Jueves, 17 de Enero de 2008

Unas moscas con interés forense

Un equipo de la Universidad del País Vasco investiga nuevos métodos con larvas para favorecer el esclarecimiento de muertes sin resolver

GUILLERMO MALAINA ·17/01/2008 - 21:23h

Una investigadora examina unos ejemplares en el laboratorio de la UPV.- MIKEL AGUIRREZÁBAL

Que Grissom sujete con los dedos, en la serie televisiva CSI, una larva de un cadáver y, a simple vista, extraiga conclusiones definitivas para resolver un crimen es ficción. Que un policía carezca habitualmente de datos suficientes para avanzar en la investigación de un crimen a través de estas especies es la realidad. Ahora, un equipo de la Universidad del País Vasco (UPV) trabaja en un estudio para dar algo de luz sobre este campo. “Estamos tipificando cuáles son las especies que tienen interés forense”, cuenta la responsable, Marta Saloña, profesora titular de Zoología en la UPV.

El objetivo inicial es crear un mapa que identifique en el País Vasco los hábitats y los patrones de distribución de las especies de moscas colonizadoras de cadáveres: cuáles se encuentran en las zonas urbanas, en los espacios no habitados, en la costa, en el interior, en lugares con ganado, en parques naturales, valles, bosques… “Se trata de ver qué especies aparecen, cuándo empiezan a volar. Si se encuentra en un cadáver una especie que habitualmente no vuela en marzo, podemos intuir o demostrar si se produjo la muerte en ese momento”, explica Marta Saloña.

En la actualidad, los datos que se utilizan en las investigaciones policiales proceden de Austria. Resultan válidos por el hecho de que estas especies de moscas de interés forense se encuentran prácticamente en todas las partes del mundo. El problema, advierte esta especialista en Zoología, es que la validez de esos datos de Austria es relativa. Porque las especies pueden ser similares, pero han ido evolucionando a lo largo de los siglos de forma diferente por el clima u otros factores característicos de cada espacio geográfico: “Las moscas de Austria y EEUU no tienen por qué seguir el mismo patrón que las nuestras. La extrapolación, cuanto más lejana, es peor”, aclara.

Además, este equipo de investigación ya ha detectado que hay especies de estas moscas diferentes en el norte y en el sur de la península. “La razón es la cornisa cantábrica, que es una barrera natural. Curiosamente, aquí, en el País Vasco, tenemos especies que hay en Europa, pero que no habitan ya zonas más áridas, de lo que llamamos el clima continental. Y Álava parece la frontera. Nos interesa muchísimo este trabajo para ver dónde está el límite”, explica Marta Saloña, que sigue por ello con interés otras investigaciones similares que se están haciendo en la Universidad de Alcalá de Henares, Alicante y Murcia.

Desde el inicio de la investigación, hace ya cinco años, y financiada ahora por la UPV y el Gobierno vasco, este equipo ha superado muchos obstáculos. El primero fue establecer una dinámica para encontrar larvas y moscas con las que trabajar. La solución se la dio un grupo inglés que había realizado un estudio similar en el área metropolitana de Londres. Con dos botellas de plástico, idearon un sistema de trampeo cuyo cebo es carne de cerdo. “Salimos una vez al mes”, cuenta.

La investigación también cuenta con la colaboración del departamento forense, que se pone en contacto con el equipo de Saloña cada vez que aparece un cadáver con larvas. “Mientras ellos hacen la autopsia nosotros las recogemos”, explica. Su dedicación le ha llevado, incluso, a inspeccionar, acompañada por la Ertzaintza tras obtener la pertinente autorización judicial, el lugar donde apareció una persona muerta. “Porque la larva, cuando acaba de desarrollarse, sale del cadáver y cae al suelo, donde escarbo y puedo encontrar pupas, si llego a tiempo”, explica, ya que la pupa es la fase de desarrollo de un insecto posterior a la larva y anterior al estado adulto.

De forma paralela al estudio para la creación del mapa sobre los hábitats de las moscas con interés forense en el País Vasco –que estará ultimado a finales de este año–, este equipo investigador trabaja en la cría de ocho especies diferentes para determinar su “curva de desarrollo” en función de la temperatura. “Si hace mucho frío o también mucho calor, la larva puede no crecer. No obstante, dentro de estos rangos medios, cuanto más calor, más rápido crecen y cuando más frío, más despacio”, explica, para poner de manifiesto la importancia de tener bien definidos los ritmos de crecimiento de las larvas, según la temperatura, para ayudar a determinar, por ejemplo, cuánto tiempo lleva muerta una persona.

“Suele aparecer el moscardón azul en los meses fríos y la mosca verde en los meses cálidos. Según estas especies, puedes estimar en qué época murió una persona. Estas moscas aparecen en el 90% de los casos forenses”, dice. Otra fase del trabajo es la creación de modelos de sucesión de larvas en los cadáveres: “Primero llegan unas moscas y luego otras. Y, además, las especies varían en cada época del año”. Uno de los obstáculos con los que se encuentran Saloña y sus compañeros es la imposibilidad de hacer pruebas en cadáveres humanos: “Utilizamos siempre el cerdo, pues todos los estudios confirman que es la especie más cercana al ser humano”. Sólo hay dos lugares en el mundo donde es posible experimentar con larvas en cuerpos humanos.

Vida con insectos

Saloña lleva toda una vida dedicada a estudiar los insectos. Comenzó en 1980, cuando aún era una estudiante, y no ha parado. Su gran sueño ahora es que el mundo de la medicina eche una mirada al pasado y rescate la conocida como terapia larvaria, un tratamiento antiguo que consiste en usar larvas para curar pieles necrosadas, muertas, sin ninguna circulación sanguínea. “Es un tratamiento que se dejó de utilizar a principios del siglo XX por la aparición de los antibióticos, pero se ha demostrado que en algunos casos resulta más efectivo que las sustancias químicas. Hoy en día se aplica en algunos hospitales concretos de Austria, Alemania y Estados Unidos”, relata.

La terapia se suele utilizar en heridas profundas y que cicatrizan mal. Según explica, las larvas se comen el tejido muerto y evitan así la proliferación de microorganismos habituales en ambientes anóxicos, cuyos procesos metabólicos provocan el progresivo deterioro de tejidos.

Esta investigadora apuesta así por la implantación de esta alternativa, convencida de que bastaría con copiar la terapia ya seguida en esos países para ofrecer una solución a los pacientes que no se recuperan con los antibióticos. Esta investigadora apuesta, además, por investigar nuevas especies cuyas larvas sólo coman tejido muerto: “Hay que saber qué especies aplicamos porque algunas se alimentan del tejido vivo y provocan miasis”.