Sábado, 5 de Enero de 2008

Fago, el pueblo que guarda silencio

Los vecinos de la aldea siguen divididos un año después del asesinato de su alcalde

RAMIRO VAREA ·05/01/2008 - 19:59h

Un vecino descansa en la Plaza Mayor de Fago. / MÓNICA PATXOT

Ocurrió el 12 de enero de 2007, a la salida de una curva de la pista que une Fago con la civilización. Allí, con la noche ya caída y tras tenderle una emboscada, alguien descerrajó un disparo mortal con postas a poca distancia. Después, lanzó el cadáver de Miguel Grima, el alcalde, por un barranco y ocultó su coche a pocos kilómetros.

Los apenas 20 vecinos de Fago, un pueblo de aspecto idílico oculto entre dos valles del Pirineo aragonés, no olvidan la tragedia que conmocionó el lugar hace un año. Pero no lo dicen. Es un tema que nadie, o casi nadie, quiere remover. Y menos estos días, cuando se va a cumplir el primer aniversario del asesinato.

Fueron días de ajetreo en la diminuta aldea pirenaica. De desconfianza entre sus vecinos, de recelos, de hermetismo absoluto. Todos sospechaban de todos. Periodistas de toda España llegaron hasta este rincón recóndito para ver qué sucedía. Muy pocos habitantes hablaban. Sólo el guarda forestal del pueblo, Santiago Mainar (antiguo amigo y rival declarado de la víctima), se atrevió a dar la cara ante los medios.

Pocas semanas después, fue detenido como presunto autor del crimen. La Guardia Civil había identificado restos orgánicos de Mainar en el coche de Miguel Grima. El forestal acabó por declararse culpable, aunque se desdijo semanas después. La escopeta nunca apareció. Hoy, Santiago Mainar reitera su inocencia desde la prisión de Zuera (Zaragoza). La Audiencia Provincial de Huesca juzgará al supuesto asesino, previsiblemente este año.

Mutismo total

Un año después, en Fago impera el silencio. Suenan ladridos de perros. Se escucha alguna que otra puerta entreabriéndose. Ruge algún todoterreno que circula por la pista que lleva al pueblo de Ansó. Cruje el suelo helado que se deshace por el sol. "Andad con ojo, que resbala y podéis caer mal", advierte un vecino mientras evita la mirada del forastero.

El local de reunión social de la aldea, mitad tienda, mitad bar, también está cerrado. "Se han ido. Vuelven mañana", dice otro hombre. Sus respuestas son lacónicas. Contesta con monosílabos: "sí", "no", "no sé", "adiós". Con las manos en los bolsillos, se encierra en su coche y huye a toda prisa, incómodo ante la presencia del desconocido.

Porque en las calles de Fago casi nadie habla. Tampoco olvidan. Y aunque no lo admiten, el recuerdo de Miguel Grima se mantiene vivo. Un monolito levantado por familiares y amigos del alcalde fallecido recuerda el punto exacto donde fue "vilmente asesinado", en una cuneta situada a once kilómetros del pueblo.

Un poema de Bertolt Brecht elogia a los hombres "imprescindibles". Junto a ramos de flores de plástico, otras coplas glosan la figura de Miguel Grima. "En Fago hubo un alcalde / que fue un alcalde ejemplar / y por ser alcalde recto / lo tuvieron que matar", reza una de las estrofas. El autor de las rimas, anónimo, cuenta en otro de sus versos que "todos los vecinos del pueblo / eran los que le votaban / pero había unos forasteros / que eran los que le odiaban".

"Fago no es New York"

En Fago, ningún vecino quiere recordar lo que sucedió hace un año. Ni, por supuesto, nadie menciona el nombre de Grima, a pesar de que la firma del alcalde asesinado aparece en los bandos municipales que aún permanecen colgados en el cartel de avisos del Ayuntamiento.

En el bar, otro gigantesco panel destaca en letras rojas que Fago "no es New York", y critica las tasas municipales (de hasta 250 euros al mes) que Miguel Grima impuso en 2005 para mantener abierta la terraza del establecimiento. Sus propietarios no se han molestado en retirarla, a pesar de la tragedia que azotó el pueblo. Y a escasos metros de allí, la casa rural que levantó el antiguo alcalde continúa cerrada.

El pasado mes de mayo, Enrique Barcos (Partido Aragonés), sustituto de Grima al frente del consistorio, fue reelegido alcalde de Fago. Su furgoneta blanca está aparcada en la puerta de su casa. "¿Sabe si está el alcalde?", pregunta el periodista a un hombre de mediana edad. El hombre apresura el paso, agacha la cabeza y, antes de ocultarse tras una puerta, murmura "sí, está en su casa", antes de desaparecer.

Pero Enrique Barcos no contesta, tal vez porque no ha escuchado los múltiples golpes del picaporte que suenan en su puerta. Ni siquiera los ladridos de sus perros le inmutan. A 50 metros, dos ancianos disfrutan de los pocos rayos del sol de invierno que caen en la montaña. "Los fagotanos somos gente tranquila", comenta uno de ellos. Es reacio a hablar hasta que, finalmente, reconoce que "el pueblo está dividido", y define a la víctima como "una persona chinchosa y revoltosa", que "no sabía convivir en un lugar tan pequeño". "Hace unos años, en Fago éramos una piña y hoy está la cosa mal", concluye.

Otro vecino asiente, pero no abre la boca. De repente, una mujer increpa al reportero. "¡Dejad ya de molestar a la gente, fuera de aquí. Largaos!", grita muy enojada. Anochece en Fago. Mañana volverá a amanecer en este pueblo idílico del Pirineo aragonés.

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