Archivo de Público
Domingo, 22 de Abril de 2012

Una voz en la historia

·22/04/2012 - 09:00h

REUTERS - El presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, durante un mitin en Niza el pasado viernes. -

Toni Ramoneda
Comunicólogo y profesor de español en Lyon

Escribía el filósofo americano Stanley Cavell que la democracia es una cuestión de voz. Se trata de que cada ciudadano pueda reconocer en el discurso colectivo su propia voz en la historia. Por eso, lo mismo que la palabra no se resume a los sonidos que emitimos mediante nuestras cuerdas vocales sino que contiene multitud de formas de expresión y responde a normas lingüísticas, culturales, sociales e incluso biológicas, la democracia entendida como voz en la historia es mucho más que la emisión de un voto. La democracia significa ser capaz de sentirse partícipe de lo común y para ello hay que tener conciencia de que nuestras acciones presentes se inscriben en una continuidad histórica. Sin esto no hay política, sólo gestión, o gobernanza como se dice en los ámbitos económicos y sin política, la democracia no tiene sentido.

Por eso las campañas electorales son momentos en los que un colectivo, un país,  construye normas y se dota de palabras mediante las que un voto podrá representar una voz en la historia. Por lo tanto, más allá de quién gane las elecciones francesas, cuya primera vuelta tiene lugar este domingo 22 de abril, la voz de Francia para los próximos cinco años ya ha sido enunciada.

Desde la extrema derecha, Marine Le Pen se ha esforzado en suavizar la imagen de su partido. No ha cambiado el discurso, que sigue siendo xenófobo, nacionalista, demagógico en sus propuestas económicas y centrado en la retórica del miedo, pero sí que ha cambiado los símbolos, empezando por su padre (controlado al máximo por los dirigentes del partido para limitar sus salidas de tono) y terminando por la identidad visual del partido, en la que la llama con los colores de la bandera nacional ha dejado paso a una franja tricolor más clásica, menos ligada al belicismo y, sobre todo, a la guerra de Argelia. Este esfuerzo de la heredera se ha visto favorecido por cinco años de presidencia (precedidos por dos años de actividad ministerial) de Nicolas Sarkozy en los que éste ha querido asumir una parte del discurso del Frente Nacional. Lo que funcionó en 2007 (lucha contra la inmigración y contra la inseguridad) no funciona ahora porque la inmigración sigue existiendo y existirá siempre y la inseguridad es lo propio de toda crisis económica. El electorado de extrema derecha se siente pues defraudado pero el de derechas también por haber visto cómo se le abría la puerta al populismo. Sarkozy ha perdido la mano en la batalla por el discurso, lo que no significa que todavía pueda ganar la batalla por el poder, y ha aceptado los temas de debate propuestos por la extrema derecha hasta expresarse mediante la voz del nacionalismo y del proteccionismo tanto económico como culturales.

Esta radicalización de la derecha ha dejado al candidato de centro, François Bayrou, en una posición incómoda. Podría captar el voto de la derecha moderada y liberal puesto que su credo es el del déficit cero y su posicionamiento ideológico más liberal que conservador se basa en el valor del esfuerzo. Pero se alejaría con ello del electorado de izquierdas que no quiere abandonar la defensa del estado del bienestar en aras de una austeridad desmesurada. Su voz se pierde en un canto al esfuerzo y al gobierno riguroso sin imponerse al tema de la inseguridad económica y al de la injusticia social.

Precisamente la competencia en materia económica es lo que ha logrado imponer el candidato socialista François Hollande. Así como en 2007 Ségolène Royale no consiguió darse una imagen de credibilidad y muchos de sus electores potenciales se dejaron seducir por François Bayrou (entonces la crisis no ponía en duda su compromiso con el estado del bienestar) y, en parte, por Sarkozy en la segunda vuelta, Hollande ha sabido dar al socialismo la voz de un proyecto económico creíble. Esta voz socialdemócrata consigue asumir los temas de la protección y de la justicia desde un prisma social. La credibilidad atribuida a los socialistas proviene de un programa que propone reformas fiscales para atajar el déficit sin necesidad de asumir recortes en prestaciones sociales. Un programa que apuesta por un crecimiento a nivel europeo que permita luego controlar la deuda en vez de, como se impone actualmente desde Bruselas, pretender que mediante la austeridad se podrá recuperar el crecimiento.

Finalmente, Jean-Luc Mélenchon, miembro del Partido Socialista hasta 2008 y ministro del gobierno de Lionel Jospin, ha sabido aprovechar la maquinaria del Partido Comunista Francés para construir, en alianza con su Partido de Izquierdas fundado en 2009, un Frente de Izquierdas (Front de Gauche) que retoma la voz del socialismo más tradicional. La voz de una tradición cuya característica principal consiste en luchar por una democracia en la que los ciudadanos controlen los mercados y la finanza y no a la inversa y cuyos orígenes remontan a la toma de la Bastilla por el pueblo de París.  

La Francia de los próximos cinco años será pues un país que querrá retomar la voz de lo que Mélenchon llama "la revolución ciudadana"; será un país en el que se seguirán oyendo gritos contra los extranjeros, contra Bruselas y contra la globalización; será un país en el que se hablará del valor del trabajo y del esfuerzo, sobretodo en tiempos de crisis y en el que se defenderá el rigor presupuestario y será un país que querrá llevar la voz de la defensa del estado del bienestar a Europa. Lo que nos dirán los votos es el alcance de cada una de estas voces y lo que nos dirá la historia es si estas voces son todavía la expresión de la democracia o si por el contrario se trata de eso, de voces, sin más.