Lunes, 2 de Mayo de 2011

Ratzinger santifica las sombras del pontificado de Juan Pablo II

La beatificación de Wojtyla sirve a Benedicto XVI para reivindicar un modelo de Iglesia

J. BASTANTE / D. DEL PINO ·02/05/2011 - 00:00h

REUTERS - Benedicto XVI besa a un niño durante la masiva celebración de la beatificación de Juan Pablo II, ayer en el Vaticano. -

"Concedemos que, de ahora en adelante, pueda llamarse beato". Con estas palabras, Benedicto XVI elevó a los altares a su antecesor, Juan Pablo II, en un proceso inusitadamente rápido y que ha soslayado la polémica en torno al pontífice polaco, fallecido hace seis años y un mes. Una beatificación concedida tras comprobarse un polémico milagro pero que, como ayer dijo Ratzinger, supone una consagración de los 27 años de papado de Karol Wojtyla. Y un aviso a navegantes cada vez más que exigen que se aclarase el papel del beato en escándalos como el del pederasta fundador de los Legionarios de Cristo, Marcial Maciel, la pederastia o el entierro del Concilio Vaticano II.

Benedicto XVI fue, durante 23 años, colaborador de Juan Pablo II. Como tal, conocedor de su vida y su obra. Por eso, y aunque arrancó su homilía dejando claro que la beatificación de Wojtyla no respondía a privilegio alguno, sino que "Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica", el empeño de Ratzinger no fue otro que el de prestigiar todos y cada uno de los puntos de su pontificado. Demostrando, una vez más, que esta beatificación tiene más de reivindicación de un modelo de Iglesia que de las virtudes heroicas del papa polaco o de los milagros concedidos por su intercesión.

"Durante 23 años pude venerar su persona", insistió el Papa

Benedicto XVI quiso echar por tierra, en su homilía en honor de su predecesor, el cliché extendido sobre la involución preconciliar a la que el papa Wojtyla habría conducido a la Iglesia católica. En su opinión, no sólo no se opuso a las reformas, sino que "las llevó a su culminación". "Juan Pablo IIabrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos. Ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos", afirmó.

También tuvo el papa un recuerdo para el pontífice que acabó con el marxismo y que a la vez era cercano para los fieles. Tanto, que murió siendo un santo para muchos, sobre todo para sus principales colaboradores, que desde ayer ya saben que el pontificado de su líder, con muchas sombras, está blindado de cara al futuro. "Durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona", insistió el papa ante los aplausos de la multitud que se agolpaba en torno a la plaza de San Pedro.

El acontecimiento congregó a un millón y medio de personas, según los datos de la Policía, que abarrotaron desde la madrugada los alrededores de la Plaza de San Pedro. Pregrinos como Andrea y su hermano Luca, que llegaron el sábado al Vaticano a las 5.30 de la mañana cargados con sus macutos, después de haber pasado la noche al raso en el Circo Massimo. "Queríamos estar rodeados de gente de todo el mundo para este momento. Juan Pablo II fue un santo, el santo de los jóvenes", contaron.

El cardenal García-Gasco falleció en Roma de un paro cardiaco

El perfecto funcionamiento del merchandising, unido a que cada frase del papa iba seguida de aplausos, gritos y movimientos de banderas, hizo del evento un concierto de música en lugar de una misa. Pero duró poco, lo que tardó en escucharse por megafonía un llamamiento al recogimiento. Sandrine y su madre Chloè, llegadas desde la localidad francesa de Chamonix, no pudieron aguantar las lágrimas cuando Ratzinger confirmó que Wojtyla ya era beato. Para ellas, "el milagro es lo de menos, Juan Pablo II fue un santo por su modo de ser. Un ejemplo que debe perdurar".

Muerte del cardenal

Acudió a Roma para participar en la beatificación, pero ayer por la mañana su corazón se paró. La noticia se supo en mitad del acto: había muerto el cardenal emérito de Valencia, Agustín García-Gasco, a los 80 años de edad. El prelado, nombrado cardenal por Benedicto XVI en 2007, pertenecía al ala más dura del episcopado español y había criticado con especial dureza las legislaciones del PSOE en materia de interrupción del embarazo, divorcio y matrimonios gay.

De hecho, en el primero de los encuentros de la familia católica en Colón, Gasco acusó al Gobierno de llevar a la sociedad a "la disolución de la democracia".