Archivo de Público
Viernes, 21 de Enero de 2011

España se ilusiona

Los de Valero logran un épico empate ante Francia. El pase a la segunda fase con tres puntos acerca las semifinales

MIGUEL ALBA ·21/01/2011 - 01:00h

Los jugadores españoles celebran ayer el empate ante Francia.reuters

España no se sentía. Y el bajón auguraba la normalidad. La derrota predestinada ante Francia. El equipo de las tres estrellas en el pecho de Karabatic y Omeyer. Las dos genéticas contra las que España se minimizó durante más de 50 minutos. Los de Valero aparecieron, sin embargo, de repente. Cuando en uno de esos arrebatos de caza lograron saltar la frontera de los dos goles de desventaja. Fue el momento de soltar los miedos. Lo consiguió Albert Rocas (28-27), el ídolo de Xavi, el pelotero del Barça, con un giro de muñeca que lamió el flequillo de Omeyer. Se gustó, una jugada después, ya con Francia en inferioridad (exclusión de Dinart) hasta 14 segundos del final, en otro vuelo de extremo puro.

España se encontraba con el empate el tercer punto en el viaje a la segunda fase, un premio que facilita el tránsito hasta las semifinales. La explosión de adrenalina indagó en la gesta. Pero el poste ejerció de Omeyer en el latigazo de Chema Rodríguez. El balón le regaló a Francia 17 segundos y un tiempo muerto a Onesta. Estrategia pura para Karabatic. Pero el partido murió en un vuelo interminable de Abalo, el Jordan en el balonmano, un lanzamiento de saltimbanqui y la frustración ante Sterbik.

España estalló de fiesta. Siguió explorando las cuotas de su proyecto, su carácter, tras un partido mayoritariamente inexpresivo pero con una gran reflexión: quiere ser como antes. Durante 50 minutos, La Roja apenas tuvo lívido en defensa. Su punto de partida. Valero apelaba a la mala leche con una obligación táctica. Retocar el 6-0 con un avanzado en cuanto Karabatic flotaba. La orden encorajinó al grupo para engañar con un mayor volumen defensivo difuminado (5-3) en cuanto Francia aireó potencial.

Entró el partido entonces en una continúa sucesión entre el dogma de fe (se puede competir) y el pesimismo estridente (son muy superiores) en España. El circunloquio de emociones pendía de los márgenes en el marcador. En ese tobogán, los de Valero regalaban huecos a la primera línea francesa como recuperaban el atrevimiento de Alberto Entrerríos. Un juego de sonrisas y gesto torcido (27-21, min. 50) ajeno a Francia. Los de Onesta se dejaron llevar por ese runrún cansino de superioridad que no encontró un cambio de marcha cuando se lo exigió España.