Martes, 8 de Enero de 2008

Anarquista y navajero

JESÚS CENTENO ·08/01/2008 - 21:21h

CAC FONTAINEBLEAU - Ficha policial del pistolero anarcosindicalista Felipe Sandoval tras su detención en 1925.

Esta es la historia de un hombre desgraciado llamado Felipe Sandoval. Una historia patria de pistoleros y revolución en los años de agitación previos a la Guerra Civil. 

Hasta ahora, Sandoval no era más que un criminal de biografía convulsa. Hoy, esa vida ha sido revisada gracias al obsesivo trabajo de Carlos García-Alix, que ha elaborado El honor de las Injurias, un documental sobre este albañil y navajero, fugitivo y verdugo de aristócratas del Madrid de los años 30.

La cinta, narrada por el propio García-Alix y realizada en un 80% con material de archivo, tiene su punto de partida hace más de diez años, cuando el artista leyó las memorias de Eduardo de Guzmán, editadas tras morir Franco.

En ellas habla de un "despiadado asesino" con el que compartió celda. García-Alix quedó intrigado con el personaje, un tal Felipe Sandoval, un matón que sufrió las desigualdades desde su nacimiento y que abrazó la causa revolucionaria bajo las filas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

Un delincuente poco común
"¿Qué puede hacer un hombre que ha venido al mundo con un trapo delante y otro atrás más que trabajar, robar o mendigar?", se pregunta el escritor Ramón J. Sender en 7 domingos rojos. Sandoval era uno más de entre aquella pobre gente trapera, famélica, entumecida por el frío y de facha repulsiva nacida finales del XIX en los bajos fondos de Madrid.

Sandoval pasó su infancia en un orfanato y en su juventud consiguió trabajo como albañil, al tiempo que daba sus primeros pasos como delincuente, lo que le valió el exilio en París.

Allí, en torno a 1926, tomó asiento en las tertulias de Juan García Oliver, el fundador del grupo armado Los Solidarios, que había sido formado en respuesta a la guerra sucia emprendida por sectores patronales y gubernamentales contra los sindicatos.

Pero Sandoval tenía sus propios planes. Volvió a Madrid, y durante años organizó diversos asaltos para financiar el anarquismo de la ciudad. El más espectacular de todos ellos tuvo lugar el 9 de abril de 1932, en la sucursal del banco de Vizcaya de la glorieta de Bilbao y a plena luz del día. Allí, a punta de pistola, ocho individuos se apoderaron de 40.000 pesetas y huyeron en automóvil por Alberto Aguilera.

Para algunos, Sandoval no era más que un maleante, "un truhán que no sabe de ideas. Solo de estafas y del regusto ácido de la mala vida", escribe el diario Nuevo Mundo.

Tras el robo de un arsenal de armas es detenido y trasladado a la cárcel de Colmenar Viejo, de la que se fuga tras herir a uno de los encargados de la prisión.

De ladrón a policía
Al estallar la guerra, muchos miembros de la CNT pasaron a la checa de Fomento, oficialmente llamado Comité Provincial de Investigación Pública de Madrid, cuya función era unificar y controlar la represión contra los sublevados.

El viejo Felipe, siempre dispuesto, repartió justicia. Como otros hombres que antes fueron proscritos, se convirtió en policía de la revolución. Y también organizó, en agosto del 36, el asalto de la cárcel Modelo de Madrid que acabó con la matanza de presos políticos de derechas.

Después fue espía para la CNT en Barcelona y Valencia. Volvió a Madrid enfermo y de-sengañado. La guerra estaba perdida y la revolución no era más que un recuerdo.

En 1939 es detenido por la Expedición de los 101, que se dedicaba a buscar a dirigentes políticos y sindicales. Obligado a confesar, fue objeto de repudio de sus compañeros. Según García-Alix, "se arrojó al vacío, poniendo así punto final a su tremenda vida y convirtiéndose en el asesino de sí mismo".


Madrid y Barcelona, ciudades de pistoleros

 "¡Caigan los asesinos del pueblo! ¡Ninguna caridad para los asesinos nuestros!", clama el diario del sindicato de la CNT (que tenía un millón y medio de afiliados en 1936) pocos días después de la sublevación franquista. "Manos a la obra. ¡Acción y tiro certero!". Ya durante los años previos a la guerra, Madrid y Barcelona se habían convertido en ciudades de pistoleros en un tiempo en que España vivió uno de los movimientos anarquistas más importantes de Europa. Eran los tiempos de la gimnasia revolucionaria, importada de la Escuela de Combat de París. Bajo el liderazgo de los García Oliver, Durruti, Ascaso o Ranz Beci, los anarquistas protestaron frente a lo que consideraban una República antiobrera y represora. Convirtieron cada huelga en enfrentamiento directo con el Estado. La mayoría de ellos eran obreros, camareros, limpiabotas o diversos empleados que, de-sencantados, se habían afiliado a la CNT y la UGT. Desde su posición de sindicalistas, propagaban la revolución del socialismo libertario, que creció gracias a la acción y el compromiso de estos hombres sencillos, como Cipriano Mera, albañil y conspirador en la sombra, organizador de disturbios y fabricador de explosivos, enlace y agitador de huelgas estudiantiles. Su objetivo, precipitar en Madrid la polarización de los obreros desde la industria de la construcción. La revolución nunca tuvo éxito en la capital, pero sí en Asturias, tras la huelga de 1934. La República mantuvo el orden y las prisiones se llenaron de sindicalistas. Tras la victoria del Frente Popular en 1936 y con el estallido de la guerra, todos cerraron filas para combatir el fascismo. Durante los primeros meses del conflicto, el vacío de poder dio lugar al verano de la anarquía. La industria catalana, por ejemplo, fue gestionada por trabajadores y sindicatos al tiempo que se creaban nuevos centros sociales y se impulsaban movimientos como Mujeres Libres, que combatió el papel tradicional de la mujer en la sociedad.