Domingo, 13 de Enero de 2008

La Telefónica se vuelve a abrir a Madrid

La sede de Gran Vía 28, edificio más alto de Europa cuando nació, refugio y torre vigía de los republicanos en la Guerra Civil, será un centro cultural y tecnológico

ANA TUDELA ·13/01/2008 - 20:35h

Sede de Telefónica, hoy.

31 de diciembre de 1936. Las tropas franquistas hace días que asedian Madrid. La Puerta del Sol no se da por aludida y absorbe hacia sí a sus madrileños (los nacidos en Madrid y los que no) para cantarles el Año Nuevo.

Doce pasos de reloj que el ejército sublevado, camuflado tras el ruido, acompaña con el disparo de doce obuses desde la Casa de Campo. Los proyectiles no pueden llegar a Sol y ocho de ellos se encaran con el edificio más alto de la ciudad, los 89,6 metros que se elevan en el número 28 de la Gran Vía.

Ese pedazo de la arquitectura estadounidense de los años 20 que se ha colado en España antes de que la dictadura eche el cerrojo al mundo exterior. El centro de las comunicaciones de la capital terminado en 1929, antes que el Chrysler Building y el Empire State. La Telefónica.

El que fue el edificio más alto de Europa durante unos meses y el más alto de Madrid durante décadas, lleva en sus entrañas tanta historia que sólo una estructura de rascacielos como la suya (un esqueleto metálico vestido con la fachada) imita su resistencia.

La eterna sede

Además de seguir siendo una central, que deja pasar por su planta quinta las voces de los abonados, nació sede social de Telefónica y no hay hoy quien diga que dejará alguna vez de serlo.

Después de mil rumores, alimentados por el reciente plan de desinversión inmobiliaria del grupo; a pesar de que 11.000 empleados de la compañía, incluidos directivos y presidente, trabajen ahora en Distrito C, a las afueras de Madrid; y a pesar de que sus pasillos se hayan vaciado de empleados y poblado de obreros que lo acicalan para su nuevo papel, seguirá siendo la sede de la que es hoy cuarta compañía de telecomunicaciones a nivel mundial. Goyito, el fantasma de monóculo y bastón que dicen habita en la planta novena, no tiene que hacer las maletas.

La puerta tanto tiempo condenada de Gran Vía quiere abrirse a la gente de forma permanente. Lo hizo en muy distintas circunstancias durante la Guerra Civil, como cuenta Arturo Barea en La forja de un rebelde al recordar que "Madrid estaba sufriendo hambre y los túneles del Metro al igual que los sótanos de la Telefónica estaban abarrotados por miles de refugiados".

Dio cobijo a la oficina de censura del bando republicano, que llevaba el propio Barea; fue el puesto desde el que se vigilaban los movimientos de los franquistas por las privilegiadas vistas del frente desde su planta decimotercera y el lugar al que corrían los corresponsales de guerra extranjeros para emitir sus crónicas. Y decir esto es decir Ernest Hemingway y John Dos Passos, esquivando el fuego mientras atravesaban la Gran Vía.

 A mediados de 2008, más de setenta años después, se inaugurará de nuevo el edificio que bautizó Alfonso XIII y volvió a inaugurar Juan Carlos I en diciembre de 1992 tras la última gran restauración.

Al acceder a su impresionante vestíbulo, los visitantes no verán ni a las telefonistas de antaño, ni el locutorio posterior. Sí el mármol, el artesonado del techo, la balconada de la entreplanta, el relieve en bronce que recuerda a los trabajadores de la compañía fallecidos y el mapa que sigue partiendo España en Castilla La Nueva y Castilla La Vieja.

Pero alrededor se encontrarán con un macroespacio cultural y tecnológico de 8.000 metros cuadrados que ocupará desde la planta baja a la cuarta, conectadas entre sí por una escalera mecánica interior. Un nuevo concepto ideado por DG, la misma compañía que diseñó el Apple Store de Nueva York.

La fachada no se toca, para tranquilidad del arquitecto que diseñó el edificio, Ignacio de Cárdenas, allá donde descansen sus huesos. Aquel 1 de enero de 1937, con la cara de la calle Valverde herida por los ocho obuses franquistas, Cárdenas marcó en rojo sobre los planos originales del edificio los puntos exactos de impacto. Iría plagando de puntos sobre el papel las fachadas de Gran Vía y de Valverde hasta que, al terminar la guerra, abandonó la visita a domicilio diaria y se marchó al exilio.

El arquitecto rebelde

Era su criatura. Antes de que en el solar elegido para levantarla entrase un solo carro de mulas, ya la sentía él como propia. Con el peso de haber sido nombrado el arquitecto del proyecto sólo dos años después de obtener el título, se enfrentó al americano que le intentaba convencer de replicar la Casa de las Conchas de Salamanca. "Soy cubista", le soltó a Louis S. Weeks al conocer esta idea y la intención de plagar la fachada con los escudos de las provincias de España. 

Telefónica había sido fundada en 1924 tras hacerse con ella la estadounidense ITT (International Telephone and Telegraph), que se había asociado con el Marqués de Urquijo, primer presidente de la compañía, y convencido al Gobierno de ser los perfectos impulsores de las telecomunicaciones españolas. Había entonces en España algo más de 78.000 líneas de teléfono de las que sólo el 28% era explotado por el Estado. La ITT venía con un ambicioso proyecto para cambiar esa realidad.

Nada parecía impresionar al arquitecto de plantilla Cárdenas, quien dejó escrito: "los americanos estaban en la idea de que en España estábamos atrasadísimos en todo lo relacionado con la arquitectura moderna y encontraron la solución a mi supuesta ignorancia enviándome a Nueva York, donde el arquitecto de la ITT me orientaría. Aclaro que esto yo lo consideré normal pues mis pocos años tenían que inspirar poca confianza".
En Nueva York es probable que conociese la más representativa central telefónica estadounidense de los años 20, el BarclayVesey de Ralph Thomas Walker.