Archivo de Público
Miércoles, 9 de Marzo de 2011

El dictador que se esconde tras el fantoche

·09/03/2011 - 16:45h

Sus extravagancias, su desfigurado rostro de anciano que trata de conjurar el paso del tiempo con tinte capilar y bótox, su guardia de amazonas y la jaima que le acompaña en sus viajes han servido al dictador sanguinario que es Muamar Gadafi (Sirte, 1942) para esconderse detrás de la figura del fantoche al que hasta hace poco se recibía con alfombra roja en Europa.

La paradoja habita en la biografía del tirano libio. El hombre que ahora aplasta a los sublevados olvidando que un día alabó, en una entrevista con Oriana Fallaci, las revoluciones que surgen de las masas, nació en una  jaima de la tribu Gaddafa, pastores beduinos del desierto de Sirte. Fue un niño soñador, que a los diez años quedó prendado de una utopía: la unidad árabe. Su adolescencia y juventud fueron las de un rebelde y a los 14 años ya había montado una célula anti monarquica.

Difícilmente se reconoce al líder de hoy en las fotografías del inteligente y apuesto estudiante que fue Gadafi. Se graduó en Derecho en la universidad de Bengasi, pero para el joven cuyo ídolo era Gamal Abdel Nasser, el padre del panarabismo, la opción militar estaba escrita en su destino.Tenía sólo 27 años cuando se convirtió en el cerebro del golpe de Estado que acabó de forma fulminante con la monarquía en Libia.

Pero el joven capitán pronto adoptó el puño de hierro. También un programa de nacionalización parcial de la explotación del petróleo del país, que trajo de la mano el desarrollo económico de Libia de estas últimas cuatro décadas. Al régimen de Gadafi le deben los libios la implantación de servicios sociales gratuitos en el país y un nivel de vida que sigue siendo uno de los más elevados del mundo árabe.

El precio que pagaron por ello fue el de la libertad. El aún popular líder prohibió pronto el derecho de huelga, impuso la censura y adoptó una legislación “contrarrevolucionaria”, cuya ambigüedad permitía al régimen castigar, incluso con la pena de muerte, cualquier oposición política. Las purgas empezaron. Poco quedaba ya del joven al que Nasser había definido como “escandalosamente puro e inocente”.

El personalismo de su régimen avanzó al tiempo que sus extravagancias aumentaban y sus uniformes se poblaban de condecoraciones autoimpuestas. En un paso más hacia un sistema que giraba en torno al culto a su persona, Gadafi presentó en 1975 su Revolución Cultural. Sus tesis, que desarrolló en el famoso Libro Verde, partían de la necesidad de derrocar a todos los gobiernos del mundo para reemplazarlos por el gobierno directo de Dios, la sharia y la consulta directa del pueblo.

Así se instauró un régimen, que luego bautizó con el neologismo inventado por él de Jamahiriya (algo así como “Estado de Masas”), donde la ley islámica regía la conducta moral, mientras que la legislación de los aspectos que no se recogían en las fuentes del Derecho islámicas se reservaba a las instituciones de “democracia directa” que había ideado. Éstas consistían en comités populares, locales, regionales y nacionales, en los que debían participar todos los libios, pero que en los que al final mandaban sólo los adeptos al régimen.

La ficción de esta democracia era tal que el autócrata no tuvo necesidad ni de mantener sus cargos. En 1979 renunció a todos ellos y se nombró Lider Supremo. Nada cambió, pues Gadafi siguió ejerciendo un poder absoluto, como siempre había hecho.

Mientras en su país reprimía con mano dura cualquier disensión, el Hermano Líder se embarcaba en sucesivas aventuras fallidas; la primera, la unidad árabe, sobre todo con Egipto, pero también con Siria y Túnez. Después, volvió sus ojos a África, con resultados más que desastrosos, pues Gadafi dio su apoyo a dictadores sangrientos, como Idi Amín Dadá, o el ex presidente de Liberia y presunto criminal de guerra, Charles Taylor, y participó en guerras como la de Chad, en la que sus tropas sufrieron un severo descalabro.

Bastaba con que un grupo se declarara antiimperialista para que el líder libio se convirtiera en su mecenas, con armas y  dinero. Sus patrocinados fueron desde los Panteras Negras en EEUU, al IRA y, sobre todo, los grupos extremistas palestinos. Se cree que los fondos del petróleo libio financiaron también a ETA.

A finales de los 70, EEUU lo consideraba ya el “perro loco de Oriente Próximo”, como lo definió Ronald Reagan. Una enemistad cuyo punto culminante fue el brutal ataque aéreo norteamericano que en 1986 le costó la vida a su hija adoptiva Hana y a otros 39 libios.

Se cree que, buscando la revancha, Gadafi ordenó el atentado contra el Boeing 747 de Pan Am que se desintegró en 1988 sobre la localidad escocesa de Lockerbie: 270 personas murieron. Éste y otros atentados en los que se adivinó la sombra de Trípoli terminaron por hacer de Libia un paria, sometido a severas sanciones de la ONU, EEUU y la UE, un castigo del que quedaron exentas las exportaciones de petróleo del que eran clientes los países occidentales.

El ostracismo de Libia empezó a vislumbrar su final en 1999. Poco a poco, y al hilo de su adhesión a la lucha antiterrorista, del pago de compensaciones a las víctimas de los atentados que se le atribuían y de su renuncia a fabricar armas de destrucción masiva, Gadafi volvió a ser admitido en la comunidad internacional.

Occidente cerró entonces un ojo ante su turbio pasado y sobre todo ante la represión que sufrían los libios.  El legado de su régimen incluye la tortura, los asesinatos, las desapariciones forzosas y una Justicia indigna de ese nombre. Organizaciones como Amnistía Internacional calificaban, ya antes de la rebelión, la situación de los derechos humanos en este país magrebí como "desesperada".

Nada comparado con los beneficios que Europa y EEUU empezaron a ver en estrechar lazos con Libia. Un panorama de lucro que empezó a firmar invitaciones al estrambótico líder para viajar, con su jaima y su ejército de amazonas supuestamente vírgenes, a países como Francia e Italia. También España, que visitó en 2007.

Incluso Obama invitó al tirano a la cumbre de G-8 en 2009. Para entonces ya se hablaba más del día que orinó en la sala plenaria de una cumbre de la Liga Árabe, o de su costumbre de llevarse una camella siempre consigo para beber su leche, que de la tiranía que sufrían los libios.