Archivo de Público
Jueves, 1 de Diciembre de 2011

Los domingos al sol

Los técnicos en paro, víctimas de la falta

ALFREDO VARONA ·01/12/2011 - 07:13h

ÁNGEL MARTÍNEZ - Míchel sale del túnel de vestuarios del Coliséum de Getafe. -

Sólo es otra vida en la que no existe el miedo escénico ni el jaque mate los domingos: la paz es importante. Quizá sólo es un paréntesis en el que uno descubre con más fuerza los límites del entrenador. O eso le pasa a Míchel, en paro desde junio. No es demasiado tiempo, pero tampoco fue la mejor idea. "Ahora, no necesitaba tiempo para mí".

Pero son cosas que pasan en los trabajos, amores que se rompen sin querer como esa noche, la del descenso del Depor, en la que Lotina se despidió de Riazor. Todavía la pesadilla regresa de madrugada. "Hay jugadas que no desaparecen de mi memoria". Quizá porque no sólo fue una derrota. También fue un drama ciudadano del que ahora, a los 54 años, Lotina se aleja poco a poco. Sin trabajo, ha vuelto a vivir a Bilbao, a su ciudad, "a la que sólo volvía por navidades", pero ha encontrado que la vida ha cambiado. El año, en el que ha regresado, su hijo mayor se ha marchado a Londres. "Su empresa le hizo una oferta que no podía rechazar".

Naturalmente, la conversación con un entrenador en paro es menos materialista: la crisis, la soledad gastan su importancia. "No salgo de casa ni para tirar la basura", dice Lillo, sin equipo desde el año pasado cuando dejó el Almería. Y no está fácil, porque en 13 jornadas de Liga no se ha cesado a nadie. Pero Lillo no reprocha nada, y menos eso, porque no deja que la rutina conozca su vida. "Hago las cosas por ilusión y no para salir huyendo". Por eso despierta sin enfado. "Me levanto para llevar a mi hija al colegio y después, entre la lectura y los vídeos de fútbol antiguo, cubro la mañana".

"La espera depende de la desgracia de un compañero", confiesa Míchel

Jiménez no aguanta "más allá de las ocho en la cama" y no perdona un día sin hacer deporte. "A veces, voy a montar a caballo, otras a correr". Han pasado dos meses desde que dejó el AEK de Atenas. "El problema económico cada día aumentaba la deuda que tenían conmigo". Volvió a su pueblo y, al lado del campo, dispara una felicidad monárquica. "Estoy en la gloria". Lotina, que acaba de terminar de leer El imperio eres tu' de Javier Moro, se hace cargo: "Ahora, un libro me dura tres días. Cuando estoy trabajando no puedo: me descentro enseguida".

Quizá sean las consecuencias de una profesión que Míchel compara "a la de un Gestor de Recursos Humanos". Lotina va más allá. "A diferencia de lo que sucede con el gerente de una empresa, todo el mundo opina de lo que hacemos nosotros: el taxista, el panadero... Todo eso crea presión". Alejado de la civilización urbana, Lillo vive en un pueblo a las afueras de Madrid. Desde su ventana se ve el monte como piedra de un gran desahogo. "Y si pudiera, viviría a tres centímetros del mar como en Almería". El caso es abandonar la ansiedad.

"Tuve la opción de hacer una sustitución de tres meses en el Besiktas turco hasta que su entrenador saliese de la cárcel", recuerda Míchel, "pero a mi edad no era lo más conveniente". Así que espera sin tiranía. "Es evidente que este trabajo tiene una parte cínica, porque tu beneficio depende de la desgracia de un compañero". Quizá también sea el infierno de los entrenadores, personajes incapaces de vivir sin fútbol. Míchel no baja de "los 20 partidos a la semana", y sin enloquecer. Lotina, por fin, fue ayer a ver entrenar al Athletic de Bielsa, no importaba que hiciese frío. "Tenía que hacerlo porque es un hombre que lo ves y aprendes".

"¿El paro? No pasa nada, hago las cosas por ilusión, no para huir", dice Lillo

Los domingos de Lillo comienzan "a las diez de la mañana y no acaban hasta las doce de la noche". Fue la profesión que eligió en la adolescencia, en la edad más romántica, no será tan mala. "A los 16 años ya era entrenador". Quizá para desafiar a su auténtico sueño, "que era el de ser futbolista". El resultado ha sido una vida itinerante que viaja del País Vasco a Andalucía. "Y, si pasa, lo haces encantado, porque significa que tienes trabajo". Lotina lleva 21 años seguidos de trabajo y todavía se renueva cada día. "Las tácticas han cambiado mucho: sistemas como el 4-4-2 están obsoletos". Jiménez pretende hablar idiomas. "He empezado clases de inglés". Pero también tiene un niño de dos años al que separa un siglo de sus dos hermanos mayores, de 24 y 21. Por eso recuerda que la infancia dura un segundo. "Mis mañanas son para el peque'. ¿Quién me dice que en diciembre no esté trabajando?". Hace autocrítica: "Hay fechas familiares de mucho valor en mi familia por las que sólo he pasado de puntillas".

El entrenador no es un parado al uso. El agobio del ciudadano medio no existe. Jiménez justifica lo evidente: "Ganamos mucho dinero". Lillo aprovecha para "jugar al fútbol"; Míchel, para leer biografías y Lotina para "practicar pádel", con lo que el paro no será tan malo. Y eso que ahora no es fácil de abandonar. En tres meses de Liga, la crisis no ha destituido a ningún entrenador. "Si miras la clasificación, lo entiendes", señala Lotina, "no hay ningún equipo tan mal clasificado". Y Míchel celebra ese dato en la radio, donde pone "en práctica" su doctrina. Fuera de los micrófonos, tiene libertad condicional. "No puedo ir a cualquier campo, porque me ven y piensan que estás conspirando algo". Y eso no le gusta a nadie, porque "ante todo, uno es persona".