Domingo, 28 de Marzo de 2010

"La renovación de la Iglesia pasa por la apertura a la mujer"

Ricardo Chiaberge. Periodista. Tras publicar el libro 'El cisma. Católicos sin Papa', fue destituido de su cargo en un periódico italiano

SANDRA BUXADERAS ·28/03/2010 - 08:30h

El periodista italiano Ricardo Chiaberge.

En su libro El cisma. Católicos sin Papa, Riccardo Chiaberge (Turín, 1947) ha provocado escozores en el Vaticano por rescatar de la sombra a católicos que no comulgan con la discriminación de la mujer o la ausencia de democracia en la Iglesia. Coincidencia o no, acaba de ser apartado de su cargo como director del suplemento cultural más prestigioso de Italia, el del periódico Il Sole24 Ore. Chiaberge, que no es católico, cree que Benedicto XVI, a pesar de la polémica por su gestión de los casos de pederastia, ha sido mucho más activo que Juan Pablo II.

¿Hay un cisma en la Iglesia católica?

La predicación del Papa y los obispos son palabras al viento, ya no corresponden a las expectativas y opciones de vida de los católicos. Incluso se les empuja al borde de la excomunión, como al teólogo español José María Castillo.

¿Los católicos críticos son excepción o regla?

Muchas personas son marginales en la Iglesia, pero representan a componentes importantes de la sociedad civil, como los médicos que practican abortos o fecundación artificial.

¿El cisma se agudizará por los escándalos de pederastia?

Este escándalo planetario puede socavar los cimientos de la Iglesia. Es un hecho sin precedentes que puede lesionar gravemente su prestigio. Hay que reconocer, no obstante, que este Papa ha sido mucho más decidido en condenar la pederastia que sus predecesores, aunque esa no es la imagen que llega a la gente.

¿Es sólo una cuestión de imagen?

Ha habido muchos errores en la política comunicativa de este Papado que no sucedían con el portavoz de Juan Pablo II.

¿Qué hay de los hechos? Ratzinger sólo ha procesado al 20% de presuntos pederastas.

En 2009, las denuncias en Estados Unidos han bajado a un mínimo histórico por las medidas que tomó Ratzinger en 2004. Allí hay una cultura de pedir cuentas a las autoridades y están mucho más avanzados en la lucha contra la pederastia. En Europa, donde hemos llegado más tarde, los casos están emergiendo sólo ahora. Al salir a flote, muchas víctimas se atreven a denunciar y entonces se amplía el escándalo. Pero la pederastia es sólo la punta del iceberg de los muchos problemas de la Iglesia, que está atrincherada en un castillo, sin responder a los desafíos del mundo moderno.

¿Estos escándalos son la ocasión, como promulgan algunos, para introducir el sacerdocio femenino o el fin del celibato obligatorio?

Sí. El núcleo central de la renovación de la Iglesia pasa por una apertura a la mujer, hoy relegada a un rol de sirvienta en la organización eclesiástica. Es un hecho cada vez más intolerable.

Usted también destaca como problema de la Iglesia la politización de la jerarquía.

Esta Iglesia tan atemorizada por las tendencias zapateristas en el ámbito sexual y ético, se ha lanzado en brazos de Berlusconi para evitar a Zapatero. Ha buscado apoyo en el símbolo del poder que está más alejado de los valores cristianos que se pueda imaginar. La izquierda tampoco ha ayudado, porque hay un ala radical, de la que yo formé parte, que ha visto en la religión sólo una entidad oscurantista. Y no entiende que es también una gran reserva de solidaridad. La Iglesia no es monolítica, no se la puede ver sólo como un enemigo.

¿Benedicto XVI ha acrecentado la distancia con los católicos de base?

Su personalidad no ayuda. Tiene un problema de comunicación, no habla al corazón de la gente.

¿Es un problema también de contenido?

El contenido no se ha cambiado respecto al Papa Juan Pablo II. También él lanzaba un mensaje tradicionalista e intransigente. Pero creaba grandes momentos de contacto casi físico con su pueblo, daba la sensación de más vitalidad de la institución. Benedicto da una imagen vieja, distante, de la Iglesia.

¿Se debe escuchar más a los católicos críticos?

Sí. Hay una necesidad de espiritualidad que no se reconoce en las religiones ni en las instituciones oficiales y que podría ser un caladero para la Iglesia si fuese más acogedora. Un no creyente como yo, que aún así siente una atracción hacia lo sagrado, que alguna vez ha entrado en una iglesia para rezar no se a quién podría ser un potencial adepto. Pero como soy divorciado y me he vuelto a casar, me rechazan.