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Martes, 7 de Agosto de 2012

La dimisión del primer ministro sirio beneficia a los saudíes

Los saudíes ven en la caída del régimen de Al Asad el factor clave para instaurar un gobierno suní que rompa el equilibrio en la región

EUGENIO GARCÍA GASCÓN ·07/08/2012 - 13:54h

El exprimer ministro sirio, Riad Hijab. Reuters

La deserción y huida del primer ministro sirio, Riad Hijab, representa, por varias razones, el peor golpe que ha recibido el régimen de Bashar al Asad desde el inicio de las revueltas hace 17 meses, y vaticina su desmoronamiento en un momento en que los combates con la oposición se intensifican sustancialmente día a día en distintos puntos del país.

Antiguo miembro del partido Baaz, Hijab no era considerado un elemento clave del círculo de personas vinculadas al dictador Al Asad. No obstante, su huida a Jordania constituye la más alta deserción del régimen, y se produce apenas dos meses después de su nombramiento para el cargo.

Ingeniero agrícola de 45 años, Hijab es oriundo de la provincia oriental de Deir al Zor y pertenece a una famila suní. Esta circunstancia ha sido destacada por la prensa árabe como un indicio de que las estrechas relaciones entre alauíes y suníes han comenzado a resquebrajarse.

En los últimos meses se ha producido una larga serie de deserciones, especialmente en el seno del Ejército, que se han interpretado también como conflictivas. Una de ellas, quizás la más notable, fue la del general Manaf Tlass, hijo de Mustafa Tlass, quien fue ministro de Defensa durante décadas. Padre e hijo se encuentran ahora en París y el hijo ha hecho declaraciones favorables a los rebeldes.

Hijab también ha abierto la boca, pero a través de un portavoz, para condenar al “régimen terrorista” de Damasco al que ha pertenecido con destacados cargos hasta esta semana. Aparentemente, Hijab ha viajado de Jordania a Qatar, uno de los países que se están mostrando más belicosos con Damasco durante la rebelión.

Cada día está más claro que el conflicto sirio responde a un choque sectario, el peor mal que sufre la región de Oriente Próximo, y que el país está siendo el teatro de un enfrentamiento entre suníes y alauíes que todo indica que se va a resolver a favor de los primeros, quienes cuentan con el apoyo político y militar de EEUU e Israel.

Irán está viendo cómo se derrumba el Oriente Próximo que existía hasta ahora, y esto puede tener consecuencias dramáticas para los chiíes de la región, máxime si se tiene en cuenta que junto al ataque contra Siria, EEUU e Israel están amenazando directamente con una guerra sobre Irán a cargo de su programa nuclear.

El ganador es Arabia Saudí

El principal ganador del conflicto es Arabia Saudí y su visión wahabí del sunismo, una versión conservadora y retrógrada que Riyad viene exportando a la región desde la crisis petrolera de 1973, cuando la subida del precio del crudo en los mercados internacionales convirtió a Arabia Saudí en un país millonario capaz de construir mezquitas por doquier y de influir en la concepción religiosa de los fieles suníes.

El ogro de Arabia Saudí es Irán. La aversión de los suníes hacia los chiíes es proverbial, y los saudíes no han ocultado nunca este sentimiento de rechazo que también manifiestan contra su propia minoría chií que vive en la zona oriental del Reino.

Los saudíes esperan que, tras caer Al Asad, tome el poder un gobierno suní en Siria

Todos los conflictos que ahora están en marcha en la región interesan a los saudíes. En primer lugar, el régimen alauí de Siria debe caer para dar paso a un gobierno de confesión suní conservadora que esté en línea con el wahabismo. Los saudíes también están interesados en que Siria deje de ser el eje de transmisión entre Irán y los chiíes libaneses en beneficio de sus aliados suníes.

Y este es el primer punto en el que los intereses de Israel y de Arabia Saudí coinciden. Pero también coinciden en la aspiración de acabar con la influencia de Irán - interés que en gran medida se debe a su programa nuclear. No está claro que Teherán esté persiguiendo formar un arsenal de armas nucleares, pero de conseguirlo significaría un contrapeso indeseado a la capacidad nuclear de Israel que Israel ni comparte ni quiere compartir con nadie.