Martes, 2 de Octubre de 2007

La vida también podría existir en planetas sin sol

Los expertos creen que el calor necesario para mantener agua líquida en estos cuerpos celestes procede de la radiactividad interna y la gravedad de un satélite

DANIEL MEDIAVILLA ·02/10/2007 - 21:05h

Cuando se mira hacia el espacio para buscar nuevos mundos que puedan albergar vida, se piensa, a menudo, en lugares con características similares a las de la Tierra. Sin embargo, según plantean dos científicos estadounidenses de la Universidad de Pensylvania y el Carnegie Institute de Washington, en un artículo que publicará Astrophysical Journal Letters, también existen posibilidades mucho menos convencionales. Entre estos originales continentes de vida, se encontrarían los astros bautizados como planetas huérfanos: cuerpos celestes sin un sol en torno al que girar y del que recibir calor y, aun así, capaces de albergar vida en su interior.


Todo habría comenzado en un joven sistema solar. Allí, un planeta similar a la Tierra en formación gira junto a su satélite cuando se produce el encuentro fatídico. Otro cuerpo más grande, del tamaño de Júpiter, se acerca a su órbita y le hace descarrilar. No hay colisión, pero la interacción entre las dos fuerzas gravitatorias hace que el planeta menor salga despedido, y se pierda en la oscuridad y el frío del espacio profundo.Sin la energía de una estrella cercana, cabría pensar que  el huérfano interestelar sería estéril sin remisión, pero astrónomos como Steinn Sigurdsson y John Debes, autores del artículo, creen que existen posibilidades de que esto no suceda exactamente así.


El planeta sería expulsado de su órbita durante la etapa de formación. En ese periodo, el calor de la estrella aún no ha evaporado la densa atmósfera de hidrógeno que poseen todos los cuerpos de un sistema solar cuando son jóvenes; esto le proporcionaría un manto con un intenso efecto invernadero, que le permitiría mantener la temperatura.


Además, contaría con dos fuentes de calor. Desde el interior, la radiactividad natural elevaría la temperatura lo necesario para mantener agua líquida y desde el exterior, la gravedad del satélite que fue desterrado junto con su planeta proporcionaría una calidez adicional a través de su fuerza gravitatoria.


Este último efecto, denominado calentamiento de marea, pierde su intensidad con el paso del tiempo; pero, según los investigadores, durante varios cientos de millones de años doblaría el efecto del calentamiento interno y ofrecería un impulso crucial para la aparición de los primeros organismos.


Después, los seres vivientes podrían adaptarse al gradual descenso de temperaturas. Los autores creen que estos planetas serían detectables mediante un telescopio espacial. Un aparato, concluyen, “que se puede construir, pero que aún no existe”.