Lunes, 28 de Abril de 2008

Austria desentierra la peor de sus pesadillas

La policía austriaca desveló este lunes nuevas atrocidades en el secuestro de un padre a su hija durante 24 años, con la que tuvo siete hijos. El caso salió a la luz el pasado domingo, tras descubrirse que una de las hijas fue internada en un hospital por una enfermedad genética típica del incesto

Así era la casa del 'monstruo'

O. A. ·28/04/2008 - 18:00h

 

El mundo creado a su antojo por Josef Fritzl se derrumbó el pasado domingo. Ese día, la Policía austriaca encontró en la ciudad de Amstetten, la mazmorra en la que había mantenido secuestrada durante 24 años a su hija y a tres de los siete hijos/nietos que el propio padre tuvo con ella.

Fritzl había abusado de su hija Elisabeth desde que ésta tenía 11 años. Elisabeth se escapó unos días de su casa con 18 años. Al regresar al hogar, su padre Josef decidió asegurarse la relación incestuosa encerrando a su hija en un sótano de la casa familiar. El padre obligó a Elisabeth a escribir una carta a su madre Rosemarie en la que le decía que se había ido con una secta religiosa y que no volvería al hogar.

El padre convirtió el sótano en mazmorra y continuó, como confesó ayer a la Policía austriaca, con los abusos sexuales. Mientras, en la planta superior, Fritzl siguió con su vida familiar y su trabajo como electricista en una empresa de construcción. Fruto de los abusos se fueron sucediendo los hijos/nietos, todos nacidos en el sótano. El agresor, de 73 años, decidía quién merecía vivir en la planta de arriba, llevar una vida normal y quién debía permanecer en la mazmorra, sin ventanas y sin contacto exterior.

Lisa, Monika y Alexander fueron adoptados por los abuelos. Fritzl los había ido colocando entre 1993 y 1996 en la puerta de casa, simulando que eran hijos de Elisabeth concebidos durante su estancia en la secta.

Las autoridades austriacas aceptaron las peticiones de adopción. Alexander tuvo un hermano gemelo que murió a los tres días de nacer. Fritzl incineró su cadáver en un horno. Los otros tres hermanos llevaban una vida aparentemente normal y fueron escolarizados. Los vecinos afirmaron ayer que era frecuente verlos en la piscina de la casa familiar.

Sin luz del sol

Unos metros por debajo de la vida cotidiana se sucedía el horror. Allí se encontraban los dos primeros niños, Kirsten y Stefan, nacidos en 1988 y 1990. A ellos se les unió en 2002 el más pequeño, Félix. Ninguno de los tres había conocido la luz del sol hasta su liberación. Su único contacto con el exterior era una televisión. “Fueron educados por su madre”, dijo ayer el portavoz policial Franz Pölzer.

Los cuatro vivían en un espacio que el patriarca fue ampliando sucesivamente hasta los 60 metros cuadrados. En él había cuatro habitaciones, un pequeño servicio y un rincón habilitado para cocinar. Para acceder había que pasar una puerta corrediza de cemento, escondida tras unos armarios, que sólo se abría con un código secreto y un mando.

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