar.

Van a acusarle de marxista.

[Se ríe]. No, no. Sólo digo que tenemos que pensar para que el consumo no sea el objetivo. No es lo único que hay en la vida.