Miércoles, 4 de Mayo de 2011

Mou se refugia en su hotel

El pulso del banquillo

NOELIA ROMÁN ·04/05/2011 - 08:00h

NOELIA ROMÁN - Guardiola da órdenes durante el partido. afp.

Una rueda en el centro del Camp Nou; Guardiola ordena y manda. Un baile de celebración, una vuelta al estadio para agradecer a la afición; abrazos, besos y un grito al cielo de liberación, de rabia. El Barça está en la final de Wembley, Guardiola en el séptimo cielo. ¿Y Mourinho? Mourinho, en su hotel, recluido en su habitación, a resguardo en su búnker. Retador en la ida, el técnico del Madrid decidió recluirse, evitar las cámaras, los micrófonos y cualquier tipo de contacto con el mundo exterior. Contaba el técnico del Madrid con la coartada perfecta: la sanción que le había impuesto la UEFA tras su expulsión en el Bernabéu; y lo llevó hasta las últimasconsecuencias.

Empeñado como estaba en que el Barça le reservara un palco cerrado en el Camp Nou, Mourinho optó por no poner ni un pie fuera del hotel de su equipo cuando el club azulgrana le comunicó que no estaba dispuesto a desalojar ninguno de los palcos para albergarle. Por motivos de seguridad, los asientos situados tras el banquillo blanco también quedaban descartados. El Barça le reservó una localidad en el palco de autoridades. Lució vacía.

Guardiola, sereno y tenso todo el partido, se libera con la celebración

Mourinho prefirió seguir el encuentro desde la habitación de su hotel, a resguardo de todas las miradas y de cualquier tipo de control. No estaba el portugués por la labor de darle a la hinchada azulgrana el placer de cantarle aquello de "Mourinho vete al teatro". Y descargó en Aitor Karanka toda la responsabilidad. El Camp Nou apenas se molestó en pitarle en un par de ocasiones. El vasco, que había ejercido de alter ego de Mourinho en la previa del encuentro, se limitó a instruir a sus jugadores. A su lado, Chendo, el delegado madridista, no se despegaba del móvil. ¿Hablaba con Mourinho? Tal vez.

En el banquillo azulgrana, Guardiola parecía tenerlo todo bajo control. Impecable en su traje negro, el técnico del Barça, indiferente a la intermitente lluvia, apenas tomó asiento en todo el encuentro. Quiso el de Sant Pedor vivirlo todo bien de cerca; dirigir hasta las acciones de la grada, que se accionó como un resorte cuando, a la media hora, Guardiola alzó los brazos solicitando su apoyo. Minutos después, el técnico sacó las manos de los bolsillos, donde las había resguardado casi todo el tiempo, y se las pasó por su pelada cabeza como lamento ante una mala elección de Alves.

El técnico del Barça dirige al equipo en el césped y también a la afición

Cuando los brazos de Guardiola volvieron a alzarse fue para celebrar, enérgicamente, el gol de Pedro; para dedicárselo a Valdés y abrazar a Mascherano; y para, segundos después, aleccionar a Busquets y a toda la zaga azulgrana. "Hacia adelante", les indicaba con sus brazos.Los de Karanka apenas se movieron cuando Marcelo empató el encuentro para el Madrid. El gol era bueno, pero insuficiente.

Guardiola pidió cabeza a sus jugadores. Y acarició la de Abidal, cuando el francés regresó un mes y medio y un cáncer después. Luego, la eclosión. El técnico del Barça buscó la mano de Karanka, se abrazó a Tito Vilanova, y saludó a la grada, antes de fundirse en un efusivo abrazo con Piqué y tomar la batuta para dirigir, eufórico y expeditivo, el festejo de su equipo. Mourinho debía de sonreír irónicamente desde su habitación.