Lunes, 2 de Mayo de 2011

Guerrear por un templo hindú

 

 

LAURA VILLADIEGO ·02/05/2011 - 08:00h

PORNCHAI KITTIWONGSAKUL / AFP - Habitantes de la zona cercana a la frontera entre los dos países huyen por los combates.

La carretera que lleva desde Samrong hasta la frontera es una pista polvorienta y desierta. Sin motos ni coches. Nadie responde a las puertas. Las casas han sido abandonadas y sólo algunos perros las custodian. Los pueblos fantasma se suceden uno tras otro y sólo es posible ver algún militar que se dirige hacia lo alto de las colinas que separan Camboya y Tailandia o que descansa aprovechando un pequeño receso en los combates.

Los dos templos que coronan lo alto de esas colinas, Ta Moan y Ta Krobey, han sido, en los últimos diez días, el centro de los enfrentamientos armados entre Tailandia y Camboya, en una guerra que desde 2008 abre y cierra frentes en diferentes puntos de la frontera donde la soberanía es contestada por ambas partes.

Preah Vihear, un santuario hindú del siglo XI, suele ser el campo de batalla más habitual. En 1962, la Corte Internacional de Justicia lo declaró territorio camboyano y Tailandia reclama ahora una pequeña franja situada en la parte norte de la colina en la que se erige el templo. Fue la denominación de Preah Vihear como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO en julio de 2008 lo que desató la actual guerra.

Hasta el momento, ni los combates, ni sus posteriores treguas, han supuesto nunca un avance en las negociaciones sobre la frontera, pero han dejado a su paso miles de desplazados que, en algunos casos, como el de Preah Vihear, tienen que abandonar sus casas con regularidad. En Samrong, sin embargo, aunque se habían dado tensiones políticas, nunca se habían visto obligados a emigrar por los enfrentamientos. "No estábamos preparados para esto, nunca había habido problemas serios aquí", asegura Lem Peng Nae, una voluntaria de la Cruz Roja camboyana.

Lai Yeap es uno de los más de 40.000 camboyanos que han tenido que huir de sus casas desde que el pasado 22 de abril comenzaran los combates. "Teníamos miedo, empezamos a escuchar disparos y explosiones y decidimos marcharnos", dice este campesino, que ahora teme perder su cosecha. Él, como otros tantos, ha llegado hasta uno de los asentamientos, improvisado en una pequeña escuela infantil, en el tractor que utiliza para transportar el arroz y que, irónicamente, está fabricado en Tailandia.

También las pagodas de Samrong se han convertido en refugios provisionales para los desplazados, quienes han improvisado pequeños cobijos con lonas y ramas de árboles. Bajo las lonas, algunos yacen con desgana, debilitados por las enfermedades que empiezan a expandirse por los asentamientos o simplemente de aburrimiento, mientras que otros intentan matar el tiempo inventando juegos o haciendo arreglos a su pequeña tienda de campaña.

Lo más importante: el arroz

En Samrong, casi todos son campesinos y sólo entienden la política del arroz, que les dice que si no se dan prisa en volver este año perderán su cosecha. Ninguno entiende de conflictos de soberanía o relaciones internacionales, aunque casi todos saben que viven en un lugar delicado.

"Yo no soy ingenua, no sé por qué se están peleando pero sé que vivo en una frontera y que esto puede pasar", asegura Thang Rem, una mujer de 53 años que huyó de su casa durante el segundo día de los enfrentamientos.

Más lejos les queda aún la política nacional tailandesa y sus próximas elecciones en junio, cita electoral que es vista como la principal razón del aumento de la tensión en la frontera. La demarcación del territorio en la zona limítrofe con Camboya, especialmente en torno a Preah Vihear, se ha convertido en un asunto principal de la política interna de Tailandia, que vive polarizada entre los camisas rojas, procedentes de las clases rurales y menos favorecidas, y los camisas amarillas, una facción próxima al Ejército y a la élite. Estos han utilizado la guerra con Camboya para alimentar el sentimiento nacionalista y ganar apoyos entre la población.

Frágil alto el fuego

Pero ellos sólo hablan de volver, aunque pocos tienen esperanzas de hacerlo pronto a pesar del alto el fuego firmado el jueves. De momento no ha sido respetado y los tiros seguían resonando la pasada madrugada. "Han dicho que no había problema para volver, que era seguro, pero a las pocas horas estaban otra vez disparando. Yo no me fío", afirma Thy desde su refugio en la pagoda. Mientras, vuelven a sus juegos y a sus distracciones varias en espera de que les dejen vivir de nuevo en sus pueblos fantasma.