Sábado, 7 de Mayo de 2011

Adiós al genial campeón del párking

Fallece Severiano Ballesteros, uno de los grandes del deporte mundial

ANDRÉS HERRANZ ·07/05/2011 - 09:20h

Seve Ballesteros, en una imagen de 2003. REUTERS/PAUL MCERLANE

A las 2 de la madrugada de éste sábado, falleció Severiano Ballesteros de un tumor cerebral al que no pudo derrotar después de tres intervenciones quirúrgicas. Ballesteros se había desmayado el 6 de octubre de 2008 en el aeropuerto de Barajas y su tumor fue tratado por los neurocirujanos del Hospital La Paz de Madrid. Su muerte significa el adiós no de uno de los mejores golfistas de todos los tiempos, sino la del jugador que revolucionó el golf desde la genialidad.

Los campeones del Masters de Augusta tienen derecho a una taquilla con su nombre en el vestuario de jugadores del club hasta el día de su muerte. En ese pequeño armario de madera guardan la chaqueta verde de vencedor del torneo de golf más importante del mundo, que los ganadores lucen orgullosos en la cena previa al torneo cada primer martes de abril. Severiano Ballesteros ganó dos Masters de Augusta, pero su armario sólo tiene una chaqueta. La otra se la llevó a su casa de Pedreña para lucirla junto al resto de sus trofeos. Al fin y al cabo, era suya. Él la había ganado. ¿Qué pintaba en una taquilla de Augusta, Georgia, cuando podía disfrutarla en su propia casa?

La organización del Masters le reclamó la prenda en alguna ocasión, pero Seve dijo que la había extraviado. Tampoco insistieron mucho. Y es que el mundo del golf no estaba preparado para frenar a un hombre como Severiano Ballesteros Sota. Menos aún lo estaban los rancios aficionados de Royal Birkdale para un españolito, moreno a golpe de jornadas eternas de golf en Pedreña. Allí se plantó con 19 años y, después de liderar aquel British hasta el domingo, terminó con cinco birdies... y perdió con Johnny Miller. Quizá fue mejor así. Quizá de otro modo no habría surgido una apasionada relación con el Reino Unido en general y el Open Británico en particular. Corría el año 1976, Franco había muerto 8 meses antes, y sólo unos cientos de españoles sabían del significado del torneo de golf más antiguo del mundo, el mismo que habían ganado el viejo Tom Morris, el joven Bobby Jones, el mítico Walter Hagen y el insaciable Jack Nicklaus.

El British fue la obsesión de aquel joven Seve. Al llegar a los indomables links británicos, tornaba su contagiosa sonrisa por un gesto de fiereza. Tres años más tarde de su aparición estelar en las Islas, se presentaba en Royal Lytham con 23 años y victorias en todos los circuitos conocidos. Los veteranos Jack Nicklaus y Ben Crenshaw eran sus grandes rivales, pero éstos tampoco estaban preparados para un jugador capaz de golpear limpiamente su bola desde un frío aparcamiento directamente al centro de green para ganar su primer Major.

Conexión histórica

Aquel golpe genial definió su carrera y su juego. Él encontraba caminos para llegar al green o embocar que para otros eran trampas o apuestas geniales inalcanzables. Era el primer British de Seve, el primero de un jugador español. La historia de la radio televisión en España dirá que la primera cadena de TVE interrumpió la retransmisión de una carrera de caballos para ver cómo un chaval de Pedreña levantaba una jarra de clarete. No sería la última.

Para Severiano Ballesteros lo imposible se convertía en deseable. Si un chaval acostumbrado a llevar las bolsas de la burguesía cántabra era capaz de ganar el torneo de golf más importante de Europa, el siguiente paso era lógico. El Masters de Augusta, el torneo creado por el gran Bobby Jones en el campo más respetado y temido por todos. Un diseño capaz de arruinar las tarjetas más brillantes de un día para otro, incluso de un hoyo para otro. Un recorrido traicionero, 18 banderas dispuestas para la gloria o para el fracaso más estrepitoso. Un recorrido que imantaba la pasión y el golf visceral de Ballesteros.

Nueve meses después de que la prensa inglesa más conservadora le bautizara como "el campeón del parking", Seve respondía con una exhibición para el recuerdo. En Augusta, en 1980, Ballesteros ganaba el torneo con una distancia sideral sobre sus rivales: 23 birdies y un eagle en los 72 hoyos más difíciles. El campeón del parking encadenaba British y Masters de Augusta en menos de una temporada.

Como no podía ser de otro modo, la chaqueta verde de los campeones le sentaba como un guante. Tenía percha y golf suficiente para lucirla. Probablemente, cuando sintió la suavidad del paño en su piel, Seve sabía que eso de dejarla aparcada en la taquilla del club no iba con él. La chaqueta era suya. El mundo también. Super Sevi, otro de los sobrenombres con los que la prensa británica le rindió pleitesía, rompió moldes. Era descarado y agresivo para atacar los greens y el putt era una prolongación de su mano. Su volcánica irrupción latina en un mundo fríamente anglosajón supuso una chorrera incontrolable y salvaje de aire fresco. Era joven y ambicioso y así desplegaba su golf por los campos. En los márgenes de los recorridos se agolpaban la muchedumbre ansiosa de presenciar algo distinto a lo que habían visto antes. Cada que vez que empuñaba un palo, la historia podía reescribirse. El mundo del golf nunca sería el mismo desde su explosión.

Severiano Ballesteros no ganó los cuatro Grandes en el mismo año como Bobby Jones, ni ganó tantos como Jack Nicklaus. No tenía el swing de Byron Nelson, ni la precocidad extraordinaria de Tiger Woods, pero la historia del golf se dividirá en antes y después de Ballesteros. Y no existe mejor demostración posible que la Ryder Cup. A finales de los años 70 del siglo pasado, era una competición moribunda y monotemática. Estados Unidos ganaba o ganaba. El ambicioso Jack Nicklaus había convertido el equipo americano en una máquina de ganar y el combinado formado por el Reino Unido e Irlanda caía derrotado edición tras edición desde una década atrás.

Revolución tras revolución

En 1979, ante la irrupción de aquel fenómeno llegado del sur de los Pirineos, el respetable Royal&Ancient invitaba a jugadores continentales a formar parte del equipo europeo de la Ryder. Otra revolución que promovía el chico del flequillo a lo Beatle nacido en el país del flamenco. Otro ventana abierta en uno de los deportes más candado por las tradiciones y las formas. En realidad, aquello no era una simple invitación, era una llamada de auxilio dirigida a Ballesteros.

La Ryder Cup tampoco volvió a ser la misma. Victorias europea en 1985, en el 87 y en el 95. Esos triunfos escocieron mucho a los norteamericanos, que se creían invencibles. El más difícil todavía llegó en 1997. La competición más prestigiosa del golf salía por primera vez del eje Reino Unido-Estados Unidos para recalar en Valderrama. El artífice no podía ser otro, el hombre Ryder por excelencia, el jugador que formó junto a su amigo Olazábal la pareja más demoledora de la competición, el dúo invencible. Sacar la Ryder de las Islas fue una de sus grandes luchas y la peleó desde la seguridad del rebelde con causa. Si en su día se aceptó que participaran todos los europeos, toda la geografía de Europa debería poder optar a acoger ese duelo orgulloso. Otro candado que Seve reventó y quizá el que más satisfacción le produjo.

Más de cien millones de espectadores asistieron a cómo los europeos, capitaneados por un Ballesteros, ya veterano con 40 años, ganaban en Valderrama a un equipo americano en el que despuntaba un imberbe Tiger Woods. En todos los hoyos, en todas las salidas, en todos los putts ganadores y en todos los momentos decisivos estaba él, Seve, subido en un buggy con los colores de la nueva Europa que él había ayudado a crear.

Habían pasado 20 años desde aquella aparición estelar en el Open Británico en plena transición española. Veinte años con un saldo de tres Open Británicos, el último de ellos en la cuna del golf, el Old Course de Saint Andrews, y con la ya mítica imagen de Severiano levantando el puño; dos Masters de Augusta; 48 victorias en el circuito europeo que le convierten en el jugador más laureado del continente; cuatro triunfos en la Copa del Mundo por países...

Seve solía decir que dejaría de jugar cuando se dejara de divertir. Quizá por eso pocos entendían que a finales de los 90, con la espalda destrozada por las lesiones derivadas de un swing tan natural como imposible, Ballesteros siguiera peleando en el circuito, pasando cada vez menos cortes y exponiéndose a las críticas. Lo había ganado todo, había cambiado la Ryder, había creado en el año 2000 su propio torneo, el Seve Trophy, que disputan los años alternos a la Ryder Gran Bretaña e Irlanda contra la Europa continental, diseñaba campos y organizaba torneos de golf por todo el mundo.

La victoria de hacer soñar

Sin embargo, siguió intentando un golpe genial, un triunfo que nunca llegó, pero que sí peleó. En cada reaparición que intentó no hubo un solo aficionado que no alimentara la posibilidad de verle ganar de nuevo. En realidad, ese fue su gran triunfo en esos momentos bajos. Y utilizó la misma fórmula que cuando el bajo par era su firma habitual en las tarjetas: con él todo era posible y soñar más todavía.

Premio Príncipe de Asturias del Deporte desde 1989 y miembro del Salón de la Fama del golf desde el 97. Por todo eso, por todos los logros conseguidos en 20 años de una gloriosa carrera, pocos entendían su empeño por volver una y otra vez. Como las grandes figuras del toreo, siempre volvía. Cada torneo que disputaba era la gran reaparición. Quizá la última fue en 2006, cuando disputó el Open Británico con su hijo portando su bolsa como él había llevado en su día la de su hermano. Seve sabía que era el último, y el público de Royal Liverpool lo entendió como tal. La ovación era un reconocimiento. El de un deporte que no estaba preparado para él, pero aprendió a quererle incluso por encima de sus propios ídolos ingleses como Faldo, su eterno rival.

Hay un detalle que no mucha gente sabe. Cada vez que diseñaba un campo, incluía un bunker con forma de "S". Era su firma. Algunos sólo se pueden apreciar desde el cielo. Quizá él sabía que los tiempos cambian, las victorias pasan y alguna gente olvida, pero los campos permanecen. . Los golfistas sacarán su bola de esos bunkers con forma de "S" durante siglos. Probablemente lo harán peor que Seve. Él también era el mejor en esa suerte del juego. Cuando levantaba su bola desde la arena y la dejaba a un par de pulgadas del hoyo, sonreía y contaba los tiempos en que jugaba en la playa cercana a su casa, allí donde nació esa extraña habilidad, una de tantas.

Para la posteridad queda su talento, sus inolvidables victorias en un deporte que él ayudó a cambiar, unos cuantos bunkers en "S" en campos de todo el planeta, una taquilla huérfana en Augusta y una chaqueta verde colgada en una casa de Pedreña. La chaqueta es suya. El golf también.

Noticias Relacionadas