Miércoles, 19 de Mayo de 2010

Sevilla, bendita cantera

Capel y Navas firman los goles del triunfo andaluz. El conjunto hispalense, que controló desde el primer momento el partido, suma su quinto trofeo copero

ÁNGEL LUIS MENÉNDEZ ·19/05/2010 - 23:01h

Capel y Jesús Navas, dos niños criados en la prolífica cantera sevillista, dos puñales por cada una de sus respectivas bandas, dieron la gloria al Sevilla. Un zurdo y un diestro, dos formas contrapuestas de arte, tumbaron al Atlético. Uno, Capel, puro nervio y velocidad, a veces sin control, abrió la esperanza en el primer tramo de la noche. Otro, Jesús Navas, todo duende, cerró la gloria andaluza en el último suspiro. Es la quinta Copa de un club que cuida como pocos su prolífico semillero de futbolistas.Ayer, en una final intensa, obtuvieron el premio justo a su desparpajo y calidad.

Capel dinamitó la final en apenas cinco minutos. Los que tardó en asomarse al área madrileña para recoger un rechace perdido y patear sin miramientos con su pierna buena, la izquierda. El gol asentó al Sevilla y aturdió al Atlético.

El centro del campo andaluz presionó y maniató el fútbol rojiblanco

Fue el aldabonazo que necesitaba el equipo andaluz para afianzar su propuesta. O, más bien, para conducir a los hombres de Álvarez por la senda menos vistosa de su amplio repertorio. Con ventaja, el conjunto sevillista incrementó la presión y no le tembló el pulso a la hora de cercenar los intentos de creación rivales.

La versión más implacable del Sevilla, grosera a veces, se le atragantó al Atlético, cuya mejor virtud nunca ha sido la lírica. Por eso le costó arrancar y, como es norma, lo hizo a empujones y obligado por la inesperada y adversacircunstancia.

Quique ha edificado un grupo pétreo y sin adornos. Feo pero, paradójicamente, ideal para situaciones peliagudas como la de ayer. Los rojiblancos se han convertido en un equipo duro, impermeable a los sentimientos y, como tal, encajaron la madrugadora bofetada sin pestañear. Abnegados, se fueron hacia arriba en busca del empate con lo que tienen, sin desfallecer en ningún momento.

Kanouté, solo en ataque, sostuvo el juego atacante sevillista

El Sevilla demostró conocer los puntos débiles del contrario y hurgó en las carencias del centro del campo atlético, insuficiente en número y muy deficiente en calidad. Renato y Zokora, ayudados por Navas y Capel, sacaron los colores a Tiago y Assunçao, incapaces de sacar una pelota con precisión, holgura y criterio.

Aún así, el Atlético, a golpe de riñones, fue conquistando metros. No los suficientes como para encerrar a los andaluces, pero sí para abrir espacios. Aturullados los centrocampistas Reyes y Simao tampoco asustaron, aparecieron los laterales. A ráfagas, Ujfalusi, que finaliza el curso pletórico, y Antonio López sorprendieron por banda. Squillaci sacó dos balones que iban dentro, Forlán pifió un remate claro en el punto de penalti y Agüero cabeceó alto tras un fallo enorme de Palop.

Sin agobios

Agüero y Forlán apenas recibieron balones en condiciones

El Sevilla, lejos de agobiarse, siguió a lo suyo. Excepto ese trío de ocasiones atléticas, sufrió poco. Controló en todo momento el ritmo, salpicando el partido de precisas faltas que abortaron los mejores proyectos rojiblancos.

El paisaje apenas cambió tras el descanso. Ni siquiera Raúl García ni Jurado fueron capaces de desabrochar el entramado andaluz. Su frescura e imaginación apenas lucieron unos minutos, los que tardó el Sevilla en ajustar un par de conceptos y volver a su inamovible postura inicial. Control, mano férrea y, en caso de duda, pelotazos sin rubor a Kanouté.

El delantero africano es un seguro de vida para cualquier situación. Domina el juego de espaldas como ninguno. Ve venir un balón desde la estratosfera, lo mata y, cuerpeando o mediante un golpe de cintura, tumba a los defensas. Y, en último caso, saca de la manga un truco de ingenio muy sevillista: el taconazo. Ayer dibujó dos de escándalo. El segundo dejó a Negredo ante la ocasión de matar la final. De Gea tapó, el delantero se eclipsó, y todo quedó en nada.

Las acometidas atléticas fueron decreciendo con el paso del tiempo, cada vez con más agobio y menos precisión. Hasta que Jesús Navas, la joya de la corona sevillista, emergió para sacarle brillo a la Copa. Cazó un balón perdido cuando el Atlético se desesperaba, vio el grandioso Camp Nou y decidió resolver. Tumbó a Domínguez con calidad y fuerza, encaró a De Gea y, con ese sutil regate de derechas que le ha encumbrado, marcó el segundo y honró su origen. Es el triunfo de la identidad.

 

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