Jueves, 5 de Mayo de 2011

"Vamos por la vida como si Dostoievski no existiera"

Angélica Liddell lleva a escena la desconfianza en la Humanidad con 'Maldito sea el hombre que confía en el hombre'

PEIO H. RIAÑO ·05/05/2011 - 08:00h

PEIO H. RIAÑO - Liddell junto a la escultura de Enrique Marty. M. patxot

Angélica Liddell escribe Humanidad con minúscula porque no cree en ella. Cree que ningún niño se convertirá en un buen adulto. "No quiero defender nada que tenga que ver con lo humano, porque todo te decepciona", dice la actriz, dramaturga y directora de sus montajes, que en estos días ultima Maldito sea el hombre que confía en el hombre: un projet D'Alphabétisation en las salas de ensayo del auditorio de El Escorial, que estrenará como una de las citas notables del Festival de Otoño, el próximo 19 de mayo en el Matadero de Madrid.

Sigue el rastro de sus obsesiones, y si el dolor era el protagonista de La casa de la fuerza, la desconfianza en la Humanidad es el de Maldito sea el hombre Ambas forman un díptico. "Una es la consecuencia de la otra", dice. La pérdida y masacre de la inocencia se desarrolla en escena a partir de un diccionario muy particular: 25 palabras para 25 letras, el alfabeto de la decepción, en el que aparecen sus dolores habituales como la rabia o la infancia. "Cuando trabajas con la palabra llega un momento que dudas de que la palabra esté a la altura de tus sentimientos o de tus expresiones".

"Nunca llegaremos al fondo de la podredumbre de la conciencia humana"

Con los años, Liddell ha vaciado su vida de personas y llenado sus escenarios de actores. Cuando estrenó Perro muerto en tintorería, en el Centro Dramático Nacional, en 2007, se hizo acompañar por un elenco por primera vez. Para entonces su compañía Atra Bilis llevaba rodando 14 años por los teatros alternativos. En Maldito sea el hombre actúa junto a nueve niñas, cinco estudiantes acróbatas de la escuela de Pekín y tres actores más, entre ellos Sindo Puche, que vuelve a acompañarla.

"Antes me gustaba estar sola en el escenario, pero ahora no puedo hacerlo". ¿Por qué? "Porque es apasionante ver tus propias palabras en otros cuerpos. Hay complicidad, una experiencia humana que no me puedo permitir en la vida. Mi mundo ahora es aislamiento y protección. Cuando salgo del escenario me siento vulnerable. En él las cosas son perfectas, en la vida no", reconoce.

También ha cambiado en eso la Liddell, que amenazó hace unos años con retirarse y ahora no puede vivir sin el teatro. "La sala de ensayos es mi vida. Es una dependencia brutal y no me planteo dejarlo para nada. De estar en conflicto he pasado a ser un yonqui", dice.

"Nos pertenecen los peores sentimientos. No hay nada que nos mejore"

Compartir la demencia

Hace cuatro años, cuando empezó a trabajar con más actores, reconocía que les pedía el trance desaforado en el que ella entra. "Entonces quería que enloquecieran conmigo, pero he aprendido a conformarme con que cada actor me dé lo mejor que pueda dar. Que yo entre en estado de demencia no significa que ellos deban hacerlo. Aquella exigencia a veces los locos no resultan", ríe.

Hasta se deja domar: el tono iba a ser apocalíptico hasta que llegaron los acróbatas chinos y le dieron la vuelta al espectáculo. "Trabajamos sobre el escenario de la infancia masacrada, pero con esos muchachos se llenó de vida. Y de manera inesperada se convirtió en un alegato a la piedad, porque ha acabado lleno de vitalidad mientras hablamos de lo más negro y de la extinción".

La dramaturga se abre a colaboradores, se rodea del ser humano, justo cuando reniega de él en escena. No renuncia a manchar con la parte más sucia del ser humano. Su ideal de teatro es el que coloca al espectador en conflicto: "Nunca llegaremos al fondo de la podredumbre de la conciencia humana. Siempre quedará alguna basura por ahí; hay basuras que se nos escapan. Hacemos como si fuéramos buenos, pero no lo somos. Lo que consiguió Dostoievski ¡Vamos por la vida como si Dostoievski no existiera!".

Es así, no puede evitar hablar de lo peor. Desde el fango dispara siempre contra el mismo, sin excusas, ni culpables, ni moralina: "El único responsable de sus miserias es el hombre. Somos humanidad y nos pertenecen los peores sentimientos. No juzgo lo que nos hace ser malos o buenos. Me alejo de los juicios para enfangarme en la parte más repugnante que nos pertenece a todos. No hay nada que nos mejore". Bromea que se ha desprendido de la indignación, aunque mantenga viva la rabia, que para eso está "ese librito", el de Hessel.