Miércoles, 16 de Enero de 2008

Bush sufre en Oriente Medio con los besos, pero se lleva un cargamento de oro

EFE ·16/01/2008 - 16:55h

EFE - El presidente egipcio, Hosni Mubark (dcha.), y su homólogo estadounidense, George W. Bush, en la rueda de prensa ofrecida en Sharm el Sheij (Egipto).

Besos en la mejilla a hombres bigotudos, paseos de la mano con líderes árabes y cenas intempestivas, para lo que son sus horarios, han sido un pequeño calvario en Oriente Medio para el presidente de EEUU, George W. Bush, pero a cambio se lleva regalos dignos de un emperador.

En una cultura donde el contacto directo es muy importante, Bush ha seguido al pie de la letra las lecciones de su jefe de protocolo, pese a que le han supuesto un cambio muy grande respecto a lo que está acostumbrado.

El presidente, que es un hombre que se escapa siempre que puede a su rancho en Crawford y que está familiarizado con las rudas tradiciones texanas, dio durante la gira los dos besos que marca la costumbre a cuanto dirigente árabe le recibió en el aeropuerto.

En el mundo árabe se trata de una manifestación de afecto y amistad entre hombres, lo mismo que caminar de la mano, cosa que Bush practicó, por ejemplo, con el monarca saudí, Abdulá Bin Abdelaziz.

También siguió la tradición de tomar al inicio de toda reunión un café árabe, espeso pero menos oscuro que el turco, con aroma de cardamomo y azafrán, amargo, porque el azúcar lo dan los dátiles con los que se toma, en tazas sin asa donde el sirviente echa, siempre con la jarra en la mano izquierda, una cantidad minúscula.

Es decir, se trata de una infusión a años luz del café aguado en vasos grandes que trasiegan los estadounidenses.

"A lo largo de los años, Bush ha aprendido bastante sobre las diferencias culturales en los distintos países", dijo a Efe Gordon Johndroe, portavoz del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca.

No se sabe si esa sensibilidad hacia otras culturas le dio la valentía suficiente para probar los sesos de cabra que los emiratíes sirvieron, por lo menos a la prensa, en una de sus paradas en Dubai.

A lo que Bush no se ha acostumbrado, reconocen sus asesores, es a las reuniones bien entrada la noche a las que son afines los árabes.

El lunes, por ejemplo, Bush llegó al palacio de Bin Abdelaziz en torno a las 20.30, una hora que para los usos de Bush ya es casi intempestiva.

"Creo que el rey lo conoce bien, porque sabía que la cena debía celebrarse relativamente temprano para nuestro presidente, que se acuesta pronto", dijo Dana Perino, la portavoz presidencial.

Aún así, tras la cena el monarca programó una amplia reunión con Bush, con lo que al final el presidente estadounidense salió del palacio a las 23.00, una hora en la que normalmente está ya durmiendo plácidamente.

Antiguamente, los habitantes de la desértica península Arábiga preferían los encuentros tras la puesta del sol por el inclemente calor durante el día.

Han mantenido la tradición, pese a la introducción del aire acondicionado, los jeques, monarcas y otros gerifaltes que se pueden permitir levantarse tarde.

Las peculiaridades culturales también deben haber puesto nervioso al pequeño ejército de agentes del servicio secreto a cargo de la seguridad del presidente en la región más insegura del mundo.

En Bahrein, por ejemplo, un grupo de hombres bailaron a tan sólo unos metros del presidente norteamericano una danza beduina conocida como "ardha", para la que se requiere el acompañamiento de rifles -previsiblemente sin balas- y enormes sables.

Para Bush el viaje también tuvo sus compensaciones. En Abu Dhabi se alojó en el Hotel Emirates, un monumento a la ostentación frente al Golfo Pérsico con columnas y candelabros revestidos de oro, cuyo costo de 3.000 millones de dólares lo hace el más caro del mundo.

Bush ocupó la suite del Gobernador, uno de los ocho cuartos del tamaño de un campo de baloncesto en el último piso del edificio reservados para invitados del jeque emiratí.

En Bahrein, el jeque Hamad bin Isa al Khalifa le dio un collar con incrustaciones de cientos de rubíes, esmeraldas y diamantes del que pendía un emblema de oro de 18 quilates.

El rey saudí, por su parte, obsequió a su huésped con un medallón también de oro suspendido de una cadena de metal entrelazado adornado con rubíes y esmeraldas.