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Lunes, 12 de Diciembre de 2011

Un 'Aquarium' de heridas, paranoia, violencia y silencio

Marcelo Figueras construye una historia de amor para narrar el odio entre palestinos e israelíes

LÍDIA PENELO ·12/12/2011 - 08:00h

LÍDIA PENELO - El escritor argentino Marcelo Figueras. manu fernández

Los libros de Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) están preñados de dolor, y su última novela, Aquarium (Alfaguara), no es ninguna excepción. Después de vivir la segunda Intifada como reportero en Israel, el autor de Kamtchatka decidió construir una historia donde los protagonistas a pesar de no hablar la misma lengua, consiguen construir una historia de amor, en la que cada uno de ellos trata de domesticar su infierno interior a base de conjugar el verbo querer.

Figueras narra el odio entre palestinos e israelíes a través de la paranoia que despierta la violencia, y se sirve de situaciones límite para tejer una odisea contemporánea llena de sufrimiento, tristeza, heridas y silencios. Y es que como dice uno de los personajes, "todos podríamos ser explicados mediante el estudio de las heridas que propinamos y nos propinaron".

El hilo conductor de la novela es Ulises Rosso, un argentino que viaja a Israel para buscar a sus hijos, y que durante su alocado periplo conoce a Irit, una mujer inquietante para quien el arte es una herida abierta que permite atenuar el sufrimiento. Una opinión que el autor comparte con su personaje.

En Aquarium abundan las referencias musicales pero sobre todo las literarias, porque el autor quería insistir en la idea de que "los libros que nos conmueven nunca dejan de visitarnos, de reescribir nuestra historia".

Aliviar las penas

David Kaufman, uno de los personajes más entrañables y tristes de Aquarium, alivia su pena compartiendo su tiempo observando a un narval (un mamífero marino con cuerno de unicornio), mientras que la familia de Fayeq, el taxista palestino que ayuda a Ulises en su búsqueda, ha aprendido a merendar tranquilamente mientras caen las bombas.

Lo de ponerle Ulises al protagonista fue un guiño a Homero y a Joyce, pero también una especie de karma para que los que habitan estas páginas se atrevieran a buscar la tolerancia y la bondad.