Martes, 9 de Octubre de 2007

El viaje en el que Ernesto se convirtió en el Che

Este es el lugar donde Ernesto comenzó el camino que lo convirtió en el Che", dice Calica Ferrer mirando los rieles herrumbrosos de la mina Bolsa Negra mientras cae una lluvia densa.

Especial de Che Guevara

Gustavo sierra ·09/10/2007 - 10:58h

Fue aquí, exactamente. Este es el lugar donde Ernesto comenzó el camino que lo convirtió en el Che", dice Calica Ferrer mirando los rieles herrumbrosos de la mina Bolsa Negra mientras cae una lluvia densa.

Estamos a 5.000 metros de altura en la ladera del Illimani, el monte más alto de la Cordillera Real de Bolivia y montaña sagrada de los Incas. 54 años atrás Calica había llegado hasta allí junto a Ernesto Guevara de la Serna. Tenían 25 y 24 años y viajaban en una aventura por Latinoamérica.

El joven médico quedó impresionado por la explotación que sufrían los mineros en Bolivia
Hoy, Carlos Ferrer, Calica, con 78, vuelve al lugar para desandar el mismo camino de este segundo y definitivo viaje en el que el joven médico argentino se termina transformado en el mítico comandante guerrillero.

La lluvia persiste y el sombrero "a lo Woody Allen" que lleva Calica ya no lo protege. Sus ojos pegan vistazos rápidos. Este hombre de perfil sanmartiniano sólo quiere recordar cada detalle. Mira la boca de la mina y ve pasar dos carros arrastrados por hombres forzudos con una
lámpara en el casco.

Mira otra vez al borde de la ladera y repite moviendo la cabeza en señal de convencimiento: "Fue aquí...Exactamente".Nos habíamos metido en la nube cuando estábamos a mitad de camino entre La Paz y Bolsa Negra. El sol ardiente del Altiplano se había convertido en sombra espesa, llovizna y, finalmente, al pasar por el pueblo de Tres Ríos, en una lluvia helada. Entre la bruma se podía ver la nieve que todavía cubre la cima del Mururata y el Illimani.

El Toyota Corolla traído de Japón de segunda mano, que conduce Víctor, un aymara de sonrisa permanente, sube a duras penas. Al salir, por Palca, nos habían dicho que el viaje podría llevar "a lo sumo dos horas". Ya llevábamos cuatro y aún nos faltaba el último trecho en el medio de una neblina que no permitía ver 30 metros.

El drama de los mineros

El viaje, de todos modos, es mucho más confortable que el que hicieron el Che y Calica. Ellos viajaron haciendo dedo, en unos camiones mineros desvencijados.

"¡Aquí va un soldado de América!", le dijo su padre al despedirse de él en Argentina 

Habían llegado a Bolivia en junio de 1953, en el medio de la efervescencia de la revolución del MNR de Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Suazo. Los mineros marchaban todos los días por las estrechas calles de La Paz lanzando sus cartuchos de dinamita al aire.

El viaje a la mina donde se producía el wolframio o tungsteno, uno de los minerales con los que se refuerza el acero, era para los dos argentinos la oportunidad de tener contacto directo con los trabajadores.

Un médico, el doctor Molina, les dio una carta de recomendación para que pudieran acceder al lugar. Antes, habían pasado por los campos de una chica de la alta sociedad boliviana, Martha Pinilla, que Ernesto había conocido en una fiesta. Hablaron con los campesinos de la zona que les contaron historias del trato vejatorio que recibían de parte de los patrones.

Se reconfortaron con la geografía que los abrumaba cada vez que el camión daba una nueva vuelta por los caracoles que ascienden por los montes. El propio Che lo describe así en su diario de viaje: "Es un espectáculo imponente: a la espalda el augusto Illimani, sereno y majestuoso, adelante el blanco Mururata, y ante los edificios de la mina que semejan copas de algo arrojado desde el cerro que quedaran allí por caprichos del accidente del terreno que los detuviera. Una gama enorme de tonos oscuros irisa el monte, el silencio de la mina quieta ataca hasta a los que como nosotros no conocen su idioma".

Cuando llegaron, los mineros no estaban. Habían ido a La Paz para festejar el feriado del 2 de agosto, el día de la Reforma Agraria y de los
Pueblos Originarios.

Un ingeniero y el administrador les mostraron el lugar. La impresión más grande la tuvieron cuando vieron dos nidos de ametralladoras instalados en la puerta de la mina y apuntando al barrio de ranchos de adobe donde vivían los mineros y sus familias. En ese momento estaban desmontadas. Las minas habían sido nacionalizadas y estaban en manos de los trabajadores. Pero hasta unos pocos meses antes habían estado en manos
de la poderosa familia Hochschild.

"Les disparaban, barrían con todo, con mujeres y chicos también,
cada vez que los trabajadores pedían alguna mejora en las condiciones
de trabajo", cuenta Calica. Ernesto quedó absolutamente conmovido.

Guerreros de otras tierras

Los trabajadores arribaron esa misma noche en varios camiones y disparando al aire sus ametralladoras. "Llegaron los mineros con sus caras pétreas y sus cascos de plástico colorado que los semejan a guerreros
de otras tierras", los describe el joven Che.

El objetivo inicial del viaje era encontrarse con su amigo Alberto Granado en Caracas Los líderes conversan con los muchachos argentinos y explican la situación que viven ellos, sus compañeros y sus familias. Ernesto queda profundamente impresionado. Las imágenes de lo que vio en Bolsa Negra se le quedaron pegadas. Así lo cuenta en varias cartas a sus padres y a una amiga. Imágenes que seguramente lo perseguirían por el resto de su vida y muy particularmente cuando regresó a Bolivia 13 años más tarde para hacer la revolución.

Ernesto y Calica habían salido de la estación Retiro de Buenos Aires una tarde fría del 7 de julio de 1953. Los habían ido a despedir decenas de personas, las familias, amigos y, por sobre todo, muchas amigas que ellos llamaban "festejadas" porque no tenían novias formales.

Era gente de clase media alta, mucho tapado de piel, buenos trajes. Y un enorme contraste con el resto del pasaje de la segunda clase cubierto con ponchos, "guaguas" (bebés) colgadas en la espalda, sombreros de fieltro bastante raídos y más de una gallina o un cabrito.

Calica iba de sport elegante con unas botas de López Taibo que le había regalo su abuela para el viaje. En cambio, Ernesto iba de uniforme militar y borceguíes. Su hermano, Roberto, estaba haciendo el servicio militar y le había "conseguido" en el cuartel esa ropa de fajina. Cuando lo vio el padre, Ernesto Guevara Lynch, soltó esa frase que luego fue vista como premonitoria: "¡Aquí va un soldado de América!".

Calica no recuerda ese momento, aunque sí tiene muy fresca la imagen de la madre, Celia, que le dijo angustiada: "¡Cuidámelo mucho a Ernestito!" Y que corrió por el andén entre lágrimas mientras el tren iniciaba su marcha agitando la mano y sin despegar sus ojos de los de su amadísimo hijo, ese que siempre había protegido tanto a causa de su asma.

Amigos de la infancia

Ernesto ya había hecho un primer viaje de aventuras con otro amigo, Alberto Granado, en una moto modelo 48. Calica se había quedado abajo porque el antiguo vehículo sólo tiene dos asientos. Cuando volvió Ernesto le dijo "me recibo y partimos nosotros en menos de un año".

Ernesto y Calica eran amigos desde la infancia cuando ambos vivían en Altra Gracia

Le faltaban 12 materias en la Facultad de Medicina. Calica pensó que iba a pasar mucho tiempo antes de que su amigo pudiera dar todos esos exámenes. Cuando aún no se habían cumplido los doce meses, Ernesto apareció con el certificado que lo acreditaba como médico. Tenía 25 años. En Otra Vez. El diario inédito del segundo viaje por América latina, una recopilación de cartas y relatos de esa época, el propio Ernesto describe así la partida: "El nombre del ladero ha cambiado, ahora Alberto (Granado) se llama Calica; pero el viaje es el mismo: dos voluntades dispersas extendiéndose por América sin saber precisamente qué buscan ni cuál es el norte". Aunque tenían un objetivo básico: llegar a Caracas, Venezuela, donde los esperaba "el petiso" Granado que trabajaba allí como bioquímico.

Ernesto y Calica se habían conocido a los cuatro años cuando la familia Guevara se mudó a Alta Gracia, en la provincia de Córdoba, para atender el asma del hijo mayor. El padre de Calica, el doctor Ferrer, era un especialista en vías respiratorias y fue el médico de cabecera de Ernesto. La amistad entre los hijos de una y otra familia era inevitable en un pueblo donde todos se conocían y los chicos iban juntos a la escuela.

El centro de reuniones era el Hotel Sierras y su magnífica pileta de natación o el campo de golf, donde Ernesto se hizo amigo de todos los caddies y aprendió a jugar ese deporte, una habilidad que le permitió años más tarde ganarle siempre a Fidel Castro.

En ese momento, cuando el tren pasó por Alta Gracia, los estaban esperando amigos de aquella época. Les habían llevado de regalo un pollo y varias botellas de vino, lo que les permitió sobrevivir hasta cruzar la frontera con Bolivia.

Calica recuerda muchas de estas anécdotas mientras caminamos por el Paseo del Pardo, en pleno centro de La Paz. Allí llegaban Ernesto, Calica y otros argentinos para despotricar contra el "autoritarismo" peronista y mezclarse con exiliados de buena parte de América.

Otro lugar de reunión era el Café La Paz de Plaza Obelisco, en la avenida Mariscal Santa Cruz y Camacho. Era una magnífica tribuna para ver pasar entonces las manifestaciones de los mineros. Calica conversa con dos antiguos parroquianos. Tiran nombres. Uno de ellos recuerda que un mozo siempre dice que allí estuvo el Che, aunque no se sabe si fue en ese viaje del 53 o cuando regresó en 1966 en forma clandestina, disfrazado de empresario uruguayo, para comenzar un levantamiento insurreccional en la cordillera de Ñacahuazú.

El domingo es día de peregrinación y bendición de vehículos en el santuario de Copacabana. El camino desde La Paz bordea el Titikaka hasta llegar a esta bahía en la que convergen bolivianos y peruanos en busca de protección divina. Ahora es un cura quien lanza agua bendita a sus camionetas y autos desvencijados; hace 2.000 años era el Inca Mayor que hacía los sacrificios en el Templo del Sol.

Para llegar hay que rodear buena parte del lago y cruzar en balsa por el estrecho de Tiquina. El sol, los 4.000 metros de altura y los cambios constantes de luz van modificando la visión del lugar. Por momentos, un espejo plateado; después, negro y amenazador; entre medio, postal suiza; al final, con viento, un mar de Mellville. Cada tanto aparece una de las tradicionales balsas de totora.

Un constructor de estos botes ideados por los Incas nos aclara que le lleva un mes hacer cada balsa y que no duran más de un año. "El lago carcome la paja como si fuera un perro con un hueso", explica.ç

Hotel de cinco estrellas

En 1953, Ernesto y Calica habían salido a las apuradas de La Paz montados en un camión que iba a hacer el recorrido hasta Copacabana, pero por el otro lado del lago, cruzando la frontera peruana y reingresando a territorio boliviano. Cuando estaban saliendo de la ciudad, el Che se dio cuenta de que le faltaba su querida máquina de fotos. "Para Ernesto, la cámara era sagrada", dice Calica. Se bajó del camión para hacer dedo hacia el lado contrario y quedaron en encontrarse en el santuario.

A Ernesto le fascinaba Cusco, pero a Calica no lo convencía entonces ni tampoco ahora Llegó dos días más tarde cuando Calica ya había conocido a una argentina dueña del único hotel importante de la pequeña ciudad, el Gloria. Recuerda el diálogo de ese momento:

- Chancho (así lo llamaban sus amigos cordobeses a Ernesto), ¿A que no sabés dónde estamos viviendo? ¿Ves ese hotel cinco estrellas a orilla del lago? Ahí.

- ¡Pero sos pelotudo! ¡Te debe haber salido una fortuna! Te dije que se terminaron las bacanerías cuando salimos de La Paz. ¡Nos vamos a quedar secos!

- ¡Es gratis! Agradecé a mi pinta y a mis botas que tanto me cargás. La dueña es un argentina y apenas me vio, nos dio una habitación y comida gratis.Pero Ernesto no podía ponerse contento. Había visto algo que lo perturbaba.

El cura del santuario bendecía con la mano derecha a los indios
aymaras y en la izquierda tenía los billetes que iba recolectando, doblados entre los dedos como lo hacen los colectiveros.

"A Ernesto se le había puesto que tenía que conocer la Isla del Sol. Había leído mucho y quería ver las ruinas del templo. Remamos como locos. Él me sacó la foto con el botero. Llegamos y caminamos dos horas. Cuando llegamos estaba todo destruido, pero Ernesto encontró una estatuita y estaba feliz, como si hubiera encontrado un tesoro. Se nos hizo de noche. El botero decía que no podíamos volver, que era peligroso, pero insistimos. En el medio del lago se levantó una tormenta y el botecito se movía como una coctelera. El botero se tiró al fondo y se puso a rezar. Nosotros tuvimos que ponernos a remar. Ernesto tenía la determinación y daba las órdenes. Como a la medianoche llegamos a la otra orilla. Nos salvamos por muy poco", recuerda Calica.

Cita con Evo

Los móviles no funcionan entre medio de los cerros, pero en el lago, las ondas telefónicas parecen superar todas las barreras. Suena el teléfono y es el asesor de prensa del presidente Evo Morales. Nos espera en su residencia de La Paz en tres horas. Es imposible llegar. Tenemos al menos cuatro de recorrido.

"Apuren que Evo quiere verlos", nos dice. La cita estaba programada para el día anterior y desde el Palacio la habían cancelado a último momento.

Llegamos casi una hora después de lo convenido, sucios y sin los libros de regalo que habíamos llevado para el Presidente. Evo nos recibió en mangas de camisa y una sonrisa amplia. Una foto de prensa y la cena, lo primero que comíamos en horas. La charla rondó alrededor del Che, pero no se podía eludir la Convención Constituyente, los disturbios de Sucre,
la lucha por la regionalización y la capitalidad.

- El Che nos marcó el camino. Nosotros lo intentamos seguir, dice Evo una vez que pasó el postre.

- Pero usted nunca fue guevarista ni foquista.

- Nosotros concebimos la lucha de otra manera, no creo que hoy
haya que hacer lo mismo que hizo él, pero el Che fue quien la inició a su manera.

La cena termina con un té en su despacho. Evo nos muestra el enorme retrato que tiene del Che Guevara realizado con hojas de coca por un artista local.

El 17 de agosto de 1953 Ernesto y Calica dejan Bolivia. Ernesto iba a volver 13 años más tarde cuando ya se había convertido en el Che, disfrazado de hombre de negocios uruguayo para tomar el nombre de guerra de Ramón y morir asesinado apenas un año después. La misma ruta que transitaron entonces hoy bordea el Titikaka por 300 kilómetros y pasa la frontera por Desaguadero, un puesto dividido por un río y lleno de guardias rechonchos con manos ligeras para los dólares.

La frontera boliviano-peruana ahí es sólo una cuestión burocrática. Más allá de los carteles de cerveza que pasan a ser de La Paceña a La Cusqueña y la tradicional Inca Kola, siguen las mismas cholas con sus aguayos y niños en la espalda, el sombrerito de fieltro por sobre el pelo renegrido y lacio siempre terminado en dos enormes trenzas, las manadas de llamas y ovejas todas juntas, las casas de adobe morado y los cultivos en terraza.

Cuando cruzaron la frontera Ernesto y Calica, la situación era totalmente diferente. Se pasaba de una Bolivia revolucionaria hacia un Perú bajo la dictadura del general Odría. En la aduana le confiscaron a Ernesto dos libros, "El hombre en la Unión Soviética" y otro sobre la reforma agraria que les había regalado Ñuflo Chávez, el ministro de Asuntos Campesinos.
Llegaron a Puno en camión y ahí decidieron hacer el trayecto hasta Cusco (nombre oficial de la antigua Cuzco) en tren.

En aquel entonces, había vagones de primera y segunda y los de ganado, donde también viajaban hacinados muchos campesinos que los guardias de las estaciones maltrataban tanto como a sus animales. Ernesto y Calica compraron por unos pocos soles asientos de segunda aunque terminaron viajando en primera.

De presos a policías

"Se nos acercaron dos detectives peruanos a proponernos un ‘negocio' "-recuerda Calica. "Nos dijeron: teníamos que trasladar a dos presos que se nos escaparon. Viajamos en primera. Ustedes tienen pasajes de segunda, los devuelven y se quedan con el dinero de uno y nosotros con el del otro. Y viajan con nosotros. Lo que no nos dijeron era que teníamos que simular que éramos los presos y viajar esposados. No fue del todo malo porque la gente del vagón nos tuvo lástima y nos dio de comer. Pero a las horas de andar, Ernesto ya había convencido a los detectives de que éramos gente importante, médicos que trabajábamos en la lucha antileprosa, hasta que uno de los policías le dijo de cambiar los roles para que estuviéramos más cómodos. Pasamos a ser los policías y ellos, los presos."

El Che reflexionaba en esos días sobre la grandeza del imperio inca Cusco son dos ciudades en una, la histórica del centro y otra enorme, extendida, pujante, que atrae a cientos de miles de inmigrantes internos peruanos. Desde el siglo XIII fue la capital del Imperio Incaico.

En 1533, llegaron el conquistador Francisco de Pizarro y sus hombres hambrientos de oro y emborrachados por la leyenda del Dorado. Durante un siglo fue la capital de todas las colonias sudamericanas, desde las sabanas hasta el Río de la Plata, hasta que cedió el puesto a Lima.

Ese centro histórico conserva todo su esplendor y es con el que se deslumbró Ernesto dos veces. La primera, cuando llegó en moto junto al Petiso Granado. La segunda, en el viaje con Calica en ese tren en el que pasaron en unas horas de presos a policías y volvieron a ser presos.

"Es que los detectives se emborracharon y a uno no lo encontramos para devolverle la credencial que nos habían prestado. Cuando fuimos a la comisaría para registrarnos, era una exigencia en esa época para los turistas-mochileros, nos estaban buscando. Dejaron a Ernesto preso y me soltaron a mí para que fuera a buscar la credencial. Cuando aclaramos todo, apareció uno de los policías del tren a pedirnos disculpas y nos invitó a comer. Nos llevó a una picantería, uno de esos restaurantes donde hay una sopa y cien variedades de picantes. Con la primera cucharada nuestras bocas ya estaban en llamas", cuenta Calica mientras caminamos por la plaza principal entre las dos imponentes catedrales y los balcones de las casas linderas, convertidas en bares y cafés, llenos de europeos tomando cerveza.

Ernesto estaba fascinado con Cusco, pero a Calica no lo convencía entonces y tampoco ahora. Se quiere ir cuanto antes. Tal vez, es por el clima clerical de la ciudad.

Camino al Machu Picchu

A las seis en punto partió el Vistadome de Perú-rail rumbo al mítico Machu Picchu. Media hora después sale otro expreso. Es el de los mochileros. El primero tiene más ventanas que permiten una vista panorámica, pero las comodidades son más o menos las mismas con una diferencia de 20 dólares en el pasaje.

El Vistadome sale 240 dólares por cabeza para el viaje de ida y vuelta, un almuerzo en Aguas Calientes y el autobús que va desde ese villorio hasta las ruinas. Son 110 kilómetros que llevan más de tres horas de viaje.

La primera hora sólo la consume un sistema de ascenso en escalera o zig-zag que sube los montes para salir de Cusco y elevarnos a unos 4.000 metros.

Cuando alcanza el valle se abre un panorama excepcional, el de los tres grandes nevados de la cordillera peruana: el Pumawanka de 5.330 metros, el Saguasiray de 5.770 metros y el impresionante Verónica-Willka Wekey de 5.900 metros.

Nos detenemos en la primera estación, la de Ollantaytambo; hicimos apenas 68 kilómetros pero ya cambiamos al menos dos veces de geografía.
Calica viaja callado. Sólo cuando vio el tren lanzó una sonrisa irónica y un comentario. "Nosotros no viajamos en uno como éste. Era una catramina. Íbamos, lógicamente, en segunda. La máquina tiraba humo como loca. Era uno de esos trencitos de madera que en cada curva parecía que se iban a destornillar", recuerda. Ernesto lo describió como "un tren asmático, casi de juguete".

La siguiente estación es apenas un andén para que se bajen los que van a hacer el antiguo camino inca en el que se asciende por las montañas para tener la primera vista de las ruinas de Machu Picchu desde arriba. Es un viaje que puede llevar dos o tres días de acuerdo a la habilidad del caminante.

Muchos turistas acampan varios días en la zona soportando cambios de clima y muchos aguaceros. Nosotros seguimos en el tren, confortables, hasta Aguas Calientes. Un autobús nos transporta los últimos 700 metros que se recorren en un constante caracol por media hora. "En aquella época había combis, pero sólo para los que viajaban en primera. Nosotros subimos a pata", observa Calica.

Cuando llegamos al puesto de entrada a las ruinas, Calica se puso a buscar el hotel donde se habían quedado cincuenta y cuatro años antes. Sigue siendo el mismo, hay uno solo. Está totalmente transformado pero levantado en el mismo lugar que el que ellos conocieron.

Era un hotel de lujo para ese entonces, se hospedaba gente como la actriz Joan Fontaine. Ernesto había conocido al gerente, Don Soto, en el viaje anterior. "Es un peruano admirador de los argentinos -me explicó Ernesto- al que le encantan el tango y el fútbol. Canta como el culo y juega al fútbol también como el culo, pero vos le tenés que decir que hace las dos cosas muy bien y está todo pago".

Asesino de tangos

Esa misma noche Soto se lanzó con unos tangos acompañado por Ernesto que tenía "un toscano en cada oreja". Tanto, que en los diarios de algunos de los guerrilleros que lo acompañaron en la Sierra Maestra de Cuba hacen referencia a que cada tanto al Che se le daba por cantar.

"Ahí está el Comandante asesinando un tango", decían entre risas. Y al día siguiente le dieron el gusto también con el fútbol. Hicieron un "picadito" en el medio de la plaza principal de Machu Picchu, frente al Palacio Real.

"Ernesto fue al arco como siempre. Jugaba de arquero desde que nos conocimos en Alta Gracia, había empezado por su problema de asma que le impedía correr, pero después se fue perfeccionando y se convirtió en un arquerazo. Yo jugaba de delantero.

Antes de empezar me dijo: no corras mucho que con la altura te vas a quedar seco. Yo, canchero, me largué a jugar con toda la garra y diez minutos más tarde, efectivamente, no me podía parar. Ernesto se dejó hacer uno o dos goles por Soto y vivimos tres días en el hotel como bacanes", cuenta Calica mientras presentamos las entradas para acceder a las ruinas.

El cronista mestizo Garcilaso de la Vega cuenta que la leyenda de la creación de Machu Picchu se debe a la aparición de la pareja del Manco Capac y Mama Ocllo que surgieron del lago Titikaka enviados por su padre el Dios Sol con la misión de fundar el imperio de los Incas. Y ahí está. Uno entrega la entrada, da una vuelta y aparece la foto que vimos una y mil veces, las ruinas de piedras marrones sobre un manto verde y el peñón del Huaynapichu por encima de todo, custodiando.

"Machu Picchu no defrauda, no sé cuántas veces más podré admirarla, pero esas nubes grises, esos picachos morados y de colores sobre los que resalta el claro de las ruinas grises, es uno de los espectáculos más maravillosos que pueda yo imaginar", escribió Ernesto en su diario de viaje.

Despedida en Guayaquil

Y es aquí donde el futuro comandante guerrillero tiene su segundo gran golpe del viaje, el descubrimiento de la raíz indígena de América latina. "Ernesto reflexionaba en esos días sobre la grandeza del imperio incaico y lo que habían hecho los conquistadores y los imperialismos", dice Calica mientras bajamos hacia Aguas Calientes entre medio de indios "haciéndose los indios" para sacar alguna propina.

Cuando se iban del hotel, en el 53, fueron a firmar el libro de huéspedes ilustres y se encontraron con una frase que luego Ernesto usó para concluir un artículo que escribió para la revista Siete: "I am lucky to find a place without a Coca-Cola propaganda" (Tengo suerte de encontrar un lugar sin propaganda de Coca-Cola). Y Ernesto agregó de su cosecha en la nota: "lo escribió un súbdito inglés con toda la amargura de su añoranza imperial".

Ernesto y Calica regresaron a Cusco y de ahí un viaje de tres días a Lima, luego pasaron a Ecuador y en Guayaquil se separaron para siempre. Ernesto estaba obsesionado por conocer Guatemala donde se desarrollaba otro experimento revolucionario. Calica tenía que ir a Venezuela para ver al amigo en común, el petiso Granado, que le podía dar una mano para salir de la miseria en la que habían caído.

En Ecuador, Ernesto había conocido a otros estudiantes argentinos y varios intelectuales cercanos al Partido Comunista. Ahí había terminado la formación de este viaje. Ya estaba determinado para ser el Che. En su libro escribió: "Ahora sabía que en el momento en que el gran espíritu rector dé el tajo enorme que divida toda la humanidad en sólo dos facciones antagónicas, estaré con el pueblo".

De Guatemala pasó a México donde conoció a Fidel Castro y comenzó su conocida vida de revolucionario. Calica se instaló en Caracas y se quedó diez años. Allí fue sabiendo del viaje del Granma, de la detención de Ernesto y de que se había convertido en comandante en la Sierra Maestra. Cuando "los barbudos" tomaron el poder en La Habana, un amigo le llevó un mensaje del Che: "venite, pero tenés que tener en cuenta que muy pronto vamos a romper todos los vínculos con el mundo occidental y podés quedar aislado".

"No podía irme"-explica Calica-. Tenía un laburo con un buen sueldo y tenía que mandarle guita a mi vieja y a mis hermanos menores que estaban estudiando medicina en Buenos Aires. Para mí la aventura había terminado".

Especial de Che Guevara