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Miércoles, 21 de Abril de 2010

Loquillo no quiere ser ministro

El músico publica 'Barcelona Ciudad', una crónica de los 70 a ritmo de rock

LÍDIA PENELO ·21/04/2010 - 03:00h

Loquillo recupera la Barcelona de los 70. - EFE

Alguien dijo que a partir de los 50 uno puede decir lo que le venga en gana, y Loquillo a sus 49 ya hace años que no tiene pelos en la lengua. En su segunda novela, Barcelona ciudad (Ediciones B), José María Sanz escribe a ritmo casi cinematógrafico una particular crónica de su adolescencia, cuando hizo del rock una manera de vivir en la Barcelona de los 70. Por aquel entonces, una ciudad libertaria y transgresora que gestó muchas iniciativas culturales que vivieron su eclosión en los 80.

"Soy hijo de la Barcelona underground, de la que rompió moldes e hizo posible la movida madrileña. Soy hijo de una ciudad que desapareció con la llegada al poder de Jordi Pujol. La Barcelona de este libro ya no existe", argumenta José María Sanz, que debutó en el mundo literario con El chico de la bomba.

Barcelona, cuna de la movida

Con su habitual sentido del humor y un poquito de "mala baba", en este libro el Loco evoca una época en la que los Ramones tocaron en una fiesta del PSUC. Unos tiempos en los que Último Resorte y Los Rebeldes marcaban el contrapunto a la Nova Cançó. "Cuando se habla de la movida debemos ser un poco cautos, dar a cada uno lo que es suyo y saber como empezaron las cosas", cuenta vehemente.

"Soy hijo de la Barcelona underground"

Loquillo sabe muy bien lo que significaba vestir chaqueta de cuero, llevar unas Ray Ban y peinar un tupé en las Ramblas de finales de los 70. De todo lo que cuenta en el libro han transcurrido 35 años y lo que más lamenta es que se hayan tardado 30 años en homenajear a Ocaña. "En Barcelona hubo una cultura urbana de la que no se habla, el primer festival punk de España se celebró en Barcelona, nadie recuerda a Nazario, ni a Juan Malvido... ¿Tanto miedo les dábamos?".

En su opinión, los miembros de su generación son hijos de perdedores, personas que odiaban la política por concepto y que vivían al máximo porque no concebían el futuro. El libro termina con el 23-F porque es el día que "determinó el fin de un sueño. Con la democracia controlada, la cultura se politizó". Aún así, se siente satisfecho de haber estado en los lugares adecuados en los momentos oportunos y anima a proteger el carácter libre de la capital catalana.

Sin ninguna confianza en la clase política, le disgustan los artistas que se mezclan con ella: "Ser ministro no entra en mis objetivos. No entiendo que los artistas tengan que asumir los deberes de los políticos". Ahora que celebra 30 años encima de los escenarios ya tiene en mente la gira del año que viene. Andrés Calamaro, Enrique Bunbury, Shakira y él tienen ganas de divertirse juntos.