Sábado, 14 de Mayo de 2011

Los pájaros del desgüace

La imagen electoral de Francisco Camps

·14/05/2011 - 08:00h

Ese no soy yo. Es lo primero que se le ocurre a alguien que no se gusta en la fotografía. Luego llegan los demás y sueltan el chiste habitual: la foto se la ha hecho su peor enemigo. La fotografía a la que me refiero es la de Francisco Camps, la que aparece en los carteles electorales. El chiste es de su compadre Alfonso Rus, alcalde de Xàtiva y presidente de la Diputación de Valencia. Aún hay una versión añadida a la de Rus y todavía más cruel: el retratado es el señor Burns, el malo malísimo de los Simpson.

Pero con todo, lo que más llama la atención en esa imagen son los ojos. Es bien sabido que expresamos la vida a través de la mirada. En la tumba profanada, las vendas de la momia lo esconden todo menos el estupor de la muerte revivida. No hay aliento más impetuoso que la pupila redonda estrujando el silencio del cuerpo al que pertenece. Si no hay ese aliento en la mirada, la vida es imposible. Por qué entonces Francisco Camps se ha dejado fotografiar de esa manera, como una momia muerta de verdad, como un trozo de carne disecada, como si le hubiera sorbido el alma la química de las farmacias, igual que dice de los besos una bellísima canción de Toni Zenet.

La cara de Camps en el cartel se parece al señor Burns, el malo de Los Simpson'

El photoshop hace milagros, milagros más increíbles que los esgrimidos por la Iglesia millonaria para beatificar al papa polaco. Sin embargo esos milagros de la técnica fotográfica son imposibles cuando han de curar el hueco de los ojos. No hay hechicería capaz de llenar ese hueco. Se pueden torcer los labios en una sonrisa amable, borrar las arrugas de la preocupación, cambiar en solvencia segura el desconcierto. Se puede construir una nueva criatura con las virguerías del photoshop, pero no será posible que esa criatura tenga vida en los ojos si sus ojos están muertos. Y ya hace mucho tiempo que Francisco Camps anda por la tierra como un ser ajeno a sí mismo. Sin aquella grandeza de ser otro, que decía Rimbaud, deambula por los sitios enfundado en un traje (disculpen ustedes la metáfora tonta) que le viene grande y le deja desnudo ante sus súbditos, como al rey del cuento.

Confortado apenas por el aplauso de los suyos, se derrumba en la soledad de sus aposentos cuando mira su imagen en el espejo y se ve como un rostro al que le ha robado los ojos una bandada de pájaros atentos al desguace. Y entonces se da cuenta de que es esa la imagen que sale en los carteles de las elecciones. La misma imagen con los ojos vacíos. La misma imagen. La misma.

 

El photoshop' hace virguerías, pero no puede dar vida a ojos que están muertos