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Domingo, 11 de Diciembre de 2011

La psicosis frente a la lógica

Pese a la lluvia que cayó anoche en Madrid, la expectación que rodeó el clásico fue total y numerosas personas hacían cola para acceder al Bernabéu

ALFREDO VARONA ·11/12/2011 - 00:35h

EFE - El partido también se siguió ayer en los bares.-

No es lógica. Sólo es psicosis, la de Cristiano ante el Barça que lo convierte en el futbolista que no es: inservible en los golpes francos, manso en el uno contra uno y con tímidos deseos en sus cabezazos. No es lógico que pase, porque eso sólo pasa con la gente que desconfía de sí misma. Así que Cristiano fue un tipo sin identificar. Y eso que la noche se prometía navideña. A los 24 segundos, la defensa del Barcelona se llenó de gentes neófitas. Sin querer, invitaron a Benzema a marcar un gol sin misterio. Tampoco es lo más lógico, pero puede pasar. La Navidad está muy próxima. Pero en el cerebro de Cristiano la psicosis ya había montado barrera. No lo celebró en voz alta ni con aire ancestral. No era suyo y ya se sabe que estas cosas le afectan: lo que no se imaginaba es que tanto como para ser uno menos los 89 minutos restantes.

La lógica apestaba a Barça. Al cuarto de hora, Xavi se quedó quieto con la pelota, sin ofrecerle dirección ni testamento. Cuánta ingratitud tratándose de una noche así. Y soledad. Y desesperación, la de Guardiola en la banda con el abrigo sin abrochar. Y las preguntas más perversas. ¿Cómo era posible? ¿Acaso se iniciaba el fin de una etapa? Y, claro, la hinchada imaginaba algo grande, grandísimo. Todavía más al ver cómo Marcelo le quitaba la pelota a Messi. Y eso era una verdad como una fiera. Duró lo justo, sin embargo. Messi rescató la lógica y demostró que él no es Cristiano. A lo sumo, su timidez se justifica frente a una cámara o en la terminal de un aeropuerto, quizá, rodeado de chavalas. Pero en el campo, no. Y menos en el Bernabéu, donde sale lo más perverso de él. Y no pasa nada. Los futbolistas también se manifiestan por su capacidad para ser odiados. La vida es así

Las botas de Messi, lógico, cambiaron el ánimo del estadio. Mientras tanto, Cristiano se pedía explicaciones a sí mismo. Mourinho nunca lo sustituirá, aunque la esperanza se marchite. Y, antes de que la suerte (eso tampoco fue lógica) ayudase a Xavi en el segundo gol, Messi ofreció un gol maravilloso a Alexis, como si fuesen Maradona y Canninga en Italia 90. Después, el diez no sólo le puso talento. También amor propio al perseguir a Di Maria por toda la raya de cal. Y hasta malicia a los 43 minutos, cuando olvidó que llevaba una tarjeta por protestar y debió ser expulsado. Y no lo fue, porque desde tiempos inmemoriales los árbitros se equivocan. A la lógica tal vez le ofenda, pero nadie lo repara. Así que la noche regresó, sin ofensas, a su estado natural. Y eso no ahogó el ímpetu de la hinchada, que trató de ayudar.

Pero el Madrid ya no se dejaba ayudar, aunque Kaká anunciase una montaña de voluntad. Cristiano, claro, no formaba parte de esa legión. Nunca lo hizo. Y lo que es peor, tampoco pidió el cambio. Quizá porque es un privilegio para toda la vida observar desde tan cerca la autoridad que Messi ha edificado en este Barça. Porque, si manda la lógica, la psicosis no existe. Hasta ver a Cristiano, claro.