Domingo, 7 de Octubre de 2007

El último viaje del Che

Las horas finales del guerrillero argentino que se convirtió en uno de los grandes mitos del siglo XX contada por quienes fueron testigos

Especial de Che Guevara

GUSTAVO SIERRA. Clarín ·07/10/2007 - 11:13h

Los espinillos dejan ronchas que pican como aguijones de zancudos. Las piedras redondeadas por la erosión de la lluvia hacen resbalar. Las ramas se entrecruzan y hay que agacharse o saltar todo el tiempo. Cada paso levanta una nube de tierra que penetra lentamente en las fosas nasales, los ojos y la boca. Ascendemos por la ladera del cerro Khara-Khara desde la Quebrada del Churo. Subimos por el mismo sendero por el que lo hizo el Che Guevara hace 40 años en su último tramo hacia la muerte. El sol del mediodía es devastador. Es septiembre del 2007 y, a pesar de todo, aún es soportable hacer el ascenso.

El Che lo hizo casi un mes más tarde cuando la temperatura es más elevada, herido en una pierna, atadas las manos y con unos mocasines que él mismo se había armado con unos cueros y cosido con hilo rústico después de perder los borceguíes casi un mes antes. Iba todo desgreñado, con los pelos largos y enredados como si se hubiera hecho rastas. Llevaba un pantalón color caqui, una camiseta verde agujereada y una campera del mismo color rota en varios lugares. Le habían quitado la gorra de estilo maoísta y aún tenía las manos entumecidas del impacto de bala que había dado en su carabina y la había dejado prácticamente partida en dos.De todos modos, tuvo suerte. El disparo había dado en la parte de metal del centro del arma y la bala rebotó. La lógica indicaba que la bala le hubiera perforado el estómago. Un balazo anterior que pegó en la enorme piedra en la que estaba parapetado le había pasado de refilón por la pierna derecha, justo arriba del tobillo, y le arrancó un buen pedazo de piel.

Tres horas de espera

El combate había terminado a las tres de la tarde y al Che lo tuvieron por lo menos tres horas esperando hasta que viniera la orden de qué hacer con él. “Cuando me animé a bajar era ya tarde. Hacía rato que no escuchábamos tiros y fue cuando tuve coraje. Bajé y hablé con los soldados. Fue cuando me dijeron que tenían al jefe, al Che. Yo no sabía nada de quién era el Che, ¡después supe! Eran como las seis de la tarde y me dijeron que se lo estaban llevando. Miré pa’rriba y vi que iba un grupo grande de soldados y unos guerrilleros en el medio. Había un silencio como ahora”, cuenta don Florencio Aguilar que entonces tenía 20 años y trabajaba con su padre y sus hermanos ese campito de la Quebrada del Churo donde plantaban papas. Lo mismo que está haciendo él 40 años más tarde.

No había amanecido aún el domingo 8 de octubre de 1967 cuando Honorato Rojas, un vecino de los Aguilar del otro lado de la quebrada, salió camino a Pucará, el pueblo más cercano. No tuvo que hacer los diez kilómetros. Antes se encontró con el campamento de los soldados y enseguida estaba ante el teniente para contarle: “Eran como las nueve de la noche cuando vi a los guerrilleros que pasaban por mi casa. Primero se quedaron descansando y bebiendo agua en la acequia que está al lado del sembradío de papas.

Después salieron hacia abajo, hacia el Churo”.La quebrada del Churo se encuentra a unos seis kilómetros del poblado de La Higuera. Está cubierta por bastante vegetación, y cruzada por un riacho que descarga en el río Grande. Pero los cerros hacia arriba se van pelando y predominan las plantas espinosas y las piedras sueltas. Por momentos aparecen penachos rocosos, como uno sobresaliente ubicado al lado del hilo de agua, y que parecen dos enormes piedras clavadas adrede. Allí es donde se detuvo la columna guerrillera de 17 hombres a eso de las dos de la mañana.

El Che, o Fernando que era su nombre de guerra en ese momento, escuchó un informe en su radio a pilas de que las tropas habían rodeado a los guerrilleros en un lugar entre los ríos Acero y Oro. “La noticia parece diversionista”, fue la última frase que escribió esa noche en su diario antes de apuntar, como siempre, la altura en la que se encontraban: 2.000 metros. Para eso tenía un altímetro siempre colgado del cuello.

José Luis Alcázar era entonces el corresponsal de guerra del desaparecido diario Presencia que se editaba en La Paz y era de orientación católica. Siguió los acontecimientos y logró el testimonio fresco de varios de los militares que participaron de la cacería del Che. Reprodujo cada detalle de la última batalla en un libro editado en 1969 en México que tuvo muy poca repercusión. Hoy, todos los investigadores aseguran que es el relato más fidedigno y completo. Del otro lado, están los recuerdos de tres guerrilleros que lograron romper el cerco y sobrevivieron. Son Pombo (Harry Villegas Tamayo, cubano), Benigno (Daniel Alarcón Ramírez, cubano) y Urbano (Leonardo Tamayo Núñez, cubano).

Con esos documentos en mano se puede reproducir, cuatro décadas después, esa última acción del foco guerrillero liderado por Guevara.A las seis y media de la mañana y bajo una densa neblina, una compañía de rangers bolivianos, recientemente entrenados por asesores estadounidenses y al mando del capitán Gary Prado Salmón, se pone en marcha. En la loma conocida como Punta de La Higuera, los militares se dividen en dos columnas de unos 40 soldados cada una al mando de los subtenientes Pérez y Huerta. Una tercera columna a cargo del capitán Prado sale desde Abra del Picacho con dos morteros al hombro.

Al mediodía ya están en posición y tienen la Quebrada del Churo, el lugar señalado por el campesino, casi toda rodeada.El día anterior, la columna guerrillera se había encontrado con una campesina anciana que primero se hizo la sorda y después adujo que no hablaba español, pero que finalmente les dio unos cuantos datos sobre el lugar y cómo llegar hasta Pucará, donde podrían encontrar alguna medicina para amenguar el asma del Che. No saben que los agentes de la CIA ya se habían dado cuenta de que los guerrilleros siempre andaban detrás de unos remedios específicos y que los habían confiscado de casi todos los hospitales y farmacias de la región. Lo cierto es que no se confiaron de la mujer y mandaron a dos combatientes que la siguieran hasta su casa en un saliente de la quebrada. Se encontraron con una hija suya enana.

Uno de ellos se acordó de que ya habían pasado por ahí y la mujer les había vendido un cerdo y dos gallinas. Y que todo el mundo conocía el lugar como “la casa de la enana”. Si no los había denunciado hasta ahora, ya no lo haría.

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