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Martes, 13 de Diciembre de 2011

Los británicos siempre se han resistido a integrarse en Europa

 

 

C. RODRÍGUEZ ·13/12/2011 - 04:39h

Los británicos siempre han llegado con retraso a los proyectos de unificación europea. El desplante de David Cameron no es nuevo en las relaciones entre la Europa continental y el islote británico.

En 1955 el entonces primer ministro Sir Anthony Eden (también conservador) optó por quedarse fuera de la llamada Comunidad Económica Europea. Pasaron casi 20 años de aislamiento y soledad hasta que otro primer ministro tory, Edward Heath, convocó y ganó un referéndum en 1973 para llamar a la puerta de la Comunidad Económica Europea y dejar entrar a Reino Unido.

Edward Heath era uno entre los pocos europeístas en el Partido Conservador, y cuando llegó Margaret Thatcher al poder en 1979 el talante de la política europea cambió de nuevo. En octubre de 1990, la Dama de Hierro se dirigió a los laboristas liderados por Neil Kinnock en términos casi insultantes y dijo en la Cámara de los Comunes "no, no, no" a los proyectos de integración de la Comunidad Europea encabezada por el francés Jacques Delors, el cual fue ridiculizado en más de una ocasión por la misma Thatcher y por la prensa sensacionalista británica.

Los portazos de Reino Unido a Europa, con mayor o menor sutileza, continúan hasta hoy. John Major sufrió en sus propias carnes las divisiones sobre la relación de Reino Unido con Europa en el Partido Conservador.

Major no firmó la Carta Social Europea en 1989 (un texto que sí rubricó en 1997 el laborista Tony Blair), y optó por salirse del Acuerdo de Schengen, que entró en vigor en 1995 para derrocar las fronteras internas de la Unión Europea.

La frontera de España con Gibraltar ha resultado el caso más paradójico, con dos fronteras, una internacional y otra para Europa.

Los laboristas de Tony Blair tuvieron algo más de diplomacia al rechazar la incorporación británica al euro basándose en una serie de criterios económicos que escondían la voluntad política de perder la capacidad de emitir moneda propia y con ello renunciar a una soberanía que para los británicos era excesiva renuncia. Sobre todo si era a favor de los europeos.