Sábado, 21 de Mayo de 2011

"Ha merecido la pena: en Libia viví mi sueño"

Fotoperiodista. 'Público' viajó en el avión que devolvió al reportero a España, tras seis semanas de cautiverio en Libia

PACO AUDIJE ·21/05/2011 - 08:00h

PACO AUDIJE - Brabo se emocionó ayer al dar las gracias a todos los que le han apoyado. paul white / ap

Los rebeldes se marcharon casi de repente. Estábamos tirados en el suelo, James, Clare, Anton y yo. No nos veíamos. Nos gritábamos para ver si todo el mundo estaba bien: Anton respondió que no. Nos empezaron a disparar. James, muy valiente, se levantó con la cámara y empezó a gritar "sahafa, sahafa" (periodista, en árabe). Le empezaron a dar culatazos, después a Clare y a mí. Yo intentaba protegerla. Iban uniformados Los tres íbamos con la cabeza abierta. Vimos a Anton con las tripas fuera: es la última imagen que tengo de él".

En el avión de Tunisair que ayer a mediodía lo trajo de vuelta a España, el reportero Manu Brabo (Gijón, 1981), explicó a Público el peor momento de su cautiverio: la muerte de su compañero, el surafricano Anton Hammerl. Acababa de salir del avispero libio, donde fue capturado el 5 de abril, junto a los reporteros estadounidenses James Foley y Clare Gillis, y Hammerl, el fotógrafo que falleció.

"Vimos a Anton con las tripas fuera. Es la última imagen que tengo de él"

¿Qué sucedió trassu captura?

Me gritaban que no mirara el cuerpo ensangrentado de nuestro amigo, pero yo no podía parar de hacerlo. Veía sangrar a James, iba con las manos atadas a la espalda. Me pisaron la cabeza hasta Brega, se reían de nosotros y daban palmaditas a Clare. Nos curaron echándonos colonia en las heridas. Nos interrogaban y esa noche la cena fue un cacho de pan. Al día siguiente, empezaron a cambiar de actitud, nos daban cigarrillos. Nos hicieron una entrevista para la televisión libia, todo absurdo; ¿qué les podíamos decir? Al día siguiente, nos subieron a una furgoneta. Iban allí otros periodistas, un libio y un egipcio. Hacia Trípoli. Intentaban tranquilizarnos. Nos daban cigarrillos, té con almendras, agua, bocadillos.

¿Y una vez en Trípoli?

"Se reían de nosotros y nos curaban echándonos colonia en las heridas"

Me metieron en una celda de aislamiento. Me interrogaron otra vez: empezaron diciendo que salieron a la calle cuando España ganó el Mundial y terminaron acusándome de ser un espía. Allí estuve 12 días. Tenía relación con los guardias que me traían las comidas y con el preso de al lado, Richard Peters, un empresario americano. Nos comunicábamos por los huecos de los enchufes. Clare y James estaban dos celdas más allá.

Terminó en una prisión, con presos políticos...

Eran gente normal con delitos tan graves como tener un número de un opositor a Gadafi; un economista que había tirado al suelo un retrato de Gadafi; un futbolista que había discutido con un guardia. Días después, me dejaron hablar con mi familia: primera y única vez. Me sentí mejor. Comíamos poco y fumábamos más. Los compañe-ros de celda eran estupendos, aunque no sabían mucho inglés. Jugábamos a los tres en raya y yo los acompaña-ba en los rezos. Un día se presentó un tal señor Shivani que dijo representar a Saif al Islam, el hijo de Gadafi. También que él hacía esfuerzos para que nos trasladaran a un sitio mejor, que resultó ser una granja de engorde.

¿Este emisario les ayudó?

Nos dio 50 dinares para comprar lo imprescindible. Más tarde me sacaron de la celda, a mí, a Nigel [un periodista británico] y a otro periodista, con los ojos vendados. Nos llevaron a una villa en las afueras de Trípoli. Tenía una habitación, había un plato de gambas que te cagas. Me dejaron dos libros en inglés: Otello y el Rey Lear, de Shakespeare. Allí, un bombardeo de la OTAN reventó las persianas. De vuelta al primer centro de detención. Y luego otra vez a una villa. La semana antes de nuestra liberación, Diego, el encargado de negocios de la embajada española en Trípoli, pudo encontrarse conmigo. Al día siguiente, me trajeron ropa, tabaco y dos libros en español: La carta esférica y El sanador de caballos.

¿Cómo fue su liberación?

Un día nos anunciaron la liberación y el fiscal de siempre se puso una toga y se convirtió en juez. Nos condenó sólo a pagar 300 dinares por las costas del juicio. El miércoles nos soltaron.

¿Ha merecido la pena?

Sí. En Libia viví mi sueño. Mis fotos se publicaban en The New York Times y The Guardian. Estaba contento.