Archivo de Público
Sábado, 6 de Julio de 2013

"La Transición fue una chapuza pero yo estoy a favor de esa chapuza"

El autor extremeño se sumerge nuevamente con 'Las leyes de la frontera' en la España de la Transición después de la exitosa obra 'Anatomía de un instante'

 

J. LOSA ·06/07/2013 - 08:00h

Decía Raymond Carver que debería estar prohibido que los novelistas prologaran sus propios libros antes de cumplir los 50. Pues bien, Javier Cercas, con 51 años, se libra por poco. Enfrascado en la reedición de sus primeros manuscritos, el autor de las exitosas Soldados de Salamina (Tusquets, 2001) y Anatomía de un instante (Mondadori, 2009) compagina su labor como articulista con la de profesor invitado de la Universidad Libre de Berlín, ciudad a la que el escritor rinde pleitesía.

En esta entrevista con Público el autor extremeño aborda con la locuacidad y nitidez que le caracterizan los entresijos de su última novela publicada, Las leyes de la frontera (Mondadori, 2012), sin rehuir el debate sobre el papel de la Transición o los nacionalismos.

Se le nota encantado con su estancia en Berlín
Es que es una ciudad inmejorable para la escritura. Además, lo que han hecho los alemanes y en especial los berlineses es absolutamente admirable, de una gran higiene histórica. Los berlineses han sabido derrotar al nacionalismo, ellos lo crearon y ellos lo han destruido. Berlín tiene que ser la capital de Europa, de la Europa unida, si es que finalmente nos decidimos a unirla, algo que es poco probable.

¿Cree que debemos tomar nota?
Sin duda. Los alemanes tuvieron que plantearse donde estaba el fundamento de su país y decidieron que residía en la derrota. Hasta el punto de que cada año celebran el día que entraron los soviéticos en la ciudad, celebran la derrota como si de una victoria se tratase, celebran el triunfo de la razón sobre la sangre, donde la sangre es el nacionalismo. Ningún pueblo ha sido capaz de algo así, nosotros tenemos los cadáveres en el armario todavía y ellos lo han abierto y han sacado todos sus cadáveres.

"Berlín tiene que ser la capital de la Europa unida, si es que finalmente nos decidimos a unirla" ¿Coincide con los que piensan que es la Transición el origen de nuestros males?
Creo que mi generación vive en un estado de infantilismo permanente, tengo la impresión de que hemos llegado a un punto en el que todas las culpas se le echan a la Transición. De la situación política, de que esta democracia sea pobre e insuficiente, de la crisis económica... Basta ya de echar la culpa a papá y a mamá, es nuestra responsabilidad. Lo que se hizo fue una chapuza, sí, pero yo estoy a favor porque con esa chapuza teníamos que haber hecho muchas cosas y no las hemos hecho.

En su último libro, Las leyes de la frontera, hace un retrato muy duro de aquellos años.
Pretendía, entre otras cosas, desmontar el mito universal de los delincuentes juveniles, los llamado quinquis. Se ha generado una idealización ridícula de estos individuos, una mezcla de admiración y miedo. Esta desmitificación es algo que, inconscientemente, he llevado a cabo en todos los libros que he escrito.

Quizá de ahí viene la ambigüedad moral de la mayoría de sus personajes...
No sólo en los personajes, en mis novelas y en las novelas que me importan no hay una respuesta taxativa, lo que hay son siempre respuestas contradictorias, equívocas. Al final de Don Quijote no sabes si está como una cabra o no, al final de Moby-Dick no sabes por qué Ahab está obsesionado con la ballena, al final de El Proceso desconoces de qué acusan a K. En el corazón de todas las buenas novelas hay siempre un punto ciego a través del cual no se ve nada y ese no ver, ese silencio, es la forma de elocuencia de la novela. Lo interesante es la pregunta no la respuesta.

Esa complejidad de sus personajes contrasta con la sencillez de su estilo a la hora de narrar.
Es que para mí literatura es aquello que no suena a literatura, los embellecimientos, los ornamentos han de ir fuera. En un ensayo de Hannah Arendt sobre Kafka, la autora explica que el de Praga no busca la belleza, busca la verdad. Cuando uno empieza siempre quiere parecer literario y cuando más sabe menos quiere parecerlo, porque la literatura auténtica, tal y como la entiendo, no tiene que parecer literatura.

¿Cree que su experiencia como columnista le ha allanado el estilo?
Es muy posible. Escribir en los periódicos es un ejercicio estilístico fundamental porque te obliga a la transparencia, a la claridad, a la exactitud... El periodismo me obliga no sólo a una sencillez que es muy util desde el punto de vista estilístico, sino también a desarrollar otros puntos de vista, otra estructura mental.

"La literatura auténtica, tal y como la entiendo, no tiene que parecer literatura"¿Por qué rechaza la etiqueta de novela histórica?
Porque mis libros hablan de la relación entre el pasado y el presente, no hablan del pasado por el pasado como sucede en gran parte de la novela histórica. Mis libros abordan esa dialéctica entre pasado y presente, de modo que no es un interés arqueológico sobre el pasado, sino que se trata de un interés en la medida en que ese pasado también es presente.

¿Qué etiqueta prefiere?
Un poeta al que admiro mucho llamado Carlos Marzal dice que yo hago thriller existenciales. Me gusta esta etiqueta porque creo que todas las novelas a su modo son thriller existenciales. Me siento más próximo a los orígenes de la novela, cuando ni siquiera existía como género. En aquella época las novelas son de una libertad absoluta, un gran cajón de sastre, enormemente amplio y flexible donde podemos encontrar un poco de todo; novelas de caballerías, pastoriles, ensayo... Luego, cuando llega la novela realista, se impone con tal fuerza que parece el modelo definitivo, pero creo que es una novela que en gran parte está muerta. Yo leo con adoración a Flaubert, que hace la novela realista perfecta, me interesa mucho porque es un tipo de novela muy formalizada, rigurosa en su construcción. En resumen, mi ideal de novela ha de tener el rigor estructural de la novela falubertiana realista y la libertad de los primitivos.