Sábado, 18 de Febrero de 2012

Berlín restaura el honor de los Taviani

‘César debe morir’ se alza con el Oso de Oro a la mejor película

ÁLEX VICENTE ·18/02/2012 - 20:03h

Primará tanto el fondo como la forma. Somos demasiado inteligentes y sofisticados para que no sea así”, había advertido al comienzo de la Berlinale el presidente del jurado, Mike Leigh. Y el director británico cumplió con lo prometido concediendo los máximos honores a los hermanos Taviani, responsables de Cesare deve morire (César debe morir), cinta que rehabilita el nombre de los veteranos directores italianos, que en los últimos tiempos, alejados de los días de gloria de Padre Padrone y Las afinidades electivas, parecían relegados a un costado y destinados a pasar el resto de sus días dirigiendo productos televisivos de tercera.

Su nueva película marca un punto de inflexión incontestable. Proyectada al inicio del festival, figuraba como una de las favoritas para hacerse con el Oso de Oro a la mejor película, como terminó sucediendo anoche. Los que se perdieron su primera proyección, temiendo un alargado bostezo ante la degradada reputación de los cineastas, corrieron a recuperarla en los pases posteriores. Ninguna otra película había logrado una unanimidad semejante. El mismo consenso se debió de reproducir en el interior de un jurado compuesto por personalidades tan dispares como la estrella hollywoodiense Jake Gyllenhaal, la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg o el director iraní Asghar Farhadi.

Los directores adaptan el Julio César de Shakesperare en el pabellón de máxima seguridad de la prisión de Rebibbia, en las afueras de Roma. En las instalaciones de la cárcel, ponen en escena la obra original sirviéndose de los presos como actores. Se establece entonces un diálogo entre la dura realidad de la vida en el cautiverio y la libertad provisional que les ha concedido el teatro. “Al escucharlo en las voces de estos insólitos actores, hemos descubierto a un nuevo Shakespeare”, explicaba este sábado Paolo Taviani a Público. “Y hemos recordado que hay que oponerse a los Césares de la vida cotidiana, que no siempre parecen sanguinarios, pero sí consiguen limitar tu libertad”, le secundaba su hermano Vittorio, agarrado a su galardón.

A los 80 y 82 años, respectivamente, los cineastas toscanos podrían iniciar una segunda juventud. Retomando la advertencia inicial de Leigh, fondo y forma están a la altura en una película de marcada fibra social, pero también repleta de soluciones formales inventivas. Sin olvidar la carga emocional de la película, desde el cásting inicial donde se exige a los presos que reciten su DNI hasta el retorno al calabozo que sucede al estreno de la obra, cuando uno de los protagonistas pronuncia la siguiente frase: “Desde que descubrí el arte, esta celda se ha convertido en una cárcel”.

Los Taviani no sólo reinventan su cine, sino también el cine social. Su película parece ajena al miserabilismo y el registro (falsamente) realista al que nos tiene acostumbrado gran parte del subgénero. No es perfecta –a ratos, el espejo que los directores sitúan entre personaje e intérprete resulta forzado– pero sí altamente interesante y conmovedora.

Premios menores

El resto del palmarés privilegió un tipo de cine igual de comprometido, en una sección competitiva de calidad superior a lo habitual, con menos estrellas y más nombres semidesconocidos. El húngaro Bence Fliegauf se alzó con el Gran Premio del Jurado por la durísima Just the wind, sobre los ataques xenófobos contra los gitanos, mientras que Christian Petzold, perteneciente al corriente renovador del cine alemán, fue recompensado como mejor director por Barbara, estudio sobre dos médicos en tiempos de la antigua RDA. Otra de las vencedoras fue la danesa A Royal Affair, que se llevó los premios al mejor guión y al mejor actor para Mikkel Boe Følsgaard, que encarna en esta lujosa producción de época al rey esquizofrénico Cristian VII.

La actriz congoleña Rachel Mwanza fue escogida como mejor intérprete femenina por su niña soldado en la producción canadiense Rebelle. En cambio, películas que habían hecho ruido, como la suiza Sister y la portuguesa Tabú, se tuvieron que conformar con premios menores. Sus directores, que aspiraban a medallas más relucientes, reaccionaron con un gesto de decepción al recoger sus respectivos premios: la mención especial del jurado y el premio Alfred Bauer a la innovación artística. El perdedor puede que sea Brillante Mendoza, que se fue de vacío con su decepcionante Captive.