Viernes, 18 de Enero de 2008

Un whisky en memoria de Bobby

RAFAEL REIG ·18/01/2008 - 13:30h

Bobby Fischer estaba como una cabra, pero era el mejor jugador de ajedrez vivo. Confirma la idea de Unamuno que, cuando le preguntaban si el ajedrez desarrollaba la inteligencia, decía que sí, sin duda: pero sólo desarrolla la inteligencia para jugar al ajedrez. En todo lo demás, Bobby era un mentecato colosal. Sus partidas, en cambio, son imperecederas.

Fue una víctima de la Guerra Fría, un poco como Marisol o Joselito fueron víctimas del franquismo: Estados Unidos le utilizó como ariete de propaganda contra la Unión Soviética y, cuando Bobby creció y empezó a decir y hacer impertinencias y extravagancias, no tuvo ninguna piedad y decidió aplastarle como a una cucaracha. Ahora le dedicarán páginas y páginas, pero la verdad es que le persiguieron sin compasión. Lo destrozaron.

Mientras decenas de empresas norteamericanas hacían negocios más o menos sucios en Yugoslavia, sin que nadie les molestara lo más mínimo, Bobby no hizo otra cosa que... jugar al ajedrez. Ganó dinero, sí, pero cayó sobre él (y sólo sobre él) todo el peso de la ley: el legendario "a que le aplico el reglamento".

Desde entonces le hicieron la vida imposible, hasta que pidió asilo político en Islandia, donde acaba de morir, todavía no sé de qué (escribo a vuelapluma o saltatecla, nada más enterarme de la noticia).

Fue uno de tantos juguetes rotos que utilizamos sólo mientras nos sirven, y luego descartamos con todas las piezas ya fuera de su sitio y todos los muelles desencajados.

Fischer también fue famoso por sus encontronazos con la FIDE, la federación de ajedrez. El tiempo le ha dado la razón, sin duda: en todo lo que atañe al ajedrez, Fischer veía más claro que nadie. Desde su patente del reloj que añade tiempo a las reglas de los campeonatos.

No soy yo (un aficionado no muy bueno) el indicado para comentar el ajedrez de Fischer: debería hacerlo Fernando Arrabal (y espero que lo haga), que creo que además tiene inédito, en francés, un libro sobre el genio (me lo contó mi amigo David Torres, con quien a veces echo algunas partidas). Valga lo que valiere: a mi modo de ver hay dos grandes clases de jugadores magistrales.

Imágenes de Bobby FischerLa estirpe de Fischer, Capablanca o Morphy, los Baudelaire del tablero, los que ven lo que nadie ve y, una vez que nos lo muestran, nos parece evidente. Resuelven las posiciones simplificándolas, mirando más adentro que el resto, hacia la invariante del juego. Sus movimientos son tan exactos que logran hacernos visible, aunque sólo sea durante un instante, lo que se esconde al otro lado de una puerta cerrada: el secreto del arte.

Otros jugadores magistrales son más parecidos a Alekhine, el cruel Alekhine (si no me equivoco, el único Campeón del Mundo que murió con la corona puesta, en Lisboa): no intentan resolver una posición, sino complicarla más todavía, aumentar la dificultad para que se manifieste la tensión oculta. Fabrican un laberinto cuyo centro se abre al vacío y da vértigo, porque deja ver la raya de luz bajo la puerta cerrada: el secreto del mal.

El ajedrez es el más hermoso de los juegos, pero también el más cruel. Es destructivo. Fischer decía con clarividencia que "no se juega contra las piezas del contrario, sino contra su ego, para destruirlo".

Una partida de Alekhine me provoca ese escalofrío de encontrarme en presencia del misterio del mal, expresado de forma rigurosa y artística.

En cambio, cuando reproduzco alguna partida de Fischer en el tablero, además del asombro, la incredulidad y la fascinación, siento que tengo acceso a una forma superior de belleza, a una construcción artística, a un mensaje tan imperecedero y tan misterioso (y desesperado) como el de los bisontes pintados en las paredes de las cuevas prehistóricas, con los dedos manchados de pigmentos perdurables, a la luz de una llama temblorosa.

Su juego es, como dice la Biblia, semejante a un breve relámpago entre dos oscuridades inabarcables.

Y sobre todo, cuando reproduzco alguna partida de Fischer, siento felicidad. Dan ganas de pedir una copa, de visitar un museo, de leer un poema, de echar un polvo, de oír un cuarteto de cuerda. Como decía alguien, todos los placeres son consecutivos, y la señal para reconocer el placer verdadero es ésa: da ganas de vivir, de sentir aún más placer, de no morirse nunca.

Eso es el arte: lucha contra el tiempo, vida contra la muerte.

Ahora voy a tomarme una copa por Bobby Fischer. Gracias a él he sido muy feliz, y con toda naturalidad, porque, como decía Fischer: "el que no mueve e4 es un gallina".

Le considero uno de los grandes artistas de la historia.

 


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