Lunes, 2 de Mayo de 2011

El futuro de Al Qaeda se basará en explotar la leyenda de Bin Laden

Al Zauahiri, el probable sucesor, carece de su carisma y de su capacidad de comunicación

IÑIGO SÁENZ DE UGARTE ·02/05/2011 - 20:39h

REUTERS - Ayman Al Zauahiri sentado junto a Osama Bin Laden en noviembre de 2001.

Ayman Al Zauahiri se prestó en diciembre de 2007 a un experimento propagandístico singular. Tras una entrevista a una televisión de ideas yihadistas, se anunció que respondería en breve en un chat a las preguntas que le enviaran los lectores.

Siempre dispuestos a exagerar la amenaza de Al Qaeda y su destreza propagandística, varios expertos se confesaron intrigados. “Es un buen golpe en términos de imagen”, dijo Jarret Brachman, ex analista de la CIA y ex director del centro antiterrorista de West Point. “Intenta mostrar que sabe dónde encontrar a la gente joven”.

En realidad, fue un desastre. Por razones de seguridad, no podía ser un auténtico chat. Y las respuestas de Zauahiri incluían una defensa casi robótica del uso indiscriminado de la violencia contra civiles.

Nada que ver con el carisma del que disfrutaba Osama bin Laden, entre otras cosas por su dominio del árabe en su versión más poética. Incluso sus enemigos admitían que los mensajes de Bin Laden tenían un atractivo especial.

Son virtudes inexistentes en el discurso dogmático de Zauahiri. El médico egipcio, de 59 años, es el probable próximo líder de Al Qaeda. Ya desde su declaración de guerra a EEUU en 1996, Bin Laden contaba con un discurso global dirigido a toda la comunidad islámica. Zauahiri asumió ese mensaje, pero sólo después de que fracasara su empeño por impulsar la yihad en Egipto.

La tortura hizo a Al Zauahiri. Como otros muchos yihadistas egipcios, fue salvajemente torturado en prisión tras el asesinato de Sadat en 1981. Su testimonio sirvió para la detención de otros correligionarios, y al menos uno de ellos fue ejecutado. Zauahiri nunca se perdonó ese momento de debilidad.

Tras el impacto causado por la noticia de la eliminación de su líder, Al Qaeda intentará rentabilizar la imagen de Bin Laden como mártir de su causa. Sus seguidores tendrán la oportunidad de emularle directamente, y eso les hará doblemente peligrosos.

Sin embargo, la leyenda de Bin Laden se sustentaba en el hecho de que estaba vivo. Había atacado al corazón del imperio americano y no había sucumbido a su venganza, algo que quedó aún más patente tras la ejecución de Sadam Hussein. Podían caer con relativa frecuencia los números tres de Al Qaeda, pero Bin Laden seguía escondido en su fortaleza.

“Es un fuerte revés para Al Qaeda en términos militares y psicológicos”, ha dicho a The Wall Street Journal el ex general paquistaní Talat Masud. “Construyeron un mito en torno a él. Se suponía que era un líder imposible de reemplazar”. 

Lo cierto es que el mayor éxito de Bin Laden fue crear una organización que podía sobrevivirle. Exigía a otros grupos yihadistas –al modo de una franquicia– un juramento de lealtad y acatar un mensaje radical, pero no imponía misiones concretas, aún menos si eran irrealizables.

La descentralización era uno de los puntos clave de su estrategia.

Al Qaeda sólo continuó existiendo en aquellos lugares en que razones locales lo permitieron: Yemen, Irak y el Magreb, donde se convirtió en un epílogo de la yihad argelina. La revolución global invocada por Bin Laden acabó con el fin del santuario de Afganistán, y lo que quedaron fueron atentados terroristas aislados, de efectos atroces pero sin continuidad.

Las revoluciones árabes han demostrado que los jóvenes no necesitan empuñar el kalashnikov para desafiar a las dictaduras. Si Zauahiri intenta apropiarse de ese movimiento, no es probable que tenga éxito.

Al Qaeda es una organización predominantemente árabe, y ese rechazo revela las limitaciones de su discurso propagandístico.

Más peligroso que Zauahiri podría ser Abu Yahya al-Libi, libio de 47 años, de verbo más fluido que el egipcio, con más carisma y con un sólido discurso religioso. Su último mensaje grabado es de marzo de este año.

Pero sólo podría colocarse a la altura de Osama Bin Laden si pudiera organizar su propio 11-S, un objetivo que pocos creen que la actual Al Qaeda esté en condiciones de afrontar.