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Domingo, 11 de Diciembre de 2011

"La economía planificada no está muerta"

Francis Spufford, escritor, analiza las claves de la utopía roja propuesta por Jruchov tras morir Stalin

C. P. ·11/12/2011 - 08:10h

C. P. - Francis Spufford.

Francis Spufford (1964), licenciado en Literatura Inglesa por Cambridge, combina su trabajo como novelista y ensayista con la enseñanza de escritura en el Goldsmiths College de Londres. Abundancia roja, traducido por Turner, ha sido finalista del Orwell Prize de literatura política.

¿Tenían motivos los rusos para ser optimistas con el futuro o era sólo una ilusión?

Fue una ilusión creer que la URSS podría alcanzar alguna vez el estado de abundancia rebosante prometido por un enloquecido Jruchov para el año 1980. Era imposible por muchas razones. Pero el optimismo que describo, el que sentía la gente entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta, tenía sentido entonces, tanto a nivel psicológico como en términos de su propia experiencia real. Habían pasado por décadas de sufrimiento, y de pronto su mundo se había transformado. Tenían ropas nuevas, nuevos pisos en los que vivir; no tenían mucho en comparación con los estándares de hoy, pero eran más ricos de lo que habían sido nunca. En los años cincuenta la URSS creció más rápido que ninguna otra economía del planeta a excepción de Japón, tan rápido como China ahora, y su población cató finalmente un poco de la buena vida que le habían prometido. Así que estaban dispuestos a creer, sin renunciar a las ironías y el escepticismo, en el sueño de Jruchov, aunque fuera durante un rato. Estaban orgullosos de su versión de los tiempos modernos. Hay que recordar que los ciudadanos soviéticos no estaban en posición de comparar sus vidas con las de otros países. Con el optimismo, uno siempre tiene que preguntar: ¿optimista comparado con qué? En este caso, los rusos eran optimistas en comparación con su propio pasado.

El humor de su libro está muy lejos de las clásicas novelas y biografías depresivas sobre la URSS en el siglo XX.

Bueno, espero no haberme pasado demasiado con el buen humor, porque en ciertos aspectos la URSS era una sociedad terrible, construida sobre la crueldad y un gigantesco esfuerzo humano. Ese oscuro panorama se encuentra fuera de campo. Quería centrar la atención en la autoconfianza de la era Jruchov. En la sensación de aquel tiempo, ahora olvidado, de que la ciencia, la audacia y la juventud estaban del lado del país que envió a Gagarin al espacio. También quería hacer justicia al idealismo que persistió tan extrañamente en la sociedad soviética, a pesar de todo, hasta los tiempos de Gorbachov. Idealismo que vacunó al país de convertirse simplemente en el lugar de los horrores cínicos. No creo que la historia de la URSS tenga sentido si no se acepta que el país continuó siendo, para algunos, un proyecto de futuro. Esperanza ensangrentada, esperanza grotesca y esperanza absurda, si se quiere, pero esperanza al fin y al cabo. La historia soviética oficial distorsionó la verdad retirando la oscuridad de la fotografía, pero corremos el riesgo de caer en la distorsión contraria si todo lo que recordamos es esa oscuridad. Por todas esas razones, sabía que necesitaba un tono de voz muy diferente de los habituales reportajes sombríos que parecen salidos de un laboratorio patológico.

"¡Cuidado con los sistemas que se consideran infalibles!"

Dice que "quiere que el lector se ría, pero sin sentirse cómodo".

Me refería a que el libro es una comedia económica donde deberíamos reconocernos a nosotros mismos, aquí y ahora. Lo que sucedió fue que un sistema que la gente creía que era racional, ilustrado e inevitable les acabó mordiendo el culo. La moral de esto no es: "Oh, estos ridículos comunistas". La moral es: "¡Cuidado con los sistemas económicos que se autoproclaman infalibles!". Esto debería ser fácil de entender para todos nosotros, ahora que los dientes capitalistas están hundidos sobre nuestros traseros.

¿Qué opina de la economía planificada?

Puede que la economía planificada de la era Jruchov no funcionara. Puede que no lograra que la industria soviética proporcionara el bienestar a sus ciudadanos, que no transformara la economía del acero y el cemento en la sociedad del software, que no entregara, en definitiva, el sueño de Jruchov. Quizás las inteligentes reformas propuestas por los economistas cibernéticos habrían hecho las cosas peor, no mejor. Pero esto no significa que se haya acabado para siempre la opción de una economía planificada. Parte del trabajo matemático hecho por la URSS era genuinamente brillante y puede dar mejores resultados que el mercado. Mi intuición es que volveremos a oír hablar de la economía planificada la próxima vez que la humanidad haga un esfuerzo intelectual serio en pensar alternativas económicas. La historia aún no se ha acabado.