Archivo de Público
Martes, 13 de Marzo de 2012

Javier Arenas. The artist

ANTONIO AVENDAÑO ·13/03/2012 - 13:40h

Lo propio de Javier Arenas no es que haga trampas, pues todos los políticos de algún modo las hacen: el suyo es un oficio duro y cuantos lo practican son muy conscientes del parecido que guardan con los detenidos a quienes la Policía advierte en el momento de su detención de que cualquier cosa que digan podrá ser utilizada contra ellos en el juicio. En el caso de los políticos la cosa que más letalmente puede ser utilizada contra ellos en la plaza pública es precisamente la verdad. Y no tanto la verdad como el hecho mismo de decirla. Casi todos los políticos mienten un poco, casi todos hacen algunas trampas, casi todos niegan ciertas evidencias, casi todos, en fin, renegarían en algún momento de su propia madre para alcanzar el poder y, sobre todo, para no perderlo. Pero casi todos también se avergonzarían en mayor o menor grado de todo ello, pondrían esa media sonrisa entre pícara y avergonzada que suele poner la gente cuando quiere hacerse perdonar lo imperdonable.

"Debatamos todos juntos y yo el primero..."  

Y ahí es donde entra el hecho diferencial llamado Arenas, su específica aportación a la política española. Lo propio del presidente del Partido Popular de Andalucía es que miente, trampea, niega o reniega con una profesionalidad, un desahogo, una solvencia, cabría decir que con un arte que están al alcance de muy pocos mortales. Su última exhibición de profesional de élite ha sido con ocasión del frustrado debate de los tres candidatos a la Presidencia de la Junta de Andalucía cuyas formaciones tienen representación en el Parlamento: José Antonio Griñán por el Partido Socialista, Diego Valderas por Izquierda Unida y el propio Javier Arenas. Finalmente el prometedor debate a tres se quedó en un aguado debate a dos porque Arenas se negó a participar en el mismo amparándose en rebuscadas y en algún caso ingeniosas excusas, aun siendo consciente de que todo el mundo conoce perfectamente el por qué de su negativa: va muy por delante en las encuestas y en un debate televisivo tendría mucho más que perder que ganar.

Podrían surgir temas embarazosos como del sueldo que cobraba del partido y dejó de cobrar cuando se descubrió que lo cobraba; incómodos como el de sus amistades peligrosas con Camps; indefendibles como el de la contrarreforma del aborto; controvertidos como el de la reforma laboral o los recortes al Estado del Bienestar; indefendibles como el de la corrupción en los territorios PP; inoportunos como el de la coincidencia temporal del caso Gürtel y su cargo de número tres del partido... Mucho que perder, pues, y muy poco que ganar. Un partida con malas cartas. Un jugador experimentado como Javier Arenas sabe cuando tiene una buena racha y sabe que no debe arriesgarla sin tener un buen motivo para ello. El líder del PP no tenía necesidad de jugar una partida que podía perder y, sencillamente, no la jugó. Muchos lo han hecho antes que él y muchos otros volverán a hacerlo.

"Me han echado"

Ahora bien, lo que muy pocos o ninguno de ellos habría hecho es declarar: "Me han echado del debate". La excusa esta vez era que el debate no debía celebrarse en Canal Sur, porque la televisión pública andaluza no es neutral, sino en el Parlamento de Andalucía. Según él, pero sólo según él y nada más que él, había un acuerdo de los tres partidos para hacer el debate en el Parlamento y ese acuerdo fue incumplido por los otros dos líderes. Por eso declaró: "Se ha roto el acuerdo y eso no lo puedo aceptar, el PP y sus votantes merecen un respeto". Sólo le faltó denunciar a Valderas y a Griñán ante la Junta Electoral. Para hacer esas declaraciones hay que valer. Para culpar a otros de aquello que todo el mundo sabe que es decisión propia y para hacer además creíble ese inverosímil reproche hay que tener tablas, pericia, experiencia, desparpajo, profesionalidad, en una palabra, hay que tener arte. Hay que ser un artista. Ni más ni menos.

No es la primera vez ni, claro está, será la última que Javier Arenas exhibe la valiosísima y poco común habilidad de culpar a los demás que pecados que él mismo o los suyos han cometido en un grado muchísimo más elevado o incluso que están cometiendo en el instante mismo en que lanza su compungida acusación. Arenas hacía bandera de la austeridad y cobraba el mayor sueldo que un político ha cobrado jamás en Andalucía. Arenas pide la dimisión de los adversarios políticos cuando están meramente imputados y no pide la de sus propios compañeros cuando son condenados. Arenas da lecciones de ética sobre los medios públicos y estuvo en un Gobierno que manipuló la televisión pública hasta cotas históricas. Arenas defendía la idea de ‘un hombre, un cargo' y practicaba y practica todo lo contrario. Es cierto que otros políticos han dicho unas cosas y han hecho otras, pero ninguno con ese arte que tiene el de Olvera.

Un mandato ético

A su manera, Arenas lleva hasta sus últimas consecuencias el mandato ético de ponerse en el lugar del otro: no sólo se pone en su lugar, es que literalmente le arrebata ese lugar, se queda con él (con el lugar y con quien estaba en él). Es como si al ser detenido por la Policía incendiando un contenedor municipal de basura, Javier Arenas se diera media vuelta, alzara la cabeza, mirara fijamente al guardia que lo llevaba esposado y, levantando una ceja como sólo él y tal vez el actor Jean Dujardin en la película The artist saben hacerlo, le soltara a bocajarro: "Querido agente, yo en su lugar guardaría silencio desde este mismo instante: sepa que cualquier cosa que diga podrá ser utilizada contra usted en el juicio al que sin duda será sometido tras interponer yo la correspondiente denuncia contra usted por haber quemado un contenedor y luego haber detenido a un ciudadano inocente para borrar el rastro de su fechoría".

El pobre guardia primero no daría crédito. Después caería en la cuenta de que no estaba ante un detenido cualquiera. Más tarde sabría que tenía delante a un consumado artista. Y finalmente optaría por dejarlo en libertad y rogarle que, por favor, no lo denunciara, que tenía mujer e hijos y qué iba a ser de ellos. Arenas ofrecería altivamente sus muñecas al policía para que lo liberara de las esposas, lo invitaría a una copa en el bar más cercano y le propondría montar a medias un negocio para asegurar contenedores municipales cuya póliza cubriera debidamente el elevado riesgo de incendio que sufren esos y otros enseres del mobiliario urbano en estos tiempos en que tanto desaprensivo anda suelto por ahí.