Domingo, 30 de Mayo de 2010

"No tenían una sola prueba contra mí"

Un empresario pasa 15 meses en prisión acusado de abusar de dos niñas por una denuncia falsa

MAGDA BANDERA ·30/05/2010 - 08:00h

Josá Almirall, ayer, en Vilanova i la Geltrú, intenta volver a la normalidad y preservar su intimidad. - Carles Castro

Hay frases que se le han quedado grabadas. La primera, la que le dijeron los Mossos d'Esquadra que fueron a detenerle aquel sábado, a las 10 de la mañana: "Míralo todo bien, porque vas a pasar mucho tiempo sin verlo". El resto prefiere no repetirlas. Cuando te acusan de abusar de dos niñas, de ocho y diez años, a cambio de caramelos, como le sucedió a José Almirall el 8 de abril de 2008, estás expuesto a oír todo tipo de barbaridades. "Muchos medios me llamaban directamente el pederasta de la tienda de golosinas de Vilanova i la Geltrú, sin usar siquiera el presunto", denuncia.

Para este empresario de 35 años, la pesadilla acabó el pasado viernes, cuando la sentencia, dictada por la sección novena de la Audiencia de Barcelona, señaló las "evidentes y clamorosas contradicciones" de la parte acusadora. También concluyó que todo fue una "maniobra" de venganza. La argumentación de las madres de las menores, dos ex empleadas a las que Almirallhabía despedido tras detectar hurtos en su panadería, se vino definitivamente abajo en el juicio, celebrado el 23 de julio de 2009.

Para entonces, Almirall ya había pasado 15 meses en prisión preventiva sin fianza en la cárcel Modelo de Barcelona. Durante ese tiempo, supo de la presión a la que fueron sometidos sus padres, sus hermanos y su pareja, con la que acabó rompiendo. También tuvo que cerrar tres de sus cuatro negocios, entre ellos, la tienda de golosinas. "Los monté durante los últimos siete años, en los que sólo he tenido dos días de vacaciones. Aparte del tiempo en La Modelo", dice.

"La Modelo es deprimente, una cárcel vieja, de más de cien años"

Almirall tiene cara de cansado. Ayer empezó a trabajar a las cinco de la mañana en la panadería, el único negocio que pudo salvar. "Nada más salir de la cárcel, pasé un par de semanas en casa de mis padres, sin hacer nada". Necesitaba tranquilidad para afrontar, entre otros, los comentarios de quienes necesitaban verle en la calle para desterrar el latiguillo de "algo habrá, cuando aún está encerrado".

"La Modelo es deprimente, una cárcel vieja, de más de cien años. No le deseo a nadie estar allí", asegura. Ni siquiera a las cinco personas que le destrozaron la vida y que ahora están imputadas por falso testimonio, falsa denuncia y detención ilegal.

Indignación con los Mossos

No expresa rabia al hablar de ellas. En cambio, sí es contundente al hacerlo de los Mossos que llevaron la investigación y de los medios de comunicación. "No tenían una sola prueba, pero surgían las comparaciones con el caso de Mari Luz y a mí nadie me hacía caso. Me acusaban de abusar de las niñas en la tienda de golosinas por las tardes, a las 20.30. Si hubieran ido a mi restaurante, cualquiera les hubiera dicho que a esa hora yo trabajaba allí", argumenta.

"Si hubieran ido a mi restaurante, cualquiera les hubiera dicho que a esa hora yo trabajaba allí"

Tampoco sirvió que les explicara que unos días antes de su detención había denunciado al marido de una de las mujeres que acababa de despedir por amenazas. "Y lo peor es que las mismas niñas declararon al principio que no había sucedido nada, pero después de tantas preguntas y de que sus madres las presionaran, acabaron por decir que sí", añade. Las "preguntas-trampa", como Almirall las califica, le resultaron muy dolorosas. "Querían que dijera que sí y lo liaban todo", relata. Aun así, durante algún tiempo, él y su abogado creyeron que todo se aclararía en días. Luego, en meses.

"El resultado del registro de mis ordenadores tardó un mes en llegar. La prueba pericial para detectar abusos, nueve", recuerda. Llegados a ese punto, presentaron un recurso, pero lo desestimaron "porque faltaba poco para que se celebrara el juicio".

Ese "poco" se convirtió en medio año más en una celda compartida con otros cinco presos. Por suerte, estaba con personas que aún no habían sido juzgadas. "No es como en otros lugares, donde la gente sabe que se va a pasar allí media vida y no tiene nada que perder", dice, consciente de que un pederasta lo tiene difícil en la cárcel.

Ahora no sabe si reclamará una indemnización por los días que pasó en prisión o si prefiere acumularlos por si algún día le condenan por algún otro delito. A los 33 años, Almirall aprendió que a veces la vida te juega malas pasadas. Encima, tiene que bregar con la crisis: "Ha sido salir y encontrarme esto. Por eso a veces bromeo y digo que yo era de los que sostenían el país. En fin...".