Archivo de Público
Martes, 26 de Febrero de 2008

Memoria de hierro

El Reina Sofía de Madrid dedica una exposición al artista Xavier Mascaró, en la que vuelve a fundir escena y escultura desde lo primitivo y el recuerdo

PEIO H. RIAÑO ·26/02/2008 - 21:39h

La obra Cross in a cross III

El rastro de nuestra memoria tiene el color y el tacto del hierro. Es rugoso, roñoso, deforme, está a medio hacer, no tiene adornos, es duro, imperecedero, resistente y está muy vivo. Toda nuestra memoria, todo lo que nos define culturalmente y lo que dejamos a nuestro paso es la materia prima con la que trabaja Xavier Mascaró (París, 1965) en la fundición.

Se sirve de los mitos, las leyendas y el relato de occidente –y últimamente también oriente–, para montar una escenografía austera y sobria, que hoy inaugura con once piezas nuevas en el espacio que el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) tiene reservado en el Monasterio de Silos, en Burgos.

“Silos representa una experiencia única para un escultor"

Azar y tradición

“Silos representa una experiencia única para un escultor. No sólo por la belleza y la historia del lugar, también por el trayecto, por el paisaje que uno atraviesa para llegar y que forma parte de la experiencia de la exposición”, dice Mascaró en conversación con Francisco Hernández Carpio, comisario de la exposición. Además, el espacio en el que se presentan las nuevas piezas parece perfecto para mostrar estos entresijos: es una nave subterránea en el interior del claustro. “Es un espacio cargado de espiritualidad”, remata el escultor.

Xavier Mascaró es uno de los pocos artistas que en la actualidad mantiene la tradición de profunda raigambre hispánica de los escultores del hierro como Julio González. Este nuevo capítulo de su evolución conserva el azar como elemento capaz de incluir cosas con las que no contaba: “Me encanta el comportamiento caprichoso que tiene el hierro en la fundición. Creo que he llegado a comprenderlo bastante y que ahora puedo preverlo y controlarlo para que, a veces, me proporcione hermosos accidentes”, explica.

Su fidelidad al hierro ha faltado en los últimos años, en los que ha mezclado el material con la piedra, la cerámica, el cristal, el nylon, escayola, telas y hasta el vídeo. Él lo sintió como una necesidad hace seis años: “Lo viví como una limitación. Decidí que necesitaba enriquecer mi lenguaje incorporando otros registros, otros materiales que me permitieran añadir nuevos matices”, y lo hizo.Así, aparecen en esta exposición del Monasterio de Santo Domingo de Silos manos (como exvotos) y cabezas compuestas por pequeños fragmentos de cristal emplomado, como la técnica utilizada en las vidrieras. “Me gusta porque es una vía complementaria, con la que se consigue más color”, reconoce a este periódico el artista.  

“Sentí que ya no quería pintar la luz en los cuadros, sino modelar una superficie que reflejara la luz real"

Ya durante sus tiempos de estudiante en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona (entre 1983 y 1988) mostró su interés por el trabajo del hierro. Suele decir que fue menos de un mes a clase. Por entonces se dedicaba en cuerpo y alma a la pintura y permaneció fiel a la misma durante 20 años. Hasta que un día todo cambió: “Sentí que ya no quería pintar la luz en los cuadros, sino modelar una superficie que reflejara la luz real. Sentí que necesitaba ese vínculo físico de unión con mi obra”, algo que vive y sufre cada vez que se acerca a los hornos de la fundición en la que trabaja las piezas.Es algo así como un viejo herrero en un cuerpo todavía joven. Pero más allá del vínculo físico y de sus criaturas surgidas del esfuerzo y del trabajo manual, Mascaró también ha utilizado a la fundición y al hierro para darle cuerpo a sus recuerdos más tiernos, como la exposición en la que hizo arqueología de su infancia.

Allí veíamos un coche de juguete de hierro o la escultura inspirada en la ropa de su abuelo colgada del armario. Y siempre en la búsqueda de su identidad. Desde sus propios recuerdos y desde los huesos de la cultura mediterránea, da un repaso a los tópicos de la sangre española, con un lenguaje plástico muy personal. Posiblemente, producto de la sorpresa. Sin asombro no hay obra de arte y Mascaró, entre el misterio y el drama, forja imágenes que descolocan.

Puro teatro

La piel de sus esculturas ha atraído al mundo del teatro. Tuvo dos colaboraciones con el entonces director del Centro Dramático Nacional (CDN), Juan Carlos Pérez de la Fuente, en las obras El cementerio de automóviles y Carta de amor (Como un suplicio chino). Aprovechó para ofrecer la amplitud de recorrido narrativo de sus esculturas, por más que él insista en que la escultura no debe ser narrativa, sino lo más vaga posible. De ahí esa tendencia a rechazar lo representado y a valorar lo invisible.

“No me interesan los objetos que represento, sino el icono al que se reducen y los aromas que de ellos se desprenden. Una de las cosas que me llama la atención es que, por diferentes que sean los temas representados, el sonido que percibo en las esculturas es casi idéntico”, apunta Mascaró para confirmar que su escultura, a pesar de ser figurativa, deja los significados de cada una a la abstracción y alegoría.

¿En qué piensa Xavier Mascaró? 

La ausencia

"Es el tema esencial de mi trabajo", reconoce el escultor Xavier Mascaró, dando a entender que será el fragmento, lo
intuido, lo que se convierte en la metáfora de la totalidad.

La arqueología

Del pasado individual y del relato colectivo. El hierro es uno de los culpables del aspecto arqueológico de las obras, que el artista persigue. Trabajar con la memoria, los mitos y leyendas también ayuda a este aspecto.

El teatro

Las esculturas de nuestro artista son una obra sin actores. La presencia escénica que construye una auténtica puesta en escena,desplegada ante la mirada del espectador. Que se encuentra ante ella como quien contempla un relato en tres dimensiones.

El símbolo

A pesar de recurrir a la figuración, huye de lo narrativo. No le interesa lo que se ve, sino lo que quiere decir. La abstracción ayuda a acercarse al icono: la barcaza no es sólo una barcaza, es la alegoría del trayecto, del viaje, etc.

El azar

El dominio de la técnica del hierro fundido le ha asegurado que la casualidad mejore el plan previsto. El capricho imprevisto le ofrece "hermosos accidentes", como él mismo reconoce.

El hombre

La ausencia de la figura humana habla con mayor puntería de los entresijos que hicieron del hombre lo que es: costumbres, cultura y sueños están apuntados en silencio.

El misterio

Es una combinación de muchas otras características, como lo primitivo y abstracto, lo azaroso y lo sobrio. La magia y el asombro forman parte de sus misterios.

Lo sobrio

Un par de soldaduras aquí y allá, la textura arenosa y el color oxidado y sin reflejos ni brillos. La belleza es austera.

Lo provisional

El aspecto rudo y pesado contrasta con las estructuras ligeras y endebles que soportan las piezas de grandes dimensiones. Las telas envejecidas también amplían ese efecto provisional.