Archivo de Público
Lunes, 10 de Marzo de 2008

Cómo explicar la evolución a través de los alimentos

El historiador Fernández-Armesto dedica un ensayo a repasar la ‘Historia de la Comida’

VICENTE FERNÁNDEZ DE BOBADILLA ·10/03/2008 - 21:29h

Ángel Martínez - Felipe Fernández-Armesto, fotografiado en Madrid.

Lo menos que puede esperarse de un historiador de la comida es que le guste comer. Felipe Fernández-Armesto lo reconoce: “Soy una persona que come mucho”, y apostilla: “Hoy en día comemos fatal”. Este catedrático de Historia Mundial y Medioambiental en el Queen Mary College mantiene un abierto sentido del humor, que trasciende su aire de profesor. Su Historia de la Comida (Tusquets) le ha proporcionado reconocimiento en los últimos años, precisamente por haberse atrevido con un tema que su gremio no consideraba digno de estudio. “Estaba casi abandonado por los historiadores y a fin de cuentas es el aspecto más fundamental de la vida, porque no hay vida sin comida”, recuerda.

La comida le ha hecho además abandonar su cátedra Príncipe de Asturias en el Departamento de Historia de la Universidad de Tufts, en Boston (EEUU), donde ha trabajado los dos últimos años, para disertar en Madrid sobre La alimentación y la humanidad, con motivo del primer aniversario del instituto Tomás Pascual Sanz para la Nutrición y la Salud.
El historiador explica que, si bien todos los animales comen, el Homo sapiens es el único que ha creado una cultura propia a base de la preparación de los alimentos. El uso del fuego, por ejemplo, es exclusivo del ser humano. “Los primeros hallazgos arqueológicos son de hace unos 150.000 años, que coinciden más o menos con la emergencia del Homo sapiens, así que la cocina está muy relacionada con la ciencia de nuestra especie. Y, por lo que sabemos, aunque otros homínidos disponían del fuego, no tenemos pruebas de que practicaran la cocina”, explica.

La variedad de alimentos que ha ido recibiendo el organismo humano no ha dejado de crecer desde entonces. Al buscar nuevos tipos de comida, mediante la agricultura o la ganadería, la especie ha modificado de forma radical el planeta. “Hemos logrado influir en el medio ambiente desafiando a la evolución, creando especies que son producto de un proceso de selección basada en los objetivos del ser humano, convirtiendo desiertos en jardines y jardines en desiertos. El ejemplo más apabullante es el de las praderas norteamericanas; hasta casi mediados del siglo XIX se consideraban como terrenos estériles y ahora son el gran granero del mundo, con una producción enorme de cereales”, relata Fernández-Armesto.

El tamaño no importa 

Algunos expertos defienden que el organismo humano también ha evolucionado en función de los diversos alimentos, alguno tan decisivo como la carne, que ha ido incorporando a su dieta tras varios milenios. Fernández-Armesto tiende a quitar importancia a las teorías antropológicas que atribuyen al aporte proteínico de la carne el crecimiento del volumen cerebral de la especie: “Para mí esto del tamaño del cerebro no tiene gran interés; cerebros pequeños son capaces de abarcar grandes pensamientos”. La influencia de la carne, afirma, va por otro lado: “Alimentarse de carne tiene que ser un acto social. Para aprovechar los cadáveres animales hay que colaborar, hay que practicar la competencia, vigilar para que no intervengan otros animales carroñeros… Debió de influir mucho a la hora de forjar comunidades”.

Desde que estas comunidades comenzaron a evolucionar, sus culturas y su alimentación pasaron a ser una misma cosa. De hecho, ha sido la cultura lo que ha determinado en cada momento y lugar qué se podía comer y qué no; hubiese o no una razón justificada para ello: “Elegimos lo que comemos según nuestras normas culturales y éstas suelen ser irracionales. Los tabúes son el gran ejemplo. La importancia de un tabú consiste en su irracionalidad, porque su significado es cultural y por practicar esos tabúes irracionales te identificas con tu propia comunidad. Si fueran razonables, los adoptaría todo el mundo”.

"No veo nada en contra del canibalismo, siempre que el cadáver que te pongas a comer haya muerto antes de un modo decente"

Interrogado sobre el mayor tabú alimentario, la ingesta de carne humana, ríe abiertamente: “Es interesante moralmente, yo no veo nada en contra del canibalismo, siempre que el cadáver que te pongas a comer haya muerto antes de un modo decente… Es algo normal en las sociedades humanas; casi todas lo han practicado en una etapa determinada de su historia”.

Fernández-Armesto precisa que el canibalismo, salvo en contextos de guerra o hambruna extrema, casi nunca se utilizó como forma de alimentación. “Lo normal es que el canibalismo se practique por motivos morales, para apoderarse de las características de las personas que se come; por vengarse de los enemigos, o bien por respeto a los muertos de la propia comunidad, porque comerse a otro ser humano es una muestra de piedad, una forma de evitar que se los coman los gusanos, por ejemplo”, concluye.