Sábado, 12 de Enero de 2008

Balas de plata

Zapatero no distingue entre ‘Nuevo' y ‘Viejo Testamento' al aplicar el principio utilitarista

GONZALO LÓPEZ ALBA ·12/01/2008 - 18:44h

Las balas de plata no estallan, tienen un bajo coste y un imponente poder de penetración que permite disparar a gran distancia. Son las que utiliza José Luis Rodríguez Zapatero para prescindir de aquellos que ya no le son útiles, por mucha que haya sido la cercanía, del mismo modo que no penaliza los antecedentes de divergencia en quienes reúnen las cualidades que, en cada momento, juzga idóneas para un determinado cometido.

 

Aunque sin adornarse de la chulería andaluza de Felipe González -"a mí nadie me echa un pulso"-, Zapatero no es en esta concepción utilitarista diferente a los demás presidentes, aunque le gustaría serlo, o parecerlo. Basta con rascar un poco en los orígenes de su trayectoria como dirigente del PSOE en León: "Amigo, adversario, derrotado. Alguien más o menos crucial en la trayectoria de Zapatero, aliado en alguna o varias contiendas, termina por pasar al otro lado, enfrentarse a él y caer derrotado" (Zapatero, Óscar Campillo).

Al fin y al cabo, la autoridad dura lo que dura el éxito, por lo que la cadena que arrastra todo líder es lograr el triunfo permanente o desaparecer.


‘Mártires' del ‘zapaterismo'


El registro de sacrificados en la pira del poder, que se ha engrosado al paso de la confección de las listas electorales, diseñadas con cientifismo demoscópico y aprobadas ayer por el Comité Federal del PSOE, empieza a ser abultado. Pese al empeño de los miembros de la vieja guardia en presentarse como víctimas selectivas de una implacable renovación por criterios de edad, un somero repaso demuestra que Zapatero no hace distingos entre miembros del Antiguo y del Nuevo Testamento socialista. Más aún: en el encabezamiento figuran varios de los fundadores de Nueva Vía, el grupo que le aupó al liderazgo.

Los damnificados reciben el impacto haciendo coros al estribillo de Despistaos: "Será esta espera lo que me mata/tus silencios son balas de plata". El primer despistao fue Germà Bel. En un visto y no visto pasó de ser el primer apóstol del zapaterismo en Catalunya a convertirse en su primer mártir. Bel se saltó la consigna de neutralidad formal impartida por José Montilla durante el proceso previo al XXXV Congreso y el primer secretario del PSC, que tiene una concepción militarista de la disciplina, le impuso un veto al que el destinatario respondió con el exilio académico en EEUU.

La palma del martirologio zapaterista se la lleva Antonio Cuevas, otro de los fundadores de Nueva Vía, que por aquellas mismas fechas se convirtió en el primer chófer y portavoz oficial del que dispuso Zapatero. A Cuevas, que desempeñó un papel determinante en la crucial quiebra de la apuesta de Andalucía por Bono, le marcó con el estigma de proscrito Manuel Chaves y, pese a su ejemplar hoja de servicios, no ha pasado de presidente de la Comisión de Industria del Congreso. Entre sus muchos méritos, quizás el más elevado sea ennoblecer la condición de político con una trayectoria en la que siempre ha antepuesto sus utopías a la ambición de moqueta, con la sabiduría de quien conjura cualquier posible amargura política con la felicidad personal.

Otros dos fundadores de Nueva Vía están en la lista de semidesterrados: Jordi Sevilla y Juan Fernando López Aguilar. Ellos, al menos, saborearon las mieles de una cartera ministerial antes de beber la cicuta de la postergación, al menos temporal. El utilitarismo de Zapatero no es unívoco. Miguel Sebastián, que sacrificó su cómoda e influyente posición en la Oficina Económica para asumir el embolado que nadie quiso de ser candidato a la Alcaldía de Madrid, purga su fracaso electoral alejado del foco público, pero Zapatero sigue recabando sus opiniones y es asesor del Comité Electoral del PSOE. Y a Jesús Quijano, su mentor político, le acaba de repescar para las listas al Congreso, por no hablar de José Bono.

Entre los que no contaron y los que dejaron de contar, o están en el dique de reparación, se inscriben los nombres de los que se fueron dando un portazo, asfixiados en la sonrisa envolvente de Zapatero. La primera fue la ex ministra Cristina Alberdi, a la que pronto dio cobijo el PP en la Comunidad de Madrid; la última, Rosa Díez, que nunca logró asimilar su derrota en el XXXV Congreso.

Pasqual Maragall es caso singular y aparte. Accedió a la presidencia del PSC para aspirar al gobierno de la Generalitat y, empujado por Zapatero y Montilla para que no optara a la reelección, renunció al carné por el procedimiento burocrático de dejar de pagar la cuota de militancia en un partido que utilizó como imprescindible plataforma, pero en cuyo modelo nunca creyó intelectualmente.

El extremeño Ibarra, que -según le dé el aire- conjuga el elogio público con la crítica privada a Zapatero, dejará la secretaría regional del PSOE tras el 9-M. Dice estar preparado para viajar en el último asiento del autobús, pero el proceso de confección de las listas ha revelado que tampoco él resiste la tentación de ser reina madre tras abdicar del trono.

El "no" de Manuel Marín

En el repertorio de damnificados ocupa lugar especial Manuel Marín, que deja la política en radical disconformidad con la forma en que la interpreta Zapatero. Marín es uno de los pocos, si no el único, que le ha dicho "no" al presidente, no a un destino de resarcimiento, como han recibido todos sus ex. Una negativa que disgusta especialmente a Zapatero porque le priva de la última palabra, del privilegio de la reparación que distingue al jefe magnánimo.

Las listas para marzo han confirmado la jubilación de otro ramillete de dirigentes que marcaron época y lograron sobrevivir a la era felipista. Joaquín Leguina, José Acosta, Victorino Mayoral o Tomás Rodríguez Bolaños son algunos de los históricos que no volverán a ser diputados. No todos ni siempre se han mordido la lengua. La mayoría, no obstante, ha callado más de lo que ha dicho. Acosta, consciente de su destino, repartió en Navidades un lote de ejemplares de El discurso fúnebre de Pericles, escrito por Tucídides, en el que puede leerse: "(...) habría bastado, tratándose de hombres buenos por sus hechos, con que se les honrara también con los hechos"; y también: "(...) la pena no viene de la privación de los bienes que no se han experimentado, sino de la pérdida de aquello a lo que uno había llegado a acostumbrarse".