Viernes, 22 de Abril de 2011

Las revoluciones árabes provocan la más dura represión de los medios

Tras la muerte de dos fotoperiodistas en Libia, el CPJ denuncia una ola de ataques a la prensa "sin precedentes"

ISABEL PIQUER ·22/04/2011 - 08:00h

Fotoperiodistas lloran la muerte de Tim Hetherington y Chris Hondros, cuyos cadáveres son cargados en camiones en Misurata. ODD ANDERSEN / AFP

Cubrir guerras y revoluciones nunca ha sido un negocio fácil, pero los últimos acontecimientos en el Magreb y en Oriente Próximo han convertido el trabajo de los periodistas en una aventura extremadamente peligrosa. La muerte el pasado miércoles de dos eminentes fotógrafos, Tim Hetherington, codirector de Restrepo, un documental nominado a un Oscar, y Chris Hondros, de la agencia Getty, víctimas de disparos de morteros en la ciudad libia de Misurata, ha vuelto a poner de manifiesto que los informadores también pueden ser víctimas.

Atrapados en el fuego cruzado entre las aspiraciones democráticas de unos pueblos que han salido a la calle a protestar y la represión de sus regímenes dictatoriales, los periodistas han sido, en estos meses, el blanco de numerosos ataques directos. Diez de los catorce periodistas muertos este año trabajaban en Oriente Próximo o el Magreb.

Diez de los catorce periodistas muertos este año trabajaban en Oriente Próximo

"Esto no había pasado nunca, no con esta intensidad y no con esta frecuencia", dice Mohamed Abdel Daymen, coordinador de programa para el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ por sus siglas en inglés) en Oriente Próximo y el norte de África. El CPJ ha censado 500 ataques, "una cifra sin precedentes", desde el inicio de las revueltas.

En Libia, la organización ha documentado 80 ataques desde que empezaran las manifestaciones el pasado 16 de febrero: cuatro muertos, al menos tres heridos graves, 49 detenciones, 11 asaltos y dos expulsiones.

En este momento, cuatro periodistas siguen desaparecidos desde el pasado 4 de abril. El fotógrafo español Manu Bravo , dos colaboradores estadounidenses, Clare Morgana Gillis y James Froley, y el fotógrafo surafricano Anton Hammerl. Un portavoz del Gobierno de Gadafi ha asegurado que están en manos del Ejército y que deberían ser trasladados a Trípoli. "Estamos muy preocupados" sobre su situación, confesaba recientemente el portavoz de la Casa Blanca, Jay Carney. El jueves, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, exigió su liberación. Se suman a otros tres periodistas de Al Jazeera que llevan detenidos más de un mes por las fuerzas de Gadafi.

"Esto no había pasado nunca, ni con esta intensidad ni con esta frecuencia"

A mediados de marzo, soldados libios apresaron en Ajdabiya y detuvieron durante una semana a cuatro periodistas de The New York Times, Anthony Shadid, Stephen Farrell (que ya fue secuestrado en Afganistán y en Irak), Tyler Hicks y Lynsey Addario, que denunciaron luego haber sido maltratados.

La censura se agrieta

Paradójicamente, la situación de los periodistas locales y extranjeros se ha deteriorado cuando el acceso a la información empieza a abrirse en países donde los gobiernos ejercían un férreo control sobre los medios. "No es posible silenciar tantas voces", dice Dayem. "Antes el número de voces era limitado y [los gobiernos] podían callarlas a todas. Ese modelo ya no es viable".

"Antes el número de voces era limitado. Ahora es imposible acallarlas todas"

La muerte de Hetherington y Hondros ha tenido un gran impacto entre colegas de la profesión. "Tim Hetherington era un hombre valiente y bueno, y una persona sensible y honesta. Compartía con entusiasmo y generosidad sus dudas y aspiraciones", escribía en la página web de la revista The New Yorker, John Lee Anderson, que trabajó con Hetherington en Liberia y Guinea. "Al cubrir las guerras, Tim intentaba ver en las almas de los hombres unas verdades que se ven más en esas circunstancias, y compartirlas".

Sebastian Junger, el otro codirector de Restrepo, el documental que narra la lucha de los soldados estadounidenses en Afganistán, aseguraba en un comunicado que apenas podía creer la desaparición de su amigo. "No tengo palabras para expresar la pena que siento por su muerte".

El presidente Barack Obama, a través de un comunicado de la Casa Blanca, también lamentó el fallecimiento de los dos informadores. "Periodistas en todas partes arriesgan sus vidas para mantenernos informados, pedir cuentas a los líderes del mundo y dar una voz a los marginados. El Gobierno libio y gobiernos de otros países deben tomar medidas para proteger a los periodistas, que realizan un trabajo vital".

Los antiguos escenarios de conflicto también siguen cobrándose víctimas. El pasado octubre, Joao Silva, un galardonadísimo fotógrafo de The New York Times saltó sobre una mina personal a las afueras de Kandahar, en Afganistán, que le arrancó las dos piernas. Tras meses de convalecencia en un hospital militar de Washington, Silva ha salido de apuros pero quedará en silla de ruedas el resto de su vida. El fotógrafo surafricano formaba parte del llamado Bang Bang Club, un grupo de cuatro colegas, Silva, Greg Marinovich, Ken Oosterbroek y Kevin Carter, que capturaron las imágenes más dramáticas del apartheid.

El jueves se estrenó en Nueva York, en el festival de cine de Tribeca, la versión cinematográfica del libro escrito por Marinovich. Entrevistado en la emisora de radio NPR, el fotoperiodista comentó que la experiencia en cubrir guerras no exime del riesgo. "Son situaciones muy impredecibles, e incluso gente muy preparada a veces no sabe qué hacer. Todo cambia muy rápido. Estás comiendo un pincho moruno en un sitio exótico y de repente, sin avisar, te estás muriendo de miedo".

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