Martes, 5 de Febrero de 2008

Cuatro años de furia anticatalana

FERRAN CASAS ·05/02/2008 - 21:12h

El PP no ha inventado nada, pero en los últimos cuatro años ha perfeccionado la técnica. El anticatalanismo hace siglos que se acomodó en amplias capas de la sociedad española. El poeta Quevedo ya dejó escrito en el XVII que "en tanto en Cataluña quedase un solo catalán y piedras en los campos desiertos, hemos de tener enemigo y guerra". Pero la aversión a lo catalán (entendido como lengua y entidad nacional) ha sido un actor político de primera magnitud al menos desde 1898, cuando Catalunya sustituyó a la independizada Cuba en el imaginario de algunos.

La derecha se ha servido del anticatalanismo con agresividad y lo ha elevado a ideología de masas del españolismo. Lo ha hecho con intensidad cada vez que, desde Catalunya, se han planteado proyectos políticos con visos de reformar el modelo de Estado. Y ha renunciado a él cuando, como pasó entre 1996 y 2000, ha necesitado servirse del catalanismo.

Firmas contra el Estatut

Lo excitó con Solidaritat Catalana, con el Estatut de 1932 o el último de 2006. Contra el actual texto, el PP recogió nada más y nada menos que 4 millones de firmas en centenares de mesas petitorias repartidas a lo largo y ancho de España.

Al PP el anticatalanismo y presentar la lengua castellana como objeto de una indecente persecución en Catalunya le funciona. Y también le une. Su campaña anticatalana sólo le reportó alguna deserción en Catalunya, la más sonada la de Josep Piqué. Pero a diferencia de lo otros temas (véase trasvase del Ebro, guerra de Irak, negociación con ETA o seguimiento a la Iglesia) el anticatalanismo no desgasta.

Bien agitado y en grandes dosis gracias a una escuadra mediática que siga (o marque) el paso acorrala al PSOE, que gestionó, en función de su interés, mejor el Estatut que el proceso de paz pero al que el debate territorial ha desgastado de forma bárbara.

Históricamente, cuando la izquierda no ha hecho directamente el juego a la derecha (el PSC, por ejemplo, teme más a Bono que a la mayoría de líderes del PP) ha sido incapaz de plantar cara. Quizás por Andalucía empiecen a cambiar cosas. Los federalistas catalanes siempre han buscado en el sur de la península tejer alianzas tan periféricas como estratégicas.

El anticatalanismo, que esconde un desprecio atávico a lo diferente de lo castellano (Suárez flirteó con él desaconsejando el catalán en las facultades "porqué no se puede dar física quántica en catalán"), sirve para hacer política pero también para reventar audímetros y vender periódicos. Jiménez Losantos, gurú de la derecha dominante, hace fortuna cargando contra un Gobierno "que sólo habla con terroristas, homosexuales y catalanes" y preguntándose cuando lo hará "con gente normal".

El PP critica en Andalucía que el catalán sea un requisito para ejercer algunas profesiones en Catalunya (no la de juez o policia) pero gobierna con mayoría absoluta el País Valenciano, donde es obligado para obtener plaza de funcionario autonómico. ¡Pero claro! Allí, según el PP y en contra de la opinión de los científicos, no es una variante del catalán lo que se habla sino valenciano. Y eso debe ser diferente.

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