Domingo, 17 de Abril de 2011

Herta Müller contra el Estado asesino

La autora rumano-alemana recoge en 'El rey se inclina y mata' varios escritos autobiográficos con un hilo común: la vida bajo un régimen totalitario, el de Ceaucescu

JESÚS MIGUEL MARCOS ·17/04/2011 - 08:00h

Herta Müller ganó el Premio Nobel en 2009. GETTY

El problema era la palabra "maleta". Había que quitarla. La "maleta" no llevaba armas, ni droga, ni siquiera el botín del robo de un banco, pero la editorial rumana que editó el primer libro de Herta Müller censuró, entre muchas otras cosas, una "maleta". "La palabra se había convertido en una provocación porque el objetivo era crear un tabú de la emigración de la minoría alemana", escribe la autora rumano-alemana en El rey se inclina y mata (Siruela), que recoge varios escritos autobiográficos con un hilo común: la vida bajo un régimen totalitario, el de Ceaucescu, que gobernó Rumanía con brazo de hierro durante casi 25 años.

Cuando un Estado no permite que se escriba la palabra "maleta", es razonable pensar que está conduciendo a su población a una neurosis colectiva de grandes proporciones. Herta Müller expone sus traumas psicológicos en este libro con la transparencia de un diario íntimo, testimoniando desde la propia experiencia la asfixia a la que fue sometida la sociedad rumana en la segunda mitad del siglo XX.

"Después de mi primer libro, la gente de mi pueblo me escupía a la cara"

El rey se inclina y mata habla de miedo, y de cómo ese miedo se propaga en la conducta de las personas y, sobre todo, en su lenguaje y en la identificación de este con la patria. Para ella, el concepto de patria que defendía el Estado era "xenófobo y aberrante" y, citando a Jorge Semprún, corrige que "la lengua no es la patria, patria es lo que hablamos".

La lengua mata

Müller denuncia que en Rumanía y Alemania Oriental el lenguaje se manipuló de tal manera que ocultaba intenciones políticas o se desnaturalizaba para descargarlo de un contenido ajeno a los intereses del poder. "Tras la caída del muro, en la prensa alemana se publicaban una y otra vez ejemplos de la regulación lingüística impuesta por el régimen de la RDA. Monstruos lingüísticos [...], Figuras aladas de Fin de Año', se llamaba literalmente a las figuritas de ángeles para adornar el árbol de Navidad", escribe Müller.

Toda la infancia de Müller quedó marcada por ese miedo que lo invadía todo y que, finalmente, ha sido desentrañado a lo largo de su obra literaria. Tan dantesco era el clima en la Rumanía de Ceaucescu, que heredaban un concepto jurídico de los nazis: culpabilizar a los familiares de los delincuentes. "Después de mi primer libro, la gente de mi pueblo me escupía a la cara cuando se cruzaba conmigo por la calle", escribe desde Berlín. Su familia, que seguía viviendo en el pueblo, corrió una suerte similar: boicot y aislamiento de sus vecinos. "¿Es que no puedes escribir sobre otras cosa? Yo tengo que vivir allí, tú no", le dijo su madre.

Müller cuenta en primera persona las amenazas y los crímenes a los que fueron sometidos ella y sus amigos por un Estado represor. La figura del dictador (el rey) se convierte en una presencia real, íntima, que la estrangula y se adueña de su espacio y su tiempo: "El rey estaba en mi cabeza desde niña. Estaba dentro de las cosas. [...] Allí donde se presentara el rey había que contar con el daño inevitable".

No se puede salir del influjo del rey sin sufrir las consecuencias. Las amenazas se materializan y un amigo suyo aparece ahorcado en su casa: "Cómo debe ser estar en tu casa al caer la tarde y que llamen a la puerta, vayas a abrir y te ahorquen". Herta Müller tenía los ojos demasiado abiertos y lo ha contado, aunque se dijera: "No mires, o verás demasiado".