Sábado, 12 de Enero de 2008

Ángel o Ángel

Muere a los 82 años de edad el poeta que sobrevivió a la depresión de los años más oscuros de este país, gracias a un sentido del humor con el que jugó para reírse de la desdicha.

PEIO H. RIAÑO ·12/01/2008 - 22:07h

Noemí Villamuza - María Eloy-García: "Perder la estructura y el verbo, tirar por el suelo cuerpo y todo, morir para siempre y vivir sin embargo... nos queda a todos su obra sencilla. Yo ya tengo un ángel que me guarte, un ángel sencillamente González.

Siempre maestro de poetas, siempre primera referencia de la etapa lectora más intensa de cualquier escritor, que va de los 18 a los 25 años, siempre cerca de las generaciones más jóvenes. Siempre en la ciudad. Después de la generación deslumbrada por las luces de la urbe, llegaron los poetas de la del 50, naturales de los ruidos y el tumulto.

Poetas de la noche y la charla a deshoras. Ángel González (Oviedo, 1925) fue poeta de la calle, no porque se acercase con el oído fino a la gente –que ya la conocía de nacimiento-, sino porque fue la voz del testimonio que bullía a su alrededor. La voz de la experiencia, con origen de sufrimiento. Una voz ruda, crítica y certera contra la indiferencia ante la miseria de los peores años de nuestra historia.

El último libro publicado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1985) fue “Otoños y otras luces”, en 2001, pero no queremos olvidar otros títulos como Áspero mando (1956), Sin esperanza, con convencimiento (1961), Grado Elemental (1962), Tratado de Urbanismo (1967), o 101+19=120 (2000).

En 1972 hizo un corte de manga y dejó a todos en España aguantando al pequeño dictador y su Dictadura. Llegó a Albuquerque (Nuevo México) no para vivir en el exilio, sino para vivir como él quería. Se marchó de aquí porque “parecía que esto no iba a acabar nunca”, como él mismo decía.

Todo un rebelde crispado, irónico y coloquial, eficaz en la sátira y contundente en las imágenes más crudas contra la injusticia. Resultó que su poesía había superado el discurso social, la queja y el llanto, en el que habían quedado atrapados sus compañeros, y se convirtió en el poeta del testimonio-