Martes, 9 de Octubre de 2007

Un viaje al espacio sin billete de vuelta

Médicos y científicos estudian la adaptación del organismo humano a la vida fuera de la Tierra. La conclusión es que las futuras generaciones de colonos nunca podrían regresar

JAVIER YANES ·09/10/2007 - 21:22h

Hoy parte del cosmódromo de Baikonur (Kazajistán) la misión Soyuz TMA-11, que transportará a tres astronautas –la estadounidense Peggy Whitson, el ruso Yuri Malenchenko y el malasio Sheikh Muszaphar Shukor– a la Estación Espacial Internacional.

Pero cada vuelo orbital es un desafío para la capacidad de adaptación del organismo humano. Cuando se inventó el ferrocarril, los médicos aconsejaron no superar las 30 millas por hora (48 km), cifra que estimaban como la máxima velocidad que el ser humano podía tolerar. Casi dos siglos después, la ciencia se enfrenta a un reto similar: cómo sobrevivir fuera de la Tierra. Aunque en esta ocasión, por fortuna, los expertos van mejor encaminados.

La medicina espacial, que estudia la adaptación del cuerpo humano a las condiciones extraterrestres, se ha convertido en un interesante campo de estudio. La última aportación es obra del profesor David Denhardt y sus colaboradores de la Universidad Estatal de Nueva Jersey (EEUU). Según publicaban recientemente en la revista PNAS, la molécula responsable del déficit inmunológico de los astronautas es una vieja conocida de los científicos: la osteopontina.

El enemigo interior

La pérdida de masa muscular y ósea en los astronautas es consecuencia de liberar al cuerpo de su propio peso. Las extremidades inferiores se descargan, y la falta de trabajo descalcifica las vigas que soportan el organismo. El culpable de este efecto es la osteopontina (OPN), una proteína estructural del hueso cuyos desarreglos se han relacionado con cánceres y esclerosis múltiple. El nuevo estudio atribuye a esta proteína otro mal del astronauta.

En el experimento de Denhardt, los ratones sometidos a ingravidez simulada sufrían una atrofia del sistema inmunitario. De forma simultánea a la degeneración del bazo y el timo, cuarteles generales de las defensas, los animales presentaban altos niveles de corticosterona, hormona que induce la apoptosis –suicidio celular– y que para los científicos explica el declive inmunológico.

Por el contrario, nada de esto aquejaba a un grupo de ratones de diseño que carecen de OPN, lo que postula a este componente del hueso como un freno natural a la expansión de la humanidad por otros mundos. Denhardt aventura incluso una solución: una inyección de anticuerpos que neutralicen las limitaciones que impone la OPN.

Atmósfera cero

Tanto la pérdida ósea como la atrofia inmunitaria son las huellas de la microgravedad. Desde antes incluso del primer paseo espacial del ruso Yuri Gagarin, en 1961, la ciencia ha abordado las agresiones de este medio hostil. Algunas se pueden aminorar gracias a la tecnología: los trajes espaciales suplen la falta de oxígeno y de presión atmosférica, al tiempo que apantallan las letales radiaciones cósmicas.

Sin embargo, la gravedad artificial aún es un objetivo lejano y el impacto de la ingravidez es demoledor. Los expertos coinciden en la dificultad de la readaptación. El neurólogo del CSIC Javier de Felipe lo resume así: “Con dos o tres generaciones de humanos en el espacio, los cambios serán enormes. Un bebé jamás podría andar”. Como resultado de la destrucción del hueso, el calcio en la sangre obliga al riñón a un esfuerzo extra de filtración, que a veces se ve superado por la formación de cálculos.

La redistribución de los fluidos corporales engaña al cerebro, haciéndole creer que el volumen de la sangre es excesivo. Como respuesta, ordena la destrucción de sangre, lo que provoca anemia y contribuye al déficit inmunitario.

Menos conocidas son las secuelas sobre el cerebro, más allá de la pérdida del sentido del equilibrio y los mareos. De Felipe envió en 1998 ratas recién nacidas en la Columbia para estudiar su desarrollo neuronal. Su conclusión sobre los posibles colonos espaciales es intrigante: “La corteza cerebral madura de distinta forma. Serán humanos distintos. Y con el tiempo, quizá, otra nueva especie”.

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