Viernes, 27 de Mayo de 2011

El sacrificio de la dama

La retirada de Chacón ha sido el recurso de Zapatero para salvar su continuidad

ERNESTO EKAIZER ·27/05/2011 - 08:20h

Para los que creen que las noticias y los hechos son hoy un flujo desbordante, que lo son, el escritor argentino Rodolfo J. Walsh decía en los años setenta del siglo pasado que la realidad no sólo es apasionante, es casi incontable. ¿Cuál es la realidad de la batalla dentro del PSOE antes y después de la catástrofe del 22-M? En esa realidad hay dos personajes estelares con muñeca política, una expresión que solía utilizar Salvador Allende. El presidente del Gobierno y el vicepresidente primero. José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba.

¿Qué problema tenía Zapatero cuando acudió después del verano a Rubalcaba y le confirió la mayor cuota de poder en el Gobierno? Pues que tenía un gabinete hecho unos zorros y su credibilidad, tras lanzar el plan de ajuste, quedó por los suelos. La necesidad, una vez más, presentaba su rostro de hereje. Aunque no fuera su hombre favorito, Zapatero acudió a Rubalcaba al mismo tiempo que emprendió un proceso de abjuración en regla de todo lo que había dicho y hecho. Meses más tarde, cuando se enredó Zapatero en su decisión de renunciar a ser candidato por tercera vez, la figura de Rubalcaba, por su nueva posición, comenzó a perfilarse como la del sucesor.

Rubalcaba nunca le dijo al presidente "quítate tú para ponerme yo"

¿Qué problema tenía Rubal-caba cuando advirtió que Zapatero parecía abrirle el camino hacia su propia sucesión? Pues que si de verdad fuera el candidato a presidente en las próximas generales, necesitaba al tiempo ser el secretario general del partido. ¿Se lo dijo alguna vez a Zapatero? Las fuentes consultadas sostienen que no. ¿Por qué? Porque ello equivalía a una frase odiosa: "Quítate tú para ponerme yo". Rubalcaba confiaba en que, llegado el momento, el tema saldría con naturalidad.

Sí, había un acuerdo para convocar primarias. Pero incluso en esa eventualidad, Rubalcaba pensaba que más tarde, caso de ganarlas, debería ser consagrado por el partido. Es decir, acudir a las elecciones con todo el poder.

Pero ese momento de aclarar las cosas, esperado varios meses, no terminaba de producirse. Incluso cuando parecía acercarse, por ejemplo, con ocasión del anuncio de que no se presentaría a un tercer mandato, Zapatero no le dio la oportunidad. O Rubalcaba, simplemente, no se atrevió a buscarla. Quizá porque intuía que Zapatero se opondría. Entonces, como suele ocurrir, había que dejar que la fuerza de los hechos diera su veredicto. ¿Quizá después de una masiva derrota electoral? Como quiera que Zapatero seguía después del domingo sangriento aferrado a las primarias y que, además, era un secreto a voces que Carme Chacón quería presentarse, tuvo lugar el pronunciamiento del PSE a favor del congreso.

Zapatero se quejó de que López no le informó de que pediría un congreso

Zapatero se ha quejado ante varios barones regionales de que Patxi López no le llamó el pasado martes, antes de anunciar públicamente su posición, para anticipárselo. Pero es que la nueva realidad después del 22-M es la que es. ¿Cómo le iba a llamar para informarle de que estaba pidiendo de facto su dimisión?

Aunque el congreso es el ámbito idóneo para haber hecho la catarsis, relevar a Zapatero equivalía a una convocatoria de elecciones inmediatas. Si el propio partido ya no confía en él como secretario general, ¿cómo solicitar el apoyo del Parlamento? ¿Cómo pedir el respaldo para el techo del gasto en junio o para los presupuestos generales de 2012?

En esta partida de ajedrez, el recurso de Zapatero para salvar su continuidad y evitar la espantá de Rubalcaba ha sido la entrega de la dama. Carme Chacón asegura haber llegado a la conclusión de que no debía presentarse de forma personal y autónoma. Eso no necesariamente contradice las posibles sugerencias que le hayan llegado del presidente y de otros dirigentes históricos del partido. Ahora habrá que darle los poderes al candidato in pectore y convocar una conferencia política.