Martes, 12 de Febrero de 2008

Cada mochuelo, en su olivo

JOSÉ LUIS DE ZÁRRAGA * ·12/02/2008 - 07:21h

El discurso de los políticos es extenso, variado y complejo; pero de ese discurso la gente retiene sólo una pequeña parte, sus elementos más característicos. Por eso los políticos repiten tanto sus mensajes principales, los que quieren que estén en la conciencia de la gente cuando piense en ellos.

También en el discurso preelectoral hay una selección muy estricta de lo que se fija en la memoria y lo que al final cuenta para la decisión de voto. Esta selección no es resultado de un cálculo racional deliberado. Con las imágenes de los políticos pasa como con la percepción de las formas, que en ellas tiende a verse lo que les es más propio –aunque no esté– y a ignorarse –aunque
esté– lo que les es extraño. Lo que de un candidato se ve y oye está muy determinado por su posición en el espacio ideológico y por la perspectiva del elector. Y en este posicionamiento imaginario, el eje izquierda-derecha es esencial.

Si un candidato de derechas hace una oferta electoral que la gente asocia a la izquierda, tenderá a ignorarla o restarle significación, porque no encaja en su imagen. Y lo mismo pasa cuando un candidato de izquierdas promete medidas que se consideran de derechas. Claro que el candidato puede tratar de imponer la percepción de su oferta, insistiendo mucho en ella; y lo hará esperando que su oferta –a priori considerada, por ejemplo, como propia de la política de derechas– sea vista de otra forma, bajo una luz distinta, al incluirla en su programa.

Pero es difícil que esto llegue a suceder. A veces, insistiendo mucho, se produce una cierta reconfiguración de su imagen para integrar en ella los elementos extraños que no se pueden ignorar; se reconfigura de modo que esos elementos encajen en la imagen. Un efecto a veces deseado –centrar la imagen–, a veces indeseado –derechizarla–.

Política de izquierdas

Todo esto viene a cuento de los resultados que hoy presentamos del Publiscopio. De Zapatero se recuerda fácilmente las ofertas de favorecer a asalariados y pensionistas (devolución de 400 euros, subida de pensiones, y salario mínimo), porque esto es lo que se imagina propio de un político de izquierdas; pero menos del 1% cita espontáneamente la supresión del impuesto sobre el patrimonio o la rebaja del de sociedades, y casi nadie recuerda la promesa de eximir de impuestos a las herencias de menos de 60.000 euros, ofertas que nadie asocia a un Gobierno socialista. Cuando se trata de Rajoy, se recuerda más la promesa de reducción del IRPF que la exención que afectaría a rentas más bajas, porque aquella medida se imagina más propia de derechas que ésta.

En cuanto a medidas que ambos candidatos han incluido entre sus promesas electorales, es también claro el sesgo de imagen. Se preguntaba en la encuesta a quién se atribuía la oferta de subir sustancialmente las pensiones mínimas; pese a que Rajoy fue el primero en anunciar esa medida y lo hizo con titulares de primera plana, el 40% se la atribuyen a Zapatero y sólo el 18% a Rajoy (y únicamente un 2%, a ambos). Por el contrario, la supresión del Impuesto del Patrimonio, que en esta campaña ofreció Zapatero primero, la atribuyen a Rajoy un 31%, y sólo un 14%, a Zapatero (7% a ambos). Muy significativo es también lo que sucede con la rebaja de 1.000 euros prometida por Rajoy para las mujeres trabajadoras; pese a que Zapatero no ha ofrecido nada parecido, se la atribuyen el 40% de los que dicen haber oído algo de esa oferta.

La moraleja es obvia: cuando el candidato ofrece lo que se espera que ofrezca su adversario, el elector tiende a ignorar su oferta; si no la ignora, la considera menos creíble; y si cree en ella, es incierto el efecto que produzca en su imagen.

José Luis de Zárraga es sociólogo  

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