Domingo, 22 de Mayo de 2011

El western de Doñana

Un libro relata cómo esta zona pasó de ser coto de caza de reyes y señoritos a Parque Nacional

NUÑO DOMÍNGUEZ ·22/05/2011 - 06:01h

Poco después de la Guerra Civil, Doñana era una marisma infestada de malaria en la que aún quedaba algún rojo emboscado. Los señoritos espantaban el aburrimiento cazando camellos a lazo, abatiendo jabalíes a lanzadas o reventando a tiros a los buitres con los que después posaban para el fotógrafo. A los poblados a orillas del Guadalquivir estaba llegando una legión de hambrientos venidos de media España para ganarle terreno a la marisma, llena de sal. En la margen derecha se plantaba el arroz con la ayuda de mano de obra barata. En la izquierda, el Gobierno de Franco amenazaba con expropiar el mejor coto de caza del país, propiedad del marqués de Borghetto, dueño de las bodegas Garvey de Jerez, para plantar eucaliptos para explotaciones madereras. "Una tierra que durante 600 años cambió poco menos que a ritmo geológico, ahora muta a trote de notaría y decreto ley", resume el periodista y escritor Jorge Molina en su libro Doñana, todo era nuevo y salvaje (Fundación José Manuel Lara), que acaba de publicarse. La obra es una historia real, pero novelada, de cómo aquella tierra que parecía indomable se convirtió en un parque nacional único en Europa, en la margen izquierda del Guadalquivir, mientras en la orilla opuesta se extendía el mayor arrozal del continente.

"Todos los hechos y personajes del libro son reales", explica Molina, cuya historia comienza cuando el general fascista Gonzalo Queipo de Llano entra en una freiduría de Sevilla. El hombre que, según el historiador Ian Gibson, había ordenado darle "café, mucho café" al preso Federico García Lorca y que llamaba a Franco Paca la culona, le promete a Rafael Beca, un terrateniente aceitunero, todo el apoyo oficial para convertir las marismas en la desembocadura del Guadalquivir al cultivo del arroz. Era una tierra "tan llena de paludismo como de republicanos y anarquistas", escribe Molina. Beca se instala en una ribera por la que pasó Cristóbal Colón en el siglo XV y empieza a importar familias enteras de Andalucía, Castilla y Valencia dispuestas a trabajar de sol a sol por un sueldo miserable. Los surcos se abren con bestias de carga y los braceros pasan horas con la espalda encorvada sembrando los campos. Aunque casi le costó la vida por la malaria -se daban 5.000 casos al año- Beca consiguió domar la tierra gracias al saber hacer de los valencianos. "Hoy los Beca se han pasado al negocio inmobiliario, los arrozales tienen otros dueños y los campos se nivelan con rayo láser", explica Molina.

En los mejores tiempos de la plantación, los hijos de Beca se divertían de lo lindo cazando camellos. "Estos animales fueron introducidos desde Canarias en Doñana hacia 1830 por el marqués de Villafranca del Bierzo, personaje inmerso en la corriente ilustrada de probar nuevos cultivos o fauna que diera rendimiento económico", relata Molina. Mientras el terrateniente usó a las bestias en el cultivo porque podían cargar con casi una tonelada, sus hijos utilizan una avioneta y caballos para cerrarles el camino por las marismas hasta que los animales quedan arrinconados. "Cuando están cerca del agua se quedan tranquilos, sólo es preciso acercarse al paso".

Pero el lado más salvaje estaba al otro lado del Guadalquivir. Era una finca de 27.000 hectáreas donde Alfonso X estableció su coto de caza personal después de que las tierras fuesen arrebatadas a los moros en 1262. Durante siglos fue propiedad de los duques de Medina Sidonia, que construyeron en el coto un palacio para agasajar a reyes, nobles y artistas. Desde su balcón "Felipe IV mató a arcabuzazo limpio a tres toros, un día que no pudo salir al campo", relata Molina. También fue en ese palacio donde, en 1797, Goya le quitó la ropa a la duquesa de Alba para pintar La maja desnuda. No se sabe si tuvo o no el beneplácito del marido, que era el 15º duque de Medina Sidonia.

Sin afán económico

Entrado el siglo XX el coto cambia de manos entre marqueses por miedo a que los planes de reforestación del gobierno franquista les obligaran a vender las tierras a precio de saldo. Cuando el avance del eucalipto es más agobiante, parte de Doñana pertenecía a la familia González Gordon, también nobles, además de fabricantes del jerez Tío Pepe. La familia no tenía ninguna intención de vender el coto, ni dejar que fuese reforestado por Franco. "No tenían ningún afán económico y entonces la amenaza era el Estado, que quería plantar lo que fuera para sacar rendimiento y alimentar a la gente", comenta Molina.

En 1952, el Gobierno franquista publica un decreto que ordena la plantación de eucalipto en Doñana bajo amenaza de expropiación. Ese mismo año sucederá un encuentro feliz que lo cambiará todo. Mauricio González Gordon, "un personaje de la rancia burguesía jerezana", explica Molina, y muy aficionado a la ornitología, conoce a un joven taxidermista que se llamaba José Antonio Valverde. Salvado de milagro de una tuberculosis, este vallisoletano es también un gran amante de las aves que había nacido para vivir en Doñana, el mayor paradero de aves migratorias de Europa. "Sintonizan inmediatamente por su afición a los pájaros y funcionarán como un motor para salvar a Doñana", comenta el escritor. En dos años, Valverde anilla más de 7.000 garzas y garcetas.

La única manera de salvar el coto del drenaje y los eucaliptos es comprar el mayor número de fincas posible. Para ello, Valverde logrará el apoyo del suizo Luc Hoffmann, dueño de la multinacional Roche y tan amante de la naturaleza que convirtió su finca de Francia en una reserva natural. Hoffmann y González Gordon serán "los dos caballeros de Valverde", relata Molina.

Valverde concita el interés de ornitólogos europeos, que comienzan a visitar Doñana cada año y a poner en valor el paisaje único del coto, donde conviven 360 especies de aves. El dictador, que conoce Doñana porque ha ido a cazar allí, comienza a recibir cartas que desaconsejan la expropiación para plantar eucaliptos y el propio Mauricio aprovecha para mandarle un informe al respecto.

La causa llega a los medios de comunicación europeos y Franco da su brazo a torcer. "La clave es Valverde, su capacidad de ir de los palacios a las cabañas en busca de apoyos y su manera de ganarse a la gente con su encanto personal", señala Molina. En 1963 el Gobierno y la sociedad ecologista WWF compran 6.000 hectáreas de marismas y crean la reserva de Doñana por la que Valverde y sus caballeros habían batallado. En 1969, el Gobierno crea el Parque Nacional de Doñana, con 35.000 hectáreas. Valverde es por entonces director de la Estación Biológica de Doñana, que poco a poco presenciará y estudiará la domesticación de la Doñana más salvaje.

"Cuando llegué, los guardas me contaban que pasaban las noches durmiendo en la barca dentro de casa, sacaban la mano y comprobaban si abajo había agua o tierra", recuerda Miguel Delibes de Castro, que fue el primer investigador que se doctoró en la Estación y cuya tesis dirigió el propio Valverde. "Doñana era como un joven, vital y salvaje, pero estaba condenada a muerte", dice Delibes de Castro. "Ahora es más ajardinada, como es un maduro, pero indultado", añade.

No por ello el parque está exento de riesgos. "Doñana sigue siendo una isla y el resto sigue por canales de desarrollo problemáticos", opina Miguel Ferrer, investigador de la EBD. "El cultivo de la fresa, el dragado del Guadalquivir y el plan de construir un oleoducto son las tres mayores amenazas", señala Juanjo Carmona, responsable de la Oficina de WWF/Adena en Doñana.

"El parque se salvó del arrozal, de los eucaliptos, del DDT que se usaba en los cultivos aledaños e incluso de la presión turística", recuerda Molina. "Es una carrera constante por la supervivencia que ahora afronta el cambio climático", concluye.

Un hombre "inclasificable y genial"

José Antonio Valverde (Valladolid 1926-Sevilla 2003) fue el hombre en la sombra de Doñana. Tras conocer el coto en 1952, no dejó de pelear por lograr convertirlo en una reserva en la que poder estudiar fauna y flora. Ese año se alió con el hijo de uno de los dueños de la finca, Mauricio González Gordon, para lograr su cometido. Ambos comienzan a traer a Doñana a ornitólogos extranjeros en una serie de excursiones llamadas "Doñana Expeditions". En 1961, Valverde impulsa la creación de la World Wildlife Fund (WWF), que presidirá el príncipe Bernardo de Holanda. Este comenzará a escribir cartas a Franco pidiéndole que desista de sus planes de desecar las marismas del Guadalquivir para plantar eucaliptos. Franco a su vez pregunta quién sabe sobre el tema y la respuesta de sus asesores le dirigen a Valverde, según Miguel Delibes de Castro, que fue el primer estudiante de doctorado de Valverde. "José Antonio acabó escribiendo las cartas de ambos lados sin que nadie lo supiera; él se lo guisaba y él se lo comía", comenta.
"La BBC y ‘The Times' recogieron la polémica", recuerda Jorge Molina. "El Gobierno vio que tenía una baza para quedar bien ante Europa y accedió", relata. Valverde se servía de todas las armas. "Era más bien de derechas pero con una visión social de izquierdas", recuerda Miguel Ferrer, investigador del CSIC. "Era inclasificable y genial", concluye.