Miércoles, 11 de Mayo de 2011

Marlon Brando no es el de la foto

ALFONS CERVERA ·11/05/2011 - 08:20h

El desprecio. Si tuviera que ponerle nombre a su arquitectura moral, pondría eso: el desprecio. Es eso, ese personaje. Mira tras las gafas negras (por culpa de una enfermedad, creo) y es como si lo que ve delante de los cristales ahumados fuera un paisaje furibundamente enemigo. Y no es así. A lo mejor no lo sabe pero es él quien tiene alma de enemigo. Un caudillo que gobierna despóticamente, casi por herencia, la Diputación de Castellón. Sin respeto a ninguna regla que no sean las suyas, como toca a quienes se amparan en las reglas del caudillaje. Cuando se pone a hablar, no habla: suelta mierda. Y la escampa por los alrededores. Y aún peor. Le pasa como a Alfonso Rus, su colega presidente de la Diputación de Valencia: se sienten orgullosos de ser unos garrulos, de golpear con saña la decencia democrática, de reírse las gracias traicionando con su cinismo malapata la nobleza antigua de los payasos.

Antes de los Gürtel, Carlos Fabra ya era el rey del mambo en los pantanosos terrenos de la corrupción. Acusado de soborno, tráfico de influencias, fraude fiscal y no sé si algún delito más, ha sorteado las filigranas de casi una decena de jueces y media de fiscales para estar ahora mismo en expectativa de destino judicial. Pero a él todo eso, la justicia y lo que sea, le importa un pito. El poder es suyo: lo grita como un iluminado. Las victorias electorales como también grita Camps pueden más que la justicia. El pueblo absuelve a los delincuentes: quiero decir a los presuntos delincuentes, no sea que me caiga un chorreo y me vea ocupando el hueco de los dos en el banquillo de los acusados.

Los negocios en que andaba metido no sé si todavía o los dejó a sus herederos se demostraron fraudulentos, pero quien fue a la cárcel fue su socio, el socio que denunció las prácticas ilegales y las falsas fórmulas químicas de los productos fitosanitarios que fabricaban sus empresas.

La última barrabasada del cacique: construir con los dineros públicos un aeropuerto de juguete para que le saquen una foto de domingo con sus nietos. Alguien le llama el Padrino, emulando al personaje de la inmensa película de Ford Coppola. Para nada. La grandeza de Marlon Brando es en Fabra la simple y rotunda semiótica del patetismo, el perfil indigno de lo miserable, la caricatura a lo bruto de un poder que todo lo desprecia sin saber que es ese mismo poder lo verdaderamente despreciable.